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lunes, 06 de marzo del 2017

RELACIÓN ENTRE LA FE Y EL MATRIMONIO. COMENTARIO AL DISCURSO DE SU SANTIDAD A LOS OFICIALES DE LA ROTA ROMANA

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COMENTARIO AL DISCURSO DE S. S. FRANCISCO

A LOS OFICIALES DE LA ROTA ROMANA

Pronunciado el sábado 21 de enero de 2017.

 

Por: Mons. Leodegario Jesús Gómez Rico. Vicario General de Tlalnepantla.

El tema principal que aborda el Santo Padre Francisco es el de la “Relación entre la Fe y el Matrimonio”, atendiendo al contexto humano y cultural en el que se configura la intención matrimonial.

VER: 

Podemos detectar que, a lo largo de su discurso, el Santo Padre hace como un análisis de la realidad en la que se encuentran, principalmente, los jóvenes que desean celebrar el sacramento del matrimonio, destacando algunos aspectos, como por ejemplo:

• Alejamiento de la perspectiva de la fe,

•  Superficialidad en las relaciones interpersonales,

•  Negación de la existencia o de la intervención de Dios en la vida humana,

•  Deficiencia en el conocimiento,

•  Consideración como única fuente del conocimiento solo por la experiencia, por los sentidos y, si acaso, por la razón,

•  Desconocimiento de la verdad y, sobre todo de la verdad moral,

•  Rechazo del proyecto de Dios, que conduce al profundo desequilibrio en las relaciones interpersonales, incluyendo la relación matrimonial,

•  Oscurecimiento del acceso a las verdades eternas,

•  Ambiente generalizado de carencia de valores religiosos y de fe,

Al mismo tiempo expresa, basado en su experiencia de pastor, algunas de las características de quienes piden el matrimonio cristiano, como son:

•  Algunos participan activamente en la vida parroquial,

•  Otros se acercan por primera vez,

•  Algunos tienen vida intensa de oración,

•  Otros solo tienen un rudimentario sentimiento religioso,

•  Algunos están alejados de la fe,

•  Otros carecen de ella, o viven al margen de ella,

JUZGAR:

Ante el análisis de este entorno en el que se encuentran quienes desean confeccionar el sacramento del matrimonio y recibir la bendición de Dios, el Santo Padre considera oportuno ofrecer algunos remedios útiles:

 Primer remedio: La formación de los jóvenes.

 Es preciso e indispensable volver a la valiosa aportación que ofrece la Antropología filosófica y teológica, con el fin de ayudar a los jóvenes a redescubrir «el vínculo tan profundo que hay entre el conocimiento de la fe y el de la razón»[1] y logren llegar a «la convicción de que […] el mundo y todo lo que en él sucede, como también la historia y las diversas vicisitudes del pueblo, son realidades que se han de ver, analizar y juzgar con los medios propios de la razón, pero sin que la fe sea extraña a este proceso. Ésta no interviene para menospreciar la autonomía de la razón o para limitar su espacio de acción, sino sólo para hacer comprender al hombre que el Dios de Israel se hace visible y actúa en estos acontecimientos. Así mismo, conocer a fondo el mundo y los acontecimientos de la historia no es posible sin confesar al mismo tiempo la fe en Dios que actúa en ellos. La fe agudiza la mirada interior abriendo la mente para que descubra, en el sucederse de los acontecimientos la presencia operante de la Providencia […] Es decir, el hombre, con la luz de la razón sabe reconocer su camino, pero lo puede recorrer de forma libre, sin obstáculos y hasta el final, si con ánimo sincero fija su búsqueda en el horizonte de la fe. La razón y la fe, por tanto, no se pueden separar sin que se reduzca la posibilidad del hombre de conocer de modo adecuado a sí mismo, al mundo y a Dios»[2].

Es necesario hacer caer en la cuenta a los jóvenes de hoy que «no hay, pues, motivo de competitividad alguna entre la razón y la fe: una está dentro de la otra, y cada una tiene su propio espacio de realización»[3], y que de modo particular «al hombre le corresponde la misión de investigar con su razón la verdad, y en esto consiste su grandeza»[4].

Es también indispensable considerar «que la razón debe respetar algunas reglas de fondo para expresar mejor su propia naturaleza. Una primera regla consiste en tener en cuenta el hecho de que el conocimiento del hombre es un camino que no tiene descanso; la segunda nace de la conciencia de que dicho camino no se puede recorrer con el orgullo de quien piense que todo es fruto de una conquista personal; una tercera se funda en el ‘temor de Dios’, del cual la razón debe reconocer a la vez su trascendencia soberana y su amor providente en el gobierno del mundo. Cuando se aleja de estas reglas, el hombre […] acaba por encontrarse en la situación del ‘necio’ […] que se engaña pensando que conoce muchas cosas, pero en realidad no es capaz de fijar la mirada sobre las esenciales […] y negando a Dios […] muestra con claridad lo deficiente de su conocimiento y lo lejos que está de la verdad plena sobre las cosas, sobre su origen y su destino»[5].

«En definitiva, el hombre con la razón alcanza la verdad, porque iluminado por la fe descubre el sentido profundo de cada cosa y, en particular, de la propia existencia»[6].

«Sólo abriéndose a la verdad de Dios […] se puede entender, y realizar en lo concreto de la vida, también la conyugal y familiar, la verdad del hombre como hijo suyo […]. El rechazo de la propuesta divina, de hecho, conduce a un desequilibrio profundo en todas las relaciones humanas […] incluyendo la matrimonial»[7].

El Papa Francisco puntualiza, igualmente, la necesidad de profundizar en la relación entre amor y verdad.

«El amor no se puede reducir a un sentimiento que va y viene. Tiene que ver con nuestra afectividad, pero para abrirla a la persona amada e iniciar un camino que consiste en salir del aislamiento del propio yo para encaminarse hacia la otra persona, para construir una relación duradera»[8].

«Sólo en cuanto está fundado en la verdad, el amor puede perdurar en el tiempo, superar la fugacidad del instante y permanecer firme para dar consistencia a un camino en común. Si el amor no tiene que ver con la verdad, está sujeto al vaivén de los sentimientos y no supera la prueba del tiempo. El amor verdadero, en cambio, unifica todos los elementos de la persona y se convierte en una luz nueva hacia una vida grande y plena. Sin verdad, el amor no puede ofrecer un vínculo sólido, no consigue llevar al ‘yo’ más allá de su aislamiento, ni librarlo de la fugacidad del instante para edificar la vida y dar fruto»[9].

«Amor y verdad no se pueden separar. Sin amor, la verdad se vuelve fría, impersonal, opresiva para la vida concreta de la persona […] quien ama, comprende que el amor es experiencia de verdad, que él mismo abre nuestros ojos para ver toda la realidad de modo nuevo, en unión con la persona amada»[10].

Indica, además, que la formación de los jóvenes debe tener como objetivo redescubrir el matrimonio y la familia según el plan de Dios, para que entiendan y disfruten la gracia, la belleza y la alegría del amor verdadero, para que encuentren de nuevo la fe, y tengan un momento favorable para renovar su encuentro con la persona de Jesús, con su Evangelio, y con la doctrina de la Iglesia.

Y la finalidad de la preparación de los novios debe ser como un catecumenado que les permita conocer y vivir la realidad del matrimonio y lo celebren de modo válido, lícito y fructuoso.

Segundo remedio: Formación permanente de los nuevos esposos.

El Papa Francisco indica que esta formación debe tener la finalidad de ayudar a los recién casados a proseguir el camino en la fe y en la Iglesia también después de la celebración de la boda.

Para ello, hay que instaurar un proyecto de formación progresivo y sistemático para los recién casados, a fin de que puedan vivir lo que el sacramento del matrimonio significa: la entrega y unión de Cristo con su Iglesia, animándolos a considerar los aspectos de su vida diaria como pareja: diálogo, ayuda mutua, apoyo físico, moral y espiritual, sustento material, satisfacción sexual y educación humana y cristiana de los hijos.

ACTUAR:

Es preciso que todos los responsables de la Pastoral Familiar hagan eficaces los itinerarios de preparación para el sacramento del matrimonio, con programas y temáticas que contemplen todos los ámbitos de la vida humana y cristiana, para que se ayude a los futuros esposos a tener una maduración progresiva de la fe, a través de la Palabra de Dios proclamada, escuchada, meditada, orada y traducida en la vida diaria en el seguimiento de Cristo.

Que toda la comunidad cristiana, concretizada en la comunidad estable de fieles que es la parroquia, asuma su responsabilidad de acoger, acompañar y ayudar a los recién casados a fin de que puedan enfrentar y superar las crisis que, indudablemente, se les van a presentar en su nuevo estilo de vida, principalmente en los primeros años de vida matrimonial

Para ello, invita a crear en las Comunidades parroquiales grupos de referencia en los que se garantice la cercanía y un fuerte apoyo espiritual incluso en lo referente a la educación de los hijos, que deben realizar, sobre todo, con su propio ejemplo y testimonio de vida.

Que en esos grupos se tengan espacios para la formación, para la lectio divina, para el debate sobre todo lo que afecte la vida de las familias, para la oración y, principalmente, para el compartir fraterno.

Espero que estas consideraciones sean una motivación para que, como párrocos, cada uno, profundice aún más en este discurso que el Santo Padre Francisco dirigió no solo a los oficiales de la Rota Romana sino a todos los responsables de la pastoral matrimonial.

Mons. Leodegario Jesús Gómez Rico.

[1] S. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Fides et Ratio, 16
[2] Ibíd. 
[3] Ibíd. 17
[4] Ibíd.
[5] Ibíd. 18
[6] Ibíd. 20
[7] S.S. Benedicto XVI, Discurso a la Rota del 26 de enero de 2013.
[8] S.S. Francisco, Encíclica Lumen Fidei, 27
[9] Ibíd.
[10] Ibíd.