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Obispos

† Mons. Adolfo Antonio Suárez Rivera

Presbítero Doctor Manuel Olimón Nolasco

Unas líneas escritas por el mismo don Adolfo Hablan así del lugar donde nació el 9 de enero de 1927: “En mis ojos abiertos de niño reflejaron el cielo intensamente azul y el verde de los campos de ese suelo en el que nacía: las tierras generosas de San Cristóbal de las Casas. Y está siempre fresco de recuerdo de la cálida acogida y del amor que siempre me dispensaron mis padres, don Adolfo Antonio y doña Alicia, así como mis hermanos y hermanas.”

El niño Adolfo quedó huérfano de padre antes de terminar la primaria, en 1941. Pronto, en el mismo año, ingresó al Seminario, orientando sobre todo por los buenos ejemplos de sacerdotes de San Cristóbal de las Casas, entre los que destacó Monseñor Eduardo Flores, que a la sazón era rector. Más tarde fue enviado a Xalapa para continuar en el Seminario. Hizo los estudios de Filosofía en el Seminario Nacional Mexicano de Moctezuma, Nuevo México. En 1947 recibió la gracia especial de ir a Roma como alumno del Pontificio Colegio Pío Latino Americano para estudiar Teología, dentro de la Pontificia Universidad Gregoriana. Concluyó su educación y recibió la ordenación sacerdotal el 8 de marzo de 1952.

Poco después regresó a Chiapas. Fue nombrado profesor y director espiritual del Seminario de San Cristóbal por Monseñor Lucio Torreblanca; y posteriormente, coordinador del Oficio Catequístico Diocesano. Ahí permaneció hasta que en 1962, cuando Monseñor Samuel Ruiz ya era Obispo de Chiapa. Fue enviado a Santiago de Chile para formarse en el Instituto Catequístico Latinoamericano. A su regreso, convocó a la Iglesia universal, se integró al equipo sacerdotal de la Unión Mutua de Ayuda Episcopal, que se dedicó a dar cauces pastorales nuevos principalmente a las diócesis más necesitadas. A partir de 1966 fue nombrado párroco de San Bartolomé de los Llanos y brevemente fue Vicario General de la Diócesis de San Cristóbal en 1971.

En mayo de ese año recibió la noticia de que había sido preconizado Obispo de Tepic, en sustitución de don Anastasio Hurtado y Robles, quien había presentado su renuncia por cumplimiento de la edad reglamentaria.

Desde el 15 de agosto de 1971 hasta junio de 1980 se dedicó infinitamente a echar a andar un amplio programa de puesta al día de esa iglesia particular. Con su tacto personal, su presencia y sus dotes de gobierno, logró que se tomara en cuenta la realidad de un pueblo en transición y que la Iglesia tuviera una presencia al mismo tiempo discreta y significativa.

En junio de 1980 llegó a Tlalnepantla, Diócesis que consideró, en su carta de despedida a Tepic, “una cruz que presiento más pesada”. Encontró dificultades serias para el testimonio transparente de la comunidad eclesial, pero al mismo tiempo fuerzas dignas de tomarse en cuenta, tanto entre los sacerdotes como entre los laicos; consideró a estos últimos “de los mejores del país”. Su estancia fue corta, peros sus decisiones marcaron líneas bien definidas, a partir de las cuales la Diócesis, y más tarde Arquidiócesis, pudo superar obstáculos y dar mejor testimonio.

Por estos años sus tareas en línea de la colegialidad episcopal, tanto en México como en América Latina, fueron siendo mayores y de más responsabilidad.

En enero de 1984 fue trasladado a la Arquidiócesis de Monterrey; poco después, en 1988, fue elegido presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano. Este tiempo le resultó especialmente gravoso y lleno de responsabilidades, pues al tiempo de sus tareas en Monterrey tuvo que afrontar la de delicada encomienda de acompañar el lento proceso de diálogo que llevó a la reforma constitucional de los artículos 3° y 130° en 1992, que otorgó mayores libertades religiosas.

En este período y poco más adelante, además, recibió señales contradictorias acerca de su misión, pues mientras que la mayoría de quienes lo conocían y podían percibir la rectitud de sus palabras y acciones sabían que actuaba en bien de la Iglesia y del país, no faltaron algunos que, mediante actos turbios y poco sinceros, trataron de perjudicar su persona y su presencia en Monterrey.

Su santidad Juan Pablo II lo nombró Cardenal en noviembre de 1994. él continuó su camino dejando estela de doctrina social e invitación al compromiso y, a la vez, huella de su bondad personal.

En enero de 2003 se aceptó su renuncia al Arzobispado regiomontano. Permaneció en la ciudad de Monterrey de modo tranquilo y sereno hasta el día de su muerte, el 22 de marzo de 2008, Sábado Santo.

De él no me reprimo para decir, como lo escribí en el prólogo de mi libro Servidor fiel – su biografía-, “fue uno de los hombres más valiosos con que contó la Iglesia mexicana en el siglo XX.