LA ACTIVIDAD EXCESIVA LLEVA A LA “DUREZA DE CORAZóN”

 

La actividad excesiva lleva a la “dureza de corazón”

 

Parece increíble que ya haya pasado más de la quinta parte del siglo XXI. Hemos vivido más de 20 años desde los inicios del Tercer Milenio. Al observar las características principales de la cultura a lo largo de la Historia parece como si la velocidad de los estilos de vida fuese en aumento a lo largo de los años.

Como educadores de esta época somos testigos que para muchas personas el valor de la vida se mide en relación a la “cantidad” de los logros alcanzados, sean títulos, grados, idiomas dominados, países visitados, medallas recibidas y riquezas obtenidas…

Estudiantes que están por titularse, quieren que sus vidas valgan la pena, y muchas veces “saturan” sus agendas de actividades buscando tener distintas experiencias que puedan sumar peso en sus resúmenes curriculares.

Muchos padres de familia preocupados porque sus hijos encuentren oportunidades que les abran puertas para tener éxito en la vida, buscan, además de las actividades escolares, un sinfín de actividades extra escolares para que sus hijos se abran camino más allá de lo que ellos lograron alcanzar.

Existen peligros de una actividad excesiva, independientemente de la condición, nivel educativo y estatus social en el que se viva. Numerosas ocupaciones llevan con frecuencia a una carrera desenfrenada de situaciones que aceleran la vida sin dejarnos vivirla plenamente.

Es imperante educar para vivir. Educar es un esfuerzo dirigido más allá de la acción, y de un trabajo o de una profesión.  Educar va más allá de querer poseer. No es el HACER o el TENER lo que hace más pleno al ser humano. 

Gozar el silencio,  contemplar la naturaleza,  disfrutar las amistades, experimentar la serenidad del corazón y vivir la vida sin tener que vivirla “contra reloj”, así resuena en nuestro interior la bondad y las sorpresas que el tiempo nos presenta... 

El exceso de actividades puede llevarnos a la dispersión y falta de percepción de lo esencial, a la pérdida de la reflexión profunda sobre uno mismo y lo que nos rodea, a la frialdad y dureza del corazón.

Educar en el equilibrio entre la interioridad y el trabajo nos hace SER humanos. 

Integrar la serenidad y alegría por la vida con la urgencia de misiones importantes y complejas,  se convierte en el fruto de la Educación para la vida que valora SER antes que el HACER o TENER. 

 

Dra. Norma Peschard