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Noticias Parroquiales - Cristo Vive

HAGAMOS TRES TIENDAS

marzo 03, 2017

Hagamos tres Tiendas.

Por Juan Valdez

¿Quién, en su sano juicio, dejaría un lugar donde todos sus sentidos se sienten complacidos, donde su cuerpo y alma reposan de forma placentera, donde cada una de sus fibras se unen al todo y pareciera ser que todo está bien? ¿Quién dejaría un lugar así?

Hay lugares, cosas, personas, ambientes, trabajos etc., que nos hacen sentir muy bien, incluso horas del día que hacen que nuestro cuerpo se relaje y estampas naturales que hacen que nuestra visión se sienta sumamente complacida, pero a pesar de todo eso, la mayoría de las veces, esos episodios son fugaces. Si me lo permite, aquí le presento un ejemplo.

Cuando vamos a la playa y nos toca ver el atardecer, el evento dura unos segundos o minutos quizá;  el sabor del caramelo que extasía nuestro paladar, etc. Esos son los momentos que pudieran asemejarse a lo que describía al inicio. ¿Si tuviera usted la oportunidad de ver todos los días el atardecer, lo haría? ¿Si tuviera la oportunidad de probar todos los días un capuchino de caramelo, lo haría? Si ha respondido que sí, entonces le ha pasado lo que a Pedro cuando en el episodio de la transfiguración dice al Maestro: “¡Qué bien estamos aquí! Hagamos tres tiendas…” Mt 17,1-8

Este verso bíblico,  Mons. Carlos Aguiar,  lo utilizó para darnos una sacudida a los agentes de Pastoral en su visita pastoral a la zona VI. Ahora, querido lector, lo tomo yo como base junto con lo anterior para discutir el tema de las zonas de confort que si bien ya lo hemos tocado ahora lo ponemos desde la línea de la fe para mirarlo desde otra arista.

Ya sabemos que una zona de confort es donde nos sentimos bien, donde ya sabemos hacer lo que hacemos, es más, lo ejecutamos con maestría. En otro sentido, las zonas de confort existen también en los sentimientos, en la familia, en los amigos, es decir, en las relaciones interpersonales. Nos instalamos en la zona de confort cuando pensamos que él o ella, siempre van a estar ahí para nosotros,  y, como Pedro, queremos quedarnos en ese instante, en ese lugar, en esos años, en ese respiro, y, segundo, queremos que dure -como el atardecer- el momento feliz.

Quedarse en la zona de confort es algo así como convertirse en lotófago* y aturdirnos con la felicidad o tranquilidad del momento y olvidarnos que tenemos que seguir caminando y cambiando. Desde este punto de vista, podemos mencionar a las personas que no aceptan que su cuerpo ha envejecido y que hay que estar y vivir de acuerdo a la edad que se tiene, años más años menos, pero no quedarse en el momento. Solo sacar la foto y seguir caminando.

Tocar este tema se hace necesario porque vemos en nuestras generaciones que las zonas de confort están más que sobreexplotadas, aunque vemos que hay mucha publicidad que dice lo contrario. La verdad es que estamos más adentro que nunca. La zona de confort también hace que hagamos una coraza para “no meternos en problemas”, la concha que nos cubre, es la zona de confort donde nos sentimos bien. Mirar al otro o hacer algo por el otro, sería salirnos de nuestra concha y por lo tanto de  nuestra zona de confort.

Bien, la zona de confort también, es un lugar donde nada se mueve, nada cambia, nada fluye, y si nada fluye, todo se estanca, y si se estanca, se pudre. Los pensamientos que no se nutren con una buena lectura, se transforman en ideas radicales y dogmáticas; las costumbres que se mantienen inflexibles, se convierten en prisiones llenas de normas absurdas y sin sentido; las personas que no fluyen con el tiempo, se mueren en vida.

Ahora bien, la zona de confort a veces no es precisamente de felicidad, a veces es una situación dolorosa donde somos víctimas ya sea de la enfermedad, de alguna situación social (abandono, soledad, etc.).  Hace que también no queramos salir de ahí. Es más fácil causar lástima que ser causa de orgullo. En otras palabras, la zona de confort es donde nos sentimos bien (aunque no lo crean las personas que se tienen lástima sienten algún tipo de satisfacción), y el hecho de no hacer nada para modificarlo, eso; el Cardenal Aguiar lo llama, “la tentación de sentirnos a gusto”.

“Sentirse a gusto” en una situación o con una persona o en un lugar, es la imagen que decíamos al atardecer, pero solo es una foto, no es todo el panorama. Quedarnos con esa imagen es normal; hacer lo posible y lo imposible por alargar esos instantes, ya es un indicador de problemas en nosotros que debemos de esforzarnos por cambiar, porque la única razón que tenemos para quedarnos en ese instante y no querer pasar al siguiente, es el miedo.

Dice Pepe Aguilar en unos de sus videos, que la mayoría de personas hacemos las cosas por miedo o por amor. Quedarse en un lugar y no pasar al siguiente, es miedo. Atesorar aquel lugar y moverse al que sigue, es ser realista,  y salirnos de esa zona de confort para co-participar y ser co-responsables del espacio y tiempo en el que nos movemos, es algo sublime.

El amor al otro es lo que hace que nos movamos, lo que hace que salgamos de esas zonas que quizá ni siquiera sabemos que existen pero que están atorándonos, retrasándonos, quitando espacio vital. La idea es buscar esas zonas y quitarlas, hacer una limpieza de nuestro pensamiento para seguir adelante, hacer una limpieza y retrospectiva que nos podrán ayudar a ser mejores personas, porque la zona de confort debería de ser el instante en el que se vive, el segundo en el que se respira, no el que ya pasó.

Puede resultar muuuuuuuy difícil, pero entonces, ahí es donde entra la fe. Si solicitamos ayuda de Dios, ¿cree usted, que será complejo? Como seres humanos caeremos una y otra vez, pero por eso a los cincuenta días enviaron al Paráclito, él es el RUAH que nos dará la fuerza primero para ver donde están esas zonas, y luego para quitarlas. Posteriormente, para disfrutar cada instante y movernos al que sigue y al que sigue…y así, años después cuando nos pregunten cuáles son nuestras zonas de confort, podremos responder: “cada instante de mi vida”.

Saludos.

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