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Noticias Parroquiales - Cristo Vive

¿POR QUé HABLAR DE DIOS CUANDO ES CLARO EL RECHAZO CONTRA éL?

febrero 17, 2019

Por: Pbro. José Manuel Balderas Guzmán

En 1986 Queiruga planteaba que el ateísmo era el gran problema de nuestro tiempo, que iba en aumento y que era nuevo, pues a pesar de que en el pasado podría haber existido algún “ateísmo individual”, incluso, los más notorios críticos de la religión como Epicuro o Lucrecio suponían “la existencia de Dios o de los dioses” (Andrés Torres Queiruga, Creo en Dios Padre). Pero Queiruga deja claro que “Más que negar a Dios, lo que mucha gente niega es una idea de Dios” (Ibíd). Más aún, si nuestros contemporáneos rechazan a Dios, es también porque la imagen presentada no resulta interesante, y no resulta interesante porque no responde al interrogante que el hombre es para sí mismo(André Lalier, ¿Nos interesa Dios? Dios y el hombre puestos a prueba).


Hablamos de Dios, y en concreto del Dios de Jesús, porque creemos que lo que se niega y se rechaza no es propiamente a Dios, sino las deformes proyecciones humanas en la que lo hemos envuelto, el ídolo en el que le convertimos. Es el ropaje con el que hemos vestido a Dios el que resulta desagradable y ofensivo para muchos. Es la máscara o el maquillaje (lo que predicamos, decimos, proponemos o imaginamos) que le colocamos lo que lejos de embellecerlo, lo deforma (Andrés Torres Queiruga, Creo en Dios Padre).


Hablamos de Dios porque el rechazo por parte del ateísmo, lejos de ser una gran amenaza que nos silencie, es aliciente que nos estimula y despabila. Es, en parte, gracias al ateísmo que rompemos esquemas en los que encadenamos y deformamos la idea de Dios (Ibíd).


Sin el permanente aguijón de la crítica atea, sin la insistencia -muchas veces injusta y dolorosa, pero siempre <<alertante>> sobre los puntos sensibles- no se sabría dónde acabaría la imagen santa de Dios, entregada tanto a los miedos, a las pulsiones y al narcicismo de nuestro subconsciente individual como a la ritualización, al control y al dominio de nuestra institucionalización eclesial (Ibíd).