«El amor a Dios y el amor al prójimo es una síntesis de lo fundamental, de lo esencial de los mandamientos»
Muy queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús:
A todos los saludo este domingo, a quienes están aquí en nuestra Catedral de Corpus Christi y también a todas las personas que nos siguen a través de estos medios digitales; a todos les deseo la paz del Señor.
Hoy la enseñanza que nos presenta la Liturgia de la Palabra es sobre lo fundamental, lo esencial que debemos vivir los cristianos, que es el amor.
En los tiempos de Jesús había muchos mandamientos, eran 613 mandamientos, 365 eran prohibiciones y 248 eran preceptos. ¿Se imaginan ustedes aprenderse 613 mandamientos? Por eso hoy se le presenta un doctor de la ley a Jesús. Ellos habían escuchado que había dejados callados a los saduceos, un grupo que negaba la Resurrección del Señor. Y ahora nos dice el Evangelio de San Mateo que este doctor de la ley quería poner a prueba al Señor: Si eran 613 mandamientos, «¿cuál era el más importante?»
Ya estaba en el Antiguo Testamento, en los primeros libros de la Biblia, el Pentateuco, en el Deuteronomio, ese mandamiento: «Escucha, Israel, amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y a tu prójimo como a ti mismo». Y Jesús se remite precisamente a estos mandamientos que están ya en el Antiguo Testamento. El amor a Dios y el amor al prójimo es una síntesis de lo fundamental, de lo esencial de los mandamientos.
Por eso yo siempre les digo que cuando nosotros vemos una cruz, un crucifijo, donde Cristo dio la vida por todos nosotros, vemos que siempre tiene esos dos leños, uno vertical y otro horizontal: El vertical nos habla del amor a Dios y el horizontal nos habla del amor al prójimo. Ya decía San Juan: «Si nosotros decimos que amamos a Dios y no amamos a nuestro prójimo, somos unos mentirosos», porque el amor a Dios se refleja en el amor al hermano y a la hermana. Se quedó callado este doctor de la ley, porque Jesús le dio en el punto más importante, que es lo que nos debe caracterizar a nosotros los seguidores de Jesús, los cristianos.
Siempre yo les digo que el amor no es poesía, sino el amor es algo práctico. Ya nos decía hoy la primera lectura, del libro del Éxodo, cómo este amor se debe manifestar, sobre todo en aquellos que más lo necesitan. Nos dice esta lectura de hoy: «Si nosotros, el pueblo de Israel, estuvimos esclavos en Egipto y supimos lo que era el hambre, lo que era el desprecio, lo que da la explotación, nosotros no debemos hacer lo mismo con los demás». Y por eso se nos dice algún tipo de personas concretas donde se debe manifestar el amor: en el forastero, en el huérfano y en la viuda, porque ellos no tienen quién los ampare, quién los fortalezca; el forastero, la viuda y el huérfano.
¿En nuestros tiempos quiénes son los más necesitados? –podemos preguntarnos–, porque el amor ahí debe mostrarse. Tenemos grandes problemas con los migrantes, que el Papa Francisco nos dice que debemos tener empatía, porque esta gente que sale de sus lugares no lo hace por gusto, sino porque está buscando subsistir, vivir, tener mejores condiciones de vida, y hay veces en este mundo tan individualista que no nos fijamos en aquel que sufre, en aquella persona que vive sola, en las personas que no tienen trabajo, en los presos, en aquellos que más lo necesitan.
Ahorita estamos viviendo esta experiencia que nos impresiona, lo que sucedió con el huracán Otis, categoría 5, que devastó muchos lugares en el Estado de Guerrero y en Acapulco, porque hemos visto como hay mucha gente damnificada y ese amor del que nos habla el Evangelio lo tenemos que poner en práctica. Estamos convencidos nosotros –ojalá lo estemos– de la importancia que tiene la oración por aquellos que fallecieron, por aquellos que no tienen, que se quedaron sin nada. Pero también el amor, aparte de ser afectivo, de sentir dolor, también debe ser efectivo.
Nuestra Arquidiócesis tiene 203 parroquias en las 7 zonas que tenemos, dentro de 6 municipios, y cada parroquia será un centro de acopio, todas las parroquias, a las 203 les he pedido yo que sean centro de acopio. Hay una Dimensión Pastoral que tenemos en la diócesis, que se llama la Dimensión de Emergencias, que rápidamente cuando hay una emergencia nos organizamos, y ahora la respuesta es que cada parroquia centro de acopio y que podamos dar aquello que necesitamos, sobre todo aquello no perecedero, porque la gente tiene necesidad de comer, tiene necesidad de hacer limpieza en su casa o en los lugares donde hubo estas necesidades, y nosotros, desde nuestra pobreza o riqueza, desde nuestra generosidad también colaboramos. De tal manera que después lo que cada parroquia reúna irá a unas parroquias estratégicas para que en dos semanas podamos llegar hasta los lugares que más lo necesitan, donde irán también algunos sacerdotes, religiosas y algunos laicos para que esta ayuda llegue. Eso es de lo que nos habla el Evangelio: el amor se traduce en obras.
Entre paréntesis, lo que está sucediendo también son consecuencias de no cuidar la creación, de no cuidar nuestra naturaleza, y es triste decir que estos fenómenos se seguirán dando, porque hay un calentamiento global en nuestro mundo y esas son las consecuencias. Eso nos debe hacer pensar a nosotros en cuidar la creación, cuidar el agua, cuidar el medio ambiente, cuidar la naturaleza, porque podemos pensar: a los que vienen detrás de nosotros, ¿qué les vamos a dejar? Necesitamos ser corresponsables en la creación. Por eso todos los días tenemos oportunidades de ayudar. A lo mejor cuando hay una catástrofes es cuando nos sensibilizamos, pero la actuación del cristiano debe ser todos los días, ver a aquel que lo necesita. «Tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber; estaba desnudo y me vestiste; encarcelado y enfermo y me visitaste. ¿Cuando te vimos, Señor? Lo que hicieron con alguno de mis hermanos, los más necesitados, conmigo lo hicieron».
Que el Señor nos bendiga a todos y a estas personas que están sufriendo les dé esperanza y también cuenten con nuestra solidaridad. Así sea.
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla