«Estén preparados, porque no saben el día ni la hora»
Queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús:
A todos le saludo con afecto de padre y pastor, a ustedes que están aquí en nuestra Catedral y también a todas las personas que siguen esta transmisión; les deseo a todos que la paz del Señor esté en su corazón.
Estamos ya finalizado este ciclo litúrgico de este año. Hoy se nos presenta una parábola de las jóvenes, algunas prudentes, otras imprudentes; el domingo próximo será la parábola de los talentos; y dentro de 15 días terminamos este ciclo con la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo; para dentro de tres semanas empezar ya el tiempo litúrgico de Adviento.
Así es que estos últimos domingos son domingos que utilizan un lenguaje escatológico, es decir, de el más allá, del cielo, del Reino de los Cielos. Por eso, fíjense que la segunda lectura, de San Pablo a los habitantes de Tesalónica, a los Tesalonicenses, ellos tenían la duda, Jesús había resucitado y pensaron que pronto iba a venir por segunda vez. Entonces Pablo les explica que los que murieron ya tienen la visión de Dios, aunque al final será la resurrección total, pero que no sabemos el día ni la hora.
Apenas hace algunos días, queridos hermanos y hermanas, celebramos, el 2 de noviembre, la Fiesta de los Fieles Difuntos, una fiesta muy apreciada, donde la gente va a los panteones, a los cementerios, donde nosotros los cristianos, los católicos, creemos en la vida eterna y por eso hacemos oración en todas las celebraciones de la Eucaristía por los que se nos han adelantado, por todos los fieles difuntos.
Es por eso que en este este domingo y los siguientes se nos habla de este tema: de la vida eterna. Hoy se nos platica una parábola y se nos habla de un banquete, el banquete es el Reino de los Cielos; cómo están esperando al novio, el novio es Jesucristo; cómo hay diez mujeres, diez vírgenes o diez jóvenes, que están esperando a que llegue el novio para entrar a la fiesta, para entrar a la boda. Resulta que cinco jóvenes son diligentes, previsoras, y cinco jóvenes no son previsoras, son descuidadas. Generalmente en Israel las bodas eran en la noche y tenían que llevar antorchas, luz o lámparas. De tal manera que llevan ellas una lámpara, pero las previsoras llevan aceite para rellenar la lámpara y las otras no llevaban aceite.
El novio no llegaba y a las diez vírgenes les da sueño. ¿Eso qué significa? Que nosotros no sabemos la hora en que va a llegar el novio, no sabemos exactamente el día, no sabemos. Y entonces les da sueño y por ahí alguien grita: «¡Ya viene el novio, ya viene el novio!», y despiertan las diez jóvenes. Pero resulta que las que traían el aceite para las lámparas estaban preparadas, sin embargo, las descuidadas no tenían aceite. Entonces les dijeron a las previsoras: «Dennos tantito aceite», y les dicen: «No, nosotras fuimos previsoras, vayan ustedes a la tienda». Y entonces, cuando van a la tienda, se abren las puertas del banquete, de la boda, del Reino de los Cielo, y pasan las cinco jóvenes previsoras. Luego llegan las cinco descuidadas y tocan, y no les abren; siguen insistiendo, y entonces sale novio y les dice: «No las conozco».
La parábola termina al siguiente versículo, que dice: «Estén preparados, porque no saben el día ni la hora». No es una parábola para que nosotros nos asustemos. Podemos preguntarnos: ¿fueron egoístas las cinco jóvenes que no les dieron aceite a las otras? Claro que no fueron egoístas, pero la respuesta es que cada quien tiene que dar cuenta de sus actos, debe ser responsable, es una respuesta personal. Estamos invitados todos a la salvación, estamos invitados todos a la boda, pero puede ser que no estemos en el momento que se abra la puerta para entrar.
La pregunta más importante esta mañana sería: ¿Cómo podemos estar preparados nosotros? Podemos estar preparados cuando hacemos el bien en nuestra vida, cuando amamos a los demás, cuando cumplimos con nuestras responsabilidades, esa es la mejor manera de estar preparados, viviendo con fe, con esperanza y con amor, viviendo las virtudes teologales; «no sabemos el día ni la hora», pero, si estamos descuidados, puede ser que no entremos al banquete celestial.
Hoy se nos invita a pedirle al Señor que quitemos eso que nos estorba para vivir en el amor, para vivir haciendo el bien al que nos encontramos. Es maravilloso que todos los días tenemos esa oportunidad de ayudar a los demás, de dar de comer al hambriento, de consolar al triste, de ayudar al que lo necesita, es decir, cumpliendo todos los días las responsabilidades es como estamos preparados para que el Señor nos invite a su Reino. Así sea.
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla