«¡Nos ha nacido el Salvador!
Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad»
Queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús:
Hoy, a los que se encuentran hoy aquí en nuestra Catedral y también a los que siguen esta transmisión, debe llegar a nuestra mente y corazón esa noticia: ¡Nos ha nacido el Salvador!
Han sido cuatro semanas de Adviento, hoy en la mañana prendimos la cuarta vela de la Corona de Adviento, y decíamos que ya estábamos muy cerca de la Nochebuena, de esta celebración donde ya se ha puesto, en el Gloria, al Niño Jesús en el pesebre.
A esta noche se le conoce como la Nochebuena, una buena noche, una noche excepcional, maravillosa, que no hay palabras para describirla, porque hace XXI siglos se dio el misterio de la Encarnación. Los profetas anunciaron la venida del Salvador, y en este tiempo de Adviento, sobretodo Isaías estuvo hablándonos de la promesa que Dios había hecho a su pueblo, y ha llegado ese día de la salvación: la Palabra hecha carne.
En la mañana el Evangelio nos habló de cómo María aceptó la invitación, hecha a través del Arcángel Gabriel, para ser la madre del Salvador. Y hoy tenemos esa noticia que el Evangelio de San Lucas en el capítulo primero nos ha ofrecido esta noche, cómo el Salvador ha nacido.
Ustedes saben que una de las propuestas muy hermosas de San Francisco de Asís fue el Nacimiento, en el siglo XIII. San Francisco tuvo esa idea esplendorosa de crear el Nacimiento del Niño Dios. Seguramente algunos lo tienen en su casa; hoy afortunadamente también se puso en el teatro Algarabía, en la plaza cívica; y también se ha puesto aquí en nuestra Catedral.
Es un momento sobre todo de contemplación, no hay palabras, es contemplar un misterio, porque «lo que es imposible para nosotros es posible para Dios» y Él nació de la Virgen María por obra y gracia del Espíritu Santo.
Tenemos también a un personaje muy importante, pero silencioso siempre, el señor San José. Se nos dice cómo tenían que viajar desde Galilea hasta Nazaret, en concreto en Belén. Aproximadamente son 212 kilómetros, imaginemos nosotros la caminata que hicieron, la peregrinación que hicieron, por eso celebramos los nueve días de posadas, recordando ese camino que hicieron José y María para llegar a un lugar donde tenían que empadronarse, porque José era de la dinastía de David y Dios había prometido que de la descendencia de David nacería el Hijo de Dios.
La historia la conocemos, no hubo lugar para que el Niño Jesús naciera y nació en una cueva, en un pesebre, en un portal, y los invitados fueron los sencillos, aquellos pastorcitos que andaban cuidando su rebaño y escucharon la voz de los ángeles que decían: «Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad». Ellos fueron y, con su sencillez, de corazón reconocieron que era el Hijo de Dios.
Ojalá también nosotros hoy renovemos este Nacimiento de Jesús en nuestro corazón. Él vino para traernos la salvación, para traernos buenas noticias. El mundo está muy desorientado, el mundo no está siguiendo el proyecto de Dios, y hoy es una oportunidad muy buena para que nosotros los cristianos, los católicos, queríamos adherirnos al proyecto de Dios, de una nueva humanidad.
Que también en nuestras familias, en nuestras casas, nos reunamos para abrazarnos, para desearnos buenos deseos en el Señor Jesús, para que el año que entra sea mejor. Este año ha sido, como todos los años, llenos de tristezas y alegrías, de logros, de esperanzas, pero que también tengamos deseo de que el año próximo sea un año mejor, que caminemos con Jesús, el Niño Dios, y que sepamos nosotros apoyarnos un poquito más, ser más comprensivos, más tolerantes, más fraternos, más amables, más solidarios. Ese el mensaje del Señor: que no nos quedemos en nosotros mismos, sino que salgamos para anunciar las maravillas del Señor.
«Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla