«Si el grano de trigo no muere, queda infecundo»
Queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús:
A todos los saludo con afecto de pastor, a quienes están aquí presencialmente y también a las personas que nos siguen en esta transmisión, tanto en nuestra Arquidiócesis como en algún lugar de México y del extranjero.
Al celebrar hoy el V Domingo de Cuaresma, estamos ya muy cerca de la meta, pues ya dentro de ocho días, dentro de una semana, estaremos iniciando la Semana Mayor, la Semana Santa, y estamos invitados a vivirla plenamente desde la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, el Domingo de Ramos, cuando la gente lo aclamaba: «Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna al hijo de David». Y pocos días después empiezan estos misterios muy importantes de nuestra salvación, desde que Jesús es aprehendido, juzgado y condenado a muerte. Por eso en esos días celebraremos la pasión, la muerte, la sepultura y la meta, que es la Pascua, llegar a celebrar la Resurrección del Señor.
Las lecturas de este domingo nos van preparando para vivir la Semana Mayor. La primera lectura, de Jeremías, nos recuerda la alianza que hace Dios con su pueblo, la alianza del Sinaí, de los mandamientos, donde les dice: «Yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo», y lo sella con los diez mandamientos, con las tablas de la ley. Pero Jeremías nos dice cómo va haber otra alianza que será sellada con la sangre de Cristo, con su muerte, por eso Jesucristo es la nueva alianza para todos nosotros.
La segunda lectura, de los hebreos, nos va platicando cómo no fue fácil, porque Jesús fue obediente hasta dar la vida por todos nosotros, obediente al Padre, al proyecto del Padre. A mí me impacta ver la humanidad de Jesús. Todos nosotros estamos invitados a tener un encuentro con Cristo, con un Cristo vivo, por eso Él es el centro de nuestra fe. Y Cristo es verdadero Dios, pero también es verdadero hombre. Hoy la lectura nos habla de cómo Jesús tenía miedo, conforme se iba acercando a la cruz, también Él sufría, porque era humano; verdadero Dios, pero verdadero hombre. En su vida, cuando murió su amigo Lázaro, cuando llegó con Marta y María, Jesús lloró, porque quería mucho a Lázaro; después lo resucitó, pero Él derramó lágrimas por el amigo.
También nosotros vemos, y lo viviremos en la Semana Santa, cómo Jesús sudaba sangre y derramaba lágrimas cuando estaba en el huerto de los olivos, y seguramente también cuando iba en el viacrucis y cuando fue crucificado. Es decir, su muerte no fue teatro, no es una representación, sino es llegar hasta las últimas consecuencias de dar la vida por amor, por toda la humanidad.
Y por eso hoy el Evangelio de San Juan nos dice que «Si el grano de trigo no muere, queda infecundo», pero este grano de trigo murió, Cristo murió y dio vida a toda la humanidad. Es algo muy hermoso seguir el hilo de esas lecturas que van preparando nuestro corazón para vivir estos misterios importantes.
La invitación para todos nosotros en la Semana Santa es dejar esos espacios para orar y para reflexionar lo que hizo Jesús con nosotros.
Quiero felicitar a los jóvenes que vienen hoy aquí a la Catedral, y a quienes los acompañan también, a los asesores, a las hermanas religiosas, a los sacerdotes, que van a tener una experiencia de evangelización en dos parroquias, en Santiago, Tlazala, y en San Antonio, Huixquilucan, para que sea una experiencia que llegue a su corazón, que los marque, que ustedes van anunciar a un Cristo que da vida, a un Cristo muerto y resucitado. Pero, siempre que uno va a evangelizar, uno sale evangelizado; cuando uno va a dar, uno recibe más. Por eso ustedes también, como misioneros, como misioneras, como enviados por la Iglesia, estén muy atentos para descubrir en la gente que van a visitar las semillas del Evangelio y que realmente sea una semana muy rica, una semana que los marque. Sabemos nosotros que la misión es todos los días, la misión es permanente, pero Semana Santa son unos días muy intensos para tener esa experiencia de fe, ayudar a otros que vivan la Semana Mayor, pero que también uno la vida y que uno crezca como discípulo misionero del Señor.
Que todos nosotros dejemos esos espacios en la Semana Santa. Para algunos es tiempo de vacaciones, de estar en familia, de descanso, así que disfrútenlo, pero también dejen esos espacios para meditar en la pasión, muerte y resurrección del Señor. Así sea.
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla