«Hoy se nos da la paz y se nos invita para salir a llevar el Evangelio con la fuerza del Espíritu Santo»
Este II Domingo de Pascua, llamado también Domingo de la Divina Misericordia, los invito para que experimentemos en nuestro corazón la misericordia, el amor de Dios, al creer en un Cristo muerto y resucitado que nos ofrece todos los días su misericordia y su amor.
Quisiera que tuviéramos la imagen de los Apóstoles, que estaban en una casa ahí en Jerusalén, y, como escuchamos en el Evangelio de San Juan, estaban encerrados por miedo a los judíos, las puertas bien selladas, bien cerradas. Recordemos cómo el día de la crucifixión de Jesús, ahí en el Gólgota, solamente estaban ahí junto a Él María, su madre, y Juan, el apóstol, el discípulo amado, y más allá estaban otras mujeres, pero los Apóstoles estaban escondidos, humanamente tenían mucho miedo, porque habían matado a su Maestro y no sabían qué iba a pasar. Esa escena ya todos nos la imaginamos, ellos tristes, apesadumbrados, desconcertados, sin esperanza.
Sin embargo, hoy el Evangelio nos platica cómo Jesús se les aparece. Hay tres cosas que quisiera que reflexionáramos: La paz, el envío y cómo les da Espíritu Santo.
Jesús llega, traspasa la puerta, y les da ese saludo tan hermoso: «La paz esté con ustedes», ese saludo que utilizamos en la celebración. Y si los apóstoles estaban con esa tristeza honda, ¿qué era lo que necesitaban? Necesitaban paz, necesitaban esa serenidad, esa paz que solamente da el Señor, esa paz que tanto estamos pidiendo, y está habiendo campañas en todo México para que tengamos paz; paz externa, por tanta violencia que hay, en unos lugares más que en otros, pero también paz en nuestros corazones, paz en nuestra familia, en los movimientos, en los grupos apostólicos, esa paz que permite trabajar para construir un mundo mejor. Era domingo cuando el Señor se les aparece y les dice: «La paz esté con ustedes».
Y después les enseña sus manos, donde habían sido puestos los clavos en la cruz, y les dice: «Miren, soy Yo, vean mis manos y mi costado». Recuerdan ustedes que un soldado le traspaso con una lanza a Jesús y salió agua y sangre, que representan dos sacramentos muy importantes en la Iglesia: el agua el Bautismo y la sangre la Eucaristía, Jesús nos da su cuerpo y su sangre.
Ellos se pusieron contentos cuando les dice: «Soy Yo», el resucitado, el que murió por toda la humanidad. Y entonces les da el envío, «a lo que el Padre me envió a Mí, ahora Yo los envío a ustedes: Salgan para llevar la Buena Noticia de salvación».
Y no solamente les da el mandato, sino que les dice: «Reciban el Espíritu Santo».
La paz, el mandato de continuar su misión y el Espíritu Santo.
Sin embargo, algo muy importante en este Evangelio es la actitud de Tomás, que se le llama “el incrédulo”, porque en ese momento no estaba presente ahí en la casa, no sabemos adónde había salido un rato. Pero cuando llega a la casa le comunican: «Hemos visto al Maestro, ¡ha resucitado!», y Tomás dijo: «No les creo. Si no toco con mis manos la señal de los clavos, no creeré», esa fue su actitud; a pesar del entusiasmo de Pedro, de Andrés, de Juan, Tomás no creyó.
A los ocho días se vuelve a aparecer Jesús a los Apóstoles y les dice nuevamente: «La paz esté con ustedes. A ver, Tomasito, ven para acá, mira, soy Yo». Y Tomás hizo una profesión de fe extraordinaria, guiado por el Espíritu Santo, cayó de rodillas y dijo: «Señor mío y Dios mío», una profesión de fe que muchas veces nosotros utilizamos.
«Tomás, tú has creído porque has visto, dichosos los que sin haber visto creen».
Es un pasaje muy hermoso el de hoy, donde se nos da la paz y se nos invita para salir a llevar el Evangelio con la fuerza del Espíritu Santo.
Ellos abren las puertas y salen a anunciar el núcleo, la verdad más importante de nuestra fe: la muerte y resurrección del Señor, lo que le llamamos también el kerigma, anunciar a un Cristo muerto y resucitado.
¿Y cuál fue el efecto? Que realmente mucha gente empezó a creer, porque ellos tenían el Espíritu Santo, y se empezaron a formar lo que se nos platicó en la primera lectura, las primeras comunidades cristianas, donde compartían todo, eran constantes en la oración y en la fracción del pan, y nadie pasaba necesidades. Tenemos ese pasaje muy hermoso en el libro de los Hechos de los Apóstoles, en el capítulo 2 y en el capítulo 4.
Pues hoy también, queridos hermanos, hermanas, todos los que han venido aquí a nuestra Catedral, los que nos están siguiendo a través de las redes sociales, que sintamos en nuestro corazón una alegría y que también nosotros nos sintamos discípulos del Señor, nos sintamos misioneros, y platiquemos a nuestro alrededor la historia de Jesús de Nazaret.
El Señor nos da su Espíritu, el Señor nos invita, en medio de esta sociedad en que estamos viviendo, en esta sociedad con tantos retos, con tantas dificultades, a que tengamos en el centro a Cristo resucitado.
El Papa San Juan Pablo II, en el año 2000, instituyó la fiesta de la Divina Misericordia el día de la canonización de Sor Faustina, ese día quiso instituir esta fiesta: El II Domingo de Pascua es el día de la Divina Misericordia, porque la misericordia del Señor es grande y se manifiesta en el amor que Él nos da, y que este amor también lo podamos transmitir a nuestros hermanos. Así sea.
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla