DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO
Muy queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús; a todos les deseo que la paz del señor esté con ustedes y que también tengan esperanza, esa esperanza cristiana de caminar al encuentro del Señor. Y saludo a todas las personas que están aquí presencialmente, en nuestra Catedral Corpus Christi, y también a las personas que a través de los medios digitales están siguiendo esta Eucaristía.
Estamos ya terminando, queridos hermanos y hermanas, este año litúrgico; el próximo domingo se cerrará con la fiesta de Cristo Rey, y siempre en este domingo que es el número 33 del tiempo ordinario, y después de la fiesta de Cristo Rey sigue el primer domingo de adviento, dentro de 15 días, la temática es muy parecida, de la palabra de Dios. Porque hoy se nos habla, Jesús en el Evangelio, les dice a sus discípulos, y también a nosotros, que va a venir por segunda vez. Ya vino la primera, nacido en Belén, pero va a venir una segunda vez, y lo dice en un lenguaje apocalíptico, un lenguaje pues un poquito complicado, ¿verdad?. Se van a caer las estrellas del cielo, el sol desaparecerá; pero lo importante es que este mundo tiene un fin, y que no sabemos el día ni la hora, pero no es para que nosotros nos desanimemos, no es para que nosotros nos quedemos sentados cabizbajos, sino para que estemos vigilantes y en oración, y viviendo el presente de una manera activa; porque nos podemos quedar nosotros en el pasado, en lo que dijo Dios al pueblo, nos podemos quedar en la liberación que Dios hace del pueblo de Israel; o también podemos pensar en un futuro. Hay veces que no pensamos mucho en el futuro, y estos domingos nos ayudan a entender que nuestra vida es de paso, que nuestra vida es pasajera, es fugaz, pero que nuestro destino es el cielo, es la casa del padre. Pero lo más importante es la vivencia del presente, por eso hoy en el Evangelio nos dice, también, ese tono de esperanza, ¿verdad? Y nos pone la parábola de la higuera: ya cuando están saliendo las hojitas empieza uno a vislumbrar que habrá higos, que se acerca el verano. Esto quiere decir que nuestra vida también debe ser llena de esperanza.
Y siempre la palabra de Dios debe ser cuestionante, pero también nos debe motivar. Esta semana hicimos oración, que les pedí, por la Asamblea de la Conferencia Mexicana. Nos reunimos todos los obispos de México, de la 100 diócesis que hay. Y estuvimos 5 días platicando de muchos temas, pero también de la preocupación de nuestro país. El próximo domingo se leerá en todas las misas el mensaje que hicimos al pueblo de Dios; pero es un mensaje de esperanza, es un mensaje de caminar juntos en el presente.
Una de las cosas más importantes que nosotros tenemos que luchar es por la defensa de la dignidad humana, luchar por la familia, por la vida; y vemos cómo en los tribunales se está metiendo este tema donde se despenaliza el aborto. Yo solamente preguntaría: ¿nosotros estamos de acuerdo en los talamontes? Pues yo creo que no, se mata el bosque; ¿estamos de acuerdo en los que matan animales? Y hay veces es la contradicción ¿verdad? Defendemos a los animales, los bosques, pero la vida humana no la defendemos. Y es importante optar por la vida, ese es el presente, luchar por que seamos artesanos de paz.
Ahorita el problema número uno que hay en México es la inseguridad. Y nosotros tenemos que ser artesanos de paz. ¿Cómo vamos a trabajar por eso? Pues desde la familia, cuando se inculca a los niños, a las niñas, el respeto, la paz, los valores, es como se va construyendo un mundo mejor. Por eso les decía, es importante el pasado y el futuro, pero estamos en el presente, y Jesús nos invita a nosotros a trabajar por los valores humanos, por los valores cristianos, que el cristiano también sea más sensible a aquella persona que más lo necesita, que haya ese respeto a todas las personas, a los que tienen y a los que no tienen, a los que son de un país y a los que son de otro país. Porque somos hijos de Dios y hermanos entre nosotros.
Que hoy alcemos nuestra mirada al cielo y caminemos de la mano de Dios para ir construyendo su reino . Así sea.
Mons. José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla