HOMILíA VISITA PASTORAL SAN JOSé DE LA MONTAñA ZV D1

December 31, 1969


HOMILíA VISITA PASTORAL SAN JOSé DE LA MONTAñA ZV D1

 

“Quién soy yo Señor, para que me hayas favorecido tanto”

Así se expresa David en  la primera lectura que hemos escuchado, “Quién soy yo Señor, para que me hayas favorecido tanto”. La condición humana, la frágil condición del hombre, su barro con el que está hecho, nos hace muy pequeños delante de Dios y también con una gran dificultad para poder decir: “yo merezco que Dios me dé esto o aquello”. Todos somos conscientes de esa relación con Dios, nos sobrepasa, es inmensa su grandeza, es inmenso su poder y son incontables sus acciones.

¿Qué soy yo en medio de la creación? Una hormiga para nosotros es insignificante, así somos, ––quizá más pequeños todavía de lo que una hormiga es para nosotros––, nosotros para Dios, sin embargo, iniciando con nuestra propia vida este don que jamás pedimos pero que nos fue dado, este regalo extraordinario que nos dio Dios, nos debiera recordar siempre esta inmerecida acción divina y si a esto le vamos agregando cuando reconocemos el beneficio de todo lo que descubrimos a través de las personas, nuestro padre, madre, nuestros hermanos, vecinos, amigos, sacerdotes, todas las personas con quienes nos hemos encontrado en la vida, tantas cosas en las que Dios se hace presente y nos acompaña.

David era consciente de su pequeñez, el más pequeño de sus hermanos, un pastorcillo que se dedicaba a cuidar las ovejas, Dios se fija en él y lo elige para ser el rey de Israel. La grandeza de David es que jamás perdió consciencia de su pequeñez y poco a poco, al pasar el tiempo e ir experimentando en la cotidianidad de su vida, las acciones de Dios, se va dando cuenta de su pequeñez, frente a todo lo que el Señor le ha regalado exclamó: “Quién soy yo Señor, para que me hayas favorecido tanto”.

¿Preguntémonos si esta expresión ha salido de nuestra boca alguna vez?, si no ha salido nunca, tomemos consciencia que quizá nos falta humildad para reconocernos amados por Dios, si ya lo hemos hecho alguna vez, descubramos que en este ejercicio podemos ir descubriendo cada vez más y más acciones y regalos de Dios en nuestra vida. Nuestra manera de ver las cosas no se quedarán en la superficie, vamos a penetrar en nuestro corazón y descubriremos con mayor intensidad el auxilio divino en nuestra persona.

Los problemas muchas veces nos distraen, nos preocupan, nos angustian y en ocasiones nos desesperan, sin embargo, es el tiempo oportuno, ––cuando sentimos esa experiencia de ansiedad––, es momento de levantar la mirada, de recordar de dónde venimos y a dónde vamos, de recordar nuestra condición inmerecidamente de hijos de Dios, condición que hemos recibido en nuestro bautismo.

Esas experiencias sumadas a la acción de gracias, no pueden quedarse en el interior de nuestro corazón, tienen que ser expresadas, como nos lo dice el Evangelio de hoy: “¿acaso se enciende una vela para meterla debajo de una olla o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelero?", esa es la luz que nos ilumina, nuestra relación con Dios y nuestra experiencia personal es luz y no es para meterla debajo de la cama, ni mucho menos para dejarla escondida en el interior de nuestra persona, sino que es para compartirla, para expresarla a quienes más amamos, abrirnos con quienes compartimos la vida.

Ante esta reflexión podemos entender; por qué queremos renovar nuestra Iglesia particular de Tlalnepantla a través de este proceso, formando pequeños grupos que vayan creciendo como comunidad a la luz de la Palabra de Dios para compartir la vida. Esas pequeñas comunidades son para que expresemos  lo que Dios hace en mi persona y lo que veo que hace a mi alrededor y compartirlo, porque en la medida en que lo expresamos, a otros les ayudará para descubrir la forma en que Dios actúa en ellos.

Cuando dejamos la fe y toda nuestra experiencia de relación con Dios a la intimidad y no lo compartimos con nadie, estamos tomando la actitud de lo que Jesús expuso en la parábola de los talentos, “somos ese siervo que temeroso de Dios esconde su talento en la tierra”, lo deja ahí estéril, sin fruto. Estamos llamados para expresar lo que vivimos no para silenciar nuestra experiencia de Dios, eso es lo hermoso de la Iglesia y por ello estamos aquí como comunidad.

La Eucaristía es el gran momento de poner en común lo que sentimos, lo que queremos, lo que anhelamos, lo que deseamos, para ayudarnos unos a otros a descubrir si eso que queremos y anhelamos está acorde a la Palabra de Dios, si eso es voluntad del Padre, porque si descubrimos que sí, Dios nos lo concederá. La Eucaristía es el momento magnífico del crecimiento de la comunidad cristiana.  

Unamos todos juntos a esta intención, pidiéndole al Señor Jesús que haga de esta Iglesia de Tlalnepantla y de esta comunidad parroquial de San José de la Montaña una Iglesia misionera. Que así sea.

+ Carlos Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla