HOMILíA VIERNES SANTO DE LA PASIóN DEL SEñOR

December 31, 1969


HOMILíA VIERNES SANTO DE LA PASIóN DEL SEñOR

 

“Acerquémonos con plena confianza para recibir misericordia en el momento oportuno.”

Así  nos decía la segunda lectura tomada de la carta a los Hebreos. Muy propia para este año de la misericordia: “acerquémonos con plena confianza”, ¿Por qué podemos acercarnos con plena confianza?

Hemos escuchado el relato de la pasión que nos manifiesta claramente el amor de Jesucristo al dar su vida por nosotros, en quién más podemos confiar de manera que nunca nos falle, que siempre que acudamos a él esté al pendiente de nosotros; “acerquémonos con plena confianza para recibir misericordia”, para que experimentemos el amor de Dios nuestro Padre y; “recibirla en el momento oportuno”. Consideremos algunos aspectos de lo que acabamos de escuchar en las lecturas que nos ayuden a interiorizar en este acercarnos con confianza para recibir misericordia en el momento oportuno.

Pilato en tres ocasiones dice: “yo no encuentro culpa en este hombre”,  sin embargo, es una autoridad que está más preocupado de sí mismo y de quedar bien con el pueblo y con el César, que de cuidar a quienes gobernaba. Cuando vemos estos aspectos de la pasión de Jesucristo, podemos también atemorizarnos al decir que como somos discípulos de este hombre que terminó así su vida y pensamos inmediatamente que Dios quiere algo exactamente igual de cada uno de nosotros, ¿quién quiere ser torturado?, nadie ¿verdad?

Ninguno de nosotros levantaríamos la mano para que nos crucifiquen, este camino de Jesucristo es para expresarnos hasta donde llega el amor del Padre por nosotros, pero no es porque Dios esté pensando que cada uno de nosotros debe sufrir de esa manera, ¡no es eso!, sin embargo, por el andar de nuestra vida en la sociedad, por la terrible desgracia de la pérdida de conciencia sobre nuestra propia dignidad y de la dignidad de los demás, suceden cosas como le sucedió a Jesús.

Por eso los invito a poner atención en esta parte de la segunda lectura, Cristo cuando se enteró y afrontó este momento en su vida mortal, ofreció oraciones y suplicas con fuertes voces y lágrimas a aquel que podía librarlo de la muerte. Cuando nos aqueje el dolor, cuando nos llegue el sufrimiento no deseado, pero que se presenta en nuestra vida, hay que intensificar la oración para que crezca nuestra confianza y para recibir su misericordia en el momento oportuno.

Cristo pidió que se le librara de la muerte y fue escuchado por su piedad, el Padre atendió su suplica que le hacía con lágrimas. El Padre atiende todas las suplicas de aquellos fieles que con gran fe y confianza le dirigen su oración para ser liberados del dolor, del sufrimiento, de la enfermedad, de la injusticia, de la muerte misma.

Claramente vemos que Cristo fue escuchado pero no librado de aquel momento; “a pesar de que era el Hijo, aprendió a obedecer padeciendo”, es decir, habrá veces en que la escucha coincida con el deseo de ser librados y la respuesta de Dios Padre sea esa, pero habrá otras en que no coincida. Lo mismo pasó con Jesús, siendo el Hijo, no lo libró de ese momento, sin embargo, si lo escuchó y lo fortaleció y le dio el Espíritu necesario para afrontar la muerte, también nosotros recibiremos ese mismos Espíritu, ––regalo del Padre––, jamás nos dejará solos, sea que nos libre o sea que como Cristo, obedientes aceptemos la muerte, la injusticia, la prisión, la violencia, y, “así se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que lo obedece”.

Por eso Cristo es nuestro camino, cada una de nuestras vidas es distinta, es original, es única, él es el camino porque nos enseña cómo afrontar nuestra vida en todas sus circunstancias y así como lo decía el profeta Isaías; “por sus llagas hemos sido curados”, así es como sanaremos siempre que tengamos heridas, todas serán restauradas y reparadas, de todo saldremos victoriosos.

Concluyo con uno de los momentos del relato de la pasión del Evangelio de San Juan, que son conmovedores y nos viene bien reflexionar en este tiempo, en el momento en que Jesús está en la cruz, ve a su Madre y junto a su Madre ve al discípulo que tanto quería, le dijo a su Madre: “Mujer ahí está tu hijo, luego dijo al discípulo, ahí está tu Madre y desde entonces el discípulo se la llevó a vivir con él”.

Juan nos presenta al discípulo modelo de los discípulos de Cristo que están al pie de la cruz, que están acompañando a quien más sufre, a la Madre del crucificado y también nos presenta a María, como, “Modelo de la Iglesia”, ––así la ha llamado el Concilio Vaticano II––.

Si tenemos en cuenta estas dos figuras, entonces, la Iglesia representada en María se va vivir con el discípulo representado en Juan.

Preguntémonos al recordar esta expresión máxima del amor que tiene Jesús al morir en la cruz; ¿Me siento ese discípulo de Cristo que soy por mi bautismo? ¿Me siento dispuesto a recoger a esta Madre y llevarla a mis casa?, es decir, a recoger esta Iglesia nuestra, muchas veces tan criticada, esta Iglesia que quiere ser Madre de todos, que quiere ir a los distantes y alejados, que quiere ir a los reclusos, ésta que formamos nosotros en Cristo la Iglesia de Tlalnepantla, ¿Me siento yo el discípulo que estoy dispuesto a llevar esta Iglesia a mi casa, para identificarnos Madre e hijo, Iglesia y discípulos? Respondámosle a Cristo en la cruz.  Que así sea.

+ Carlos Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla