HOMILíA VI DOMINGO DE PASCUA

December 31, 1969


HOMILíA VI DOMINGO DE PASCUA

 

“No vi ningún Templo en la ciudad”.

En esta segunda lectura del Libro del Apocalipsis, describe el Apóstol San Juan la extraordinaria belleza y estética de la nueva ciudad, de la ciudad santa, de la Jerusalén a la que estamos llamados a participar y vivir. La describe con una perfección total y al final hace esta observación: “no vi ningún Templo en la ciudad”.

Estamos acostumbrados a descubrir la presencia de Dios en el Templo, pensemos en las veces que hemos venido con alegría y decimos; voy a visitar al Santísimo, voy a visitar a la Virgen María, hablaré con ellos, incluso vimos que el Papa Francisco vino a México como peregrino a la Basílica de  Guadalupe a presentarse frente a nuestra Madre y a pedirle por toda la Iglesia, ¿cómo podemos explicarnos que esa ciudad santa, que llegará en la plenitud de los tiempos sea esta nueva creación  que Dios está gestando a partir de la venida de Jesucristo? En el mismo texto encontramos la explicación: “no vi ningún Templo en la ciudad, porque el Señor Dios Todopoderoso y el cordero son el Templo”.

Aquí, en esta vida terrestre en la que vamos peregrinando necesitamos estos espacios y construimos nuestros Templos para ayudarnos en nuestro caminar y en el aprendizaje de cómo relacionarnos con Dios. ¿Qué pretendemos al venir al Templo?

Relacionarnos con Dios, entrar en amistad e intimidad con él, descubrirlo y sentir su presencia, su fortaleza y consuelo, pues esta cuidad de la que habla el Apocalipsis, no va a tener Templo porque ya no lo va a necesitar, porque vamos a ver cara a cara a Dios, por ello dice el Apóstol Juan: “el Señor Dios Todopoderoso y el cordero son el Templo”.

Ahora bien, al inicio del Evangelio hemos escuchado que Jesús dice a sus discípulos: “El que me ama cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada”, la descripción de la ciudad que realiza la segunda lectura, está perfectamente estructurada, sin embargo, no nos habla de los habitantes de esa ciudad, porque los habitantes de esa ciudad son  la morada de Dios, es Dios mismo en comunión con nosotros, esa es nuestra meta y la razón por la que Dios nos ha creado, por eso nos dio esta vida, para que lo encontremos, por eso en nuestro corazón hay un deseo íntimo de descubrir a Dios y conocerlo, de amarlo, lo necesitamos, “porque el que me ama cumplirá mi palabra y mi padre y yo vendremos a él y será nuestra morada”.

Somos nosotros los que estamos llamados a ser el verdadero Templo, no este Templo que hoy nos sirve de herramienta, de espacio, de encuentro, que es indispensable mientras seguimos en esta tierra, pero ya podemos ir construyendo el verdadero Templo que somos nosotros. Templos del Espíritu Santo y cuerpo de Cristo, eso es la Iglesia. Cuántas veces hemos referido esta palabra “Iglesia” al templo material, --normalmente así lo hacemos--, pero después de Cristo, el Templo somos nosotros los bautizados en el nombre de la Trinidad.

Este es el fundamento por el cual la Iglesia está preocupada en llegar a todos sus hijos, a todos sus bautizados, como lo hemos visto en este texto de los Hechos de los Apóstoles, ellos después de haber sido testigos de la vida de Cristo, después de la muerte, transmiten esta novedad, Dios quiere vivir en medio de nosotros, es decir, Dios quiere hacer su morada en mi corazón, para hacer realidad esto, debemos cumplir su Palabra y ponerla en práctica, descubriendo en el otro un hermano, porque no soy yo individualmente la única morada de Dios, somos la morada de Dios.

Mientras no descubramos al otro, digno de Dios, de la misma manera que yo, todavía no hemos preparado nuestro corazón para ser la morada de Dios, aún hay que trabajar en nosotros, aún hay mucho que hacer.

Los apóstoles se lanzan a transmitir esta verdad, de ahí viene la necesidad de evangelizar, de anunciar y proclamar a todos que sepan, el para qué Dios nos ha creado. La belleza de la creación de Dios está todavía distante de lo que él ha pensado para cada uno de nosotros. Por eso la Iglesia está preocupada de sus hijos y el Papa Francisco nos ha pedido que vayamos a tocar las puertas de los católicos en sus hogares, ––sobre todo los más alejados––, porque ellos también son el Templo, no sólo tenemos que cuidar el Templo material para que sea bello, ––como será la nueva Jerusalén––, sino esa morada que Dios quiere en cada uno de sus hijos.

Este es el sentido de la Gran Misión, este esfuerzo de formar una fraternidad, de convocarnos en Cristo, y lo hacemos con una plena confianza en quien nos ama, Jesús lo ha dicho: “les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes, pero el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho”.

No estamos solos, para construir esta morada de Dios en nosotros, contamos con el Espíritu Santo, él es el Consolador, es quien nos orienta, es quien nos conduce, es quien camina con nosotros, es el mismo que ayudó a los Apóstoles a resolver los conflictos en medio de la comunidad naciente de la Iglesia en ese primer siglo, ya llevamos XXI siglos y siempre en todas las etapas ha habido conflictos, problemas, discusiones, distintas maneras de entender la Palabra de Cristo, sin embargo, el Espíritu Santo nos ayuda a resolverlas.

Son hermosas esas palabras de la primera lectura: “El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponerles más cargas que las estrictamente necesarias”. Los Apóstoles, los principales responsables de la comunidad, en diálogo y con el auxilio del Espíritu Santo van resolviendo a cada paso de la historia los conflictos y tensiones que vivimos en esta construcción del nuevo Templo de Dios que somos nosotros.

Con esa confianza, digámosle a Jesús en esta Eucaristía, “Señor yo también quiero ayudar como lo hicieron los primeros discípulos de Cristo, a dar testimonio de que estás vivo en medio de nosotros, quiero proclamar y ayudar para que todos tus hijos construyamos tu morada para que vivas, nos acompañes y nos lleves a la plenitud de los tiempos, a esa bellísima ciudad donde: “ya no necesitan la luz del sol o de la luna, porque la Gloria de Dios la ilumina y el Cordero es su lumbrera". Que así sea.

+ Carlos Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla