HOMILíA DOMINGO DE LA ASCENSIóN DEL SEñOR Y LA GRAN MISIóN

December 31, 1969


HOMILíA DOMINGO DE LA ASCENSIóN DEL SEñOR Y LA GRAN MISIóN

 

Galileos, ¿qué hacen allí parados, mirando al cielo?

Así fueron sorprendidos los discípulos de Jesús, por estos dos hombres vestidos de blanco. Estaban sorprendidos, admirados, conmovidos por lo que acababan de ver, después de 40 días de estar en una relación cercana e íntima con Jesucristo Resucitado, dándose cuenta de ese poder de Dios que lo ha vuelto a la vida; y ahora lo ven partir y subir a los cielos. Es compresible su desconcierto, no sabían qué pensar, estaban tan profundamente ensimismados en el misterio de Jesucristo, de su persona, de su doble naturaleza; tanto humana como divina.

Falta tiempo, se necesita concentración, silencio y meditación para entrar en el misterio de la persona de Jesucristo; y de repente: Galileos, ¿qué hacen allí parados, mirando al cielo? Aunque el misterio de Cristo nos envuelva, ese mismo misterio lo iremos comprendiendo poco a poco en la medida que lo transmitamos a los demás, ––así les pasó a los discípulos––. Ese mismo Jesús les acababa de decir: aguarden aquí a que se cumpla la promesa de mi Padre, Juan bautizó con agua; Ustedes serán bautizados con el espíritu Santo, añadiendo: Ustedes recibirán el Espíritu Santo y los llenará de fortaleza y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra.

El mismo Jesús ya les había advertido que esa era su misión, ¡ser testigos de su presencia y de su misterio! Si nos quedamos parados mirando al cielo, jamás acabaremos de entender ese maravilloso misterio, es decir, lo entenderemos y nos iremos adentrándo en él cada vez que compartimos con los demás. Cuando compartimos el conocimiento de Cristo que llevamos dentro y lo participamos a los demás, a partir de la vida de los otros y de la nuestra, descubriremos cada día más los aspectos y las características que guarda ese misterio de la persona de Cristo.

Por eso, los que nos hemos reunido en esta celebración Eucarística en torno a la solemnidad de la Ascensión del Señor, en esta Santa Iglesia Catedral, iremos juntos: Ustedes Laicos, Consagrados, Presbíteros y Obispo, a transmitir la Buena Nueva, que ¡Cristo está vivo y que es fundamental que lo conozcan! particularmente aquellos que han sido bautizados en el mismo bautismo nuestro, y que forman parte de nuestra Iglesia, pero que lamentablemente conocen a Jesucristo muy parcialmente, de manera muy limitada. Por ello, no practican los Evangelios, no siguen su doctrina, y no gozan de la paz y plenitud de su misericordia y amor.

Es importante recordar la segunda lectura que escuchábamos de la carta a los Efesios, donde el Apóstol Pablo dice: Ustedes recibirán un espíritu de Sabiduría y de conocimiento de la persona de Cristo, ésta será una fuerza extraordinaria, la misma fuerza con la que Dios, nuestro Padre resucitó a Jesús de la muerte.

Cuando escuchamos hablar de la fuerza poderosa de Dios, nos viene a la mente ese tipo de fuerzas poderosas que conocemos, y que se imponen por la misma fuerza. Hay fuerzas para someter, hay fuerzas para controlar, hay fuerzas para exigir, hay fuerzas que esclavizan, estas fuerzas las describe San Pablo: todo principado, toda potestad, todo origen de otra fuerza, todas ellas están superadas por la fuerza extraordinaria del Espíritu Santo, ésta es una fuerza distinta porque es la fuerza de la sabiduría, y consiste en ir conociendo la persona de Cristo, sabiduría que nos lleva a la fuerza misma de Dios que es la fuerza del amor.

La fuerza del amor supera toda otra fuerza, porque es la naturaleza de Dios, esa es la fuerza que el Señor les está ofreciendo a cada uno de ustedes. ¿Por qué vamos a tocar puertas?, por la fuerza del amor, porque estamos interesados en que el ser humano no se siga degradando, deshumanizando. No queremos que siga el camino de la agresión y la violencia, porque el ser humano al alejarse de Cristo y al dejar de conocerlo es sometido por las otras fuerzas que son las fuerzas de ese poder avasallador que destruye al hombre en lugar de servirle, lo somete en lugar de ayudarle, lo hace esclavo robándole la libertad.

La fuerza del amor nos impulsa a tocar puertas y sabemos que tocamos puertas porque hacemos presente a Cristo, para ser sus testigos, para predicar el amor, ayudando a que vuelvan a Dios, que les perdona, que los renueva y que también a ellos el Señor quiere darles su fuerza extraordinaria de la sabiduría, del conocimiento de Cristo, la fuerza del amor.

Ustedes son testigos de esto, siendo testigos yo les voy a enviar al que mi Padre les prometió, recibirán la fuerza de lo alto; es decir, no son Ustedes ni sus palabras las que van a convencer a quienes visitaremos, Ustedes son simplemente una herramienta de la que Dios se vale para que su Espíritu toque el corazón. Simplemente vamos llenos de gozo, llenos de alegría y con una grande esperanza, sea cual sea el resultado que Dios quiera dar este año.

Los frutos los recibiremos ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿de qué manera? No lo sabemos, Jesús les advertía a sus discípulos: a Ustedes no les toca conocer el tiempo y la hora, hay que vivirlos simplemente. Los detalles de cada persona son un misterio, en ocasiones nuestra curiosidad humana allí nos detiene y nos quedamos parados mirando al cielo, queriendo responder a la curiosidad humana. Mejor dejemos que el Espíritu actué.

Anunciemos a Cristo vivo, resucitado, e invitemos para que vengan a vivir el retiro Kerigmático: Del Agua al Espíritu; y se integren en la vida de comunidad, en la vida de Iglesia. Y quienes ya lo han vivido, prepárense para el siguiente retiro: Galilea, al encuentro del Resucitado. ¡Que así sea!

+ Carlos Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla