HOMILÍA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

December 31, 1969


HOMILÍA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

 

Homilía de

S.E.R. Mons. Christophe Pierre

Nuncio Apostólico en México

Solemnidad de Pentecostés

 (Tlalnepantla, Edo. de Méx., 15 de mayo de 2016)

 

 

Muy queridas hermanas y hermanos,

 

Me alegra celebrar la festividad de Pentecostés con todos ustedes y con su querido Pastor, quien tan amablemente me ha invitado y a quien por ello le estoy agradecido.

 

Hoy celebramos una fiesta que para nosotros es no solo oportunidad privilegiada para hacer memorial de un evento que tuvo inicio hace mucho tiempo, sino también porque, lo que entonces sucedió en el Cenáculo de Jerusalén, misteriosa, pero realmente se lleva también a cabo aquí, en medio de nosotros.

 

Pentecostés era una festividad importante en el calendario judío, pues con ella revivían el recuerdo de la entrega de las tablas de la ley de parte de Dios a Moisés, en el Monte Sinaí, es decir, la primera alianza de Dios con su pueblo.

 

Y era precisamente esa la celebración que había congregado a los apóstoles y a la Virgen María en el Cenáculo. El ambiente debía ser, por tanto, de alegría y de gozo, aunque muy posiblemente, más que recordar el motivo de la festividad, los apóstoles y María pensaban en los años transcurridos con Jesús, y en particular en los extraordinarios hechos que se habían verificado a lo largo de los últimos dos meses y también en el significado de la promesa que Jesús les había hecho sobre el envío del Espíritu Santo, del “otro Paráclito”.

 

Paráclito, es alguien a quien se le llama para que venga y se quede a nuestro lado; para que interceda por nosotros, nos ayude, nos proteja y nos defienda. Es el “abogado” que toma nuestra defensa. Esta función la cumplía Jesús -primer paráclito- mientras estaba con sus discípulos, pero al ascender al Padre, conforme a su promesa sería el Espíritu Santo quien cumpliría con estas funciones al interior de la comunidad de los discípulos y al interior del alma de cada discípulo y apóstol.

 

Los apóstoles, habían sido elegidos uno a uno por Jesús de manera especial. Habían vivido con Él. Habían aprendido a orar al Padre. Habían sido testigos de los milagros, de las curaciones y de la resurrección de Lázaro. Habían compartido muchas veces la mesa con Él, y durante la Última Cena recibieron el mandamiento nuevo del amor, el ministerio sacerdotal y la Eucaristía.

 

Jesús les había anunciado su muerte en la Cruz y también su Resurrección. Y transcurridos estos hechos, durante cuarenta días se hizo frecuentemente presente en medio de ellos, comieron juntos, vieron los nuevos signos que realizaba Jesús, fueron confirmados en la fe, recibieron el anuncio de su próxima ascensión al Padre y la reiterada confirmación de que les enviaría al Espíritu Santo.

 

Los apóstoles habían seguido a Jesús, y no obstante sus limitaciones habían acogido sus enseñanzas. Cierto, no siempre lograron comprender su sentido. Pero precisamente por ello era también necesario que el Espíritu divino, habitando en ellos, les hiciera comprender. Sabían que sólo en Jesús habían encontrado palabras de vida eterna y estaban dispuestos a seguirle y a dar la vida por Él, pero eran débiles.

 

Jesús, conociéndolos bien, los había preparado (cf. Hch 1, 3) y hasta les ordenó que luego de su Ascensión al cielo “no se ausentaran de Jerusalén, sino que aguardaran la Promesa del Padre” (cf. Hch 1, 4-5). Y ellos, obedientes y llenos de esperanza, junto con María, la Madre del Señor, estuvieron haciendo oración en  el Cenáculo en espera del don prometido (cf. Hch 1, 14).

 

Y ese día llegó. El día de Pentecostés; el día en que el Espíritu Paráclito descendió sobre todos y cada uno. En el pentecostés judío del Sinaí, Dios había hablado y había hecho su primera alianza con truenos y relámpagos; en el Pentecostés del Cenáculo, en cambio, desciende el Espíritu con la imagen de la luz que ilumina y del fuego que da calor. Ese día, a partir de ese día, Dios comenzó a escribir, no en tablas de piedra, sino los corazones de carne.

 

Los temores, las dudas, las inquietudes quedaron atrás. Ahora, el Espíritu Santo los ha renovado y revestido de una fuerza que los hará audaces y valientes para hablar con franqueza (cf. Hch 2, 29; 4, 13; 4, 29.31); para convertirlos, -como efectivamente sucedió-, de hombres timoratos en anunciadores bravíos del Evangelio, de tal manera que sus enemigos no lograban entender cómo hombres “sin instrucción ni cultura” (cf. Hch 4, 13) fueran capaces de demostrar tanto valor y de soportar contrariedades, sufrimientos y persecuciones, y esto con alegría. Nada podía detenerlos. A los que intentaron silenciarlos les decían: “Nosotros no podemos dejar de contar lo que hemos visto y oído” (Hch 4, 20). Así nació la Iglesia que, a partir de aquel día, jamás ha dejado de anunciar el evangelio en toda la tierra, guiada y sostenida por el Espíritu Santo que, -como atestigua también la historia de la Iglesia-, ha estado y estará siempre con y en nosotros, para protegernos y acompañarnos, para recordarnos y afianzarnos en la Verdad (Cfr. Jn. 14, 26; 16, 12-15), para ayudarnos a vivir y a dar testimonio de Cristo Jesús Resucitado.

 

El Espíritu Santo, -dice el Catecismo de la Iglesia Católica- es el primero que con su gracia nos despierta en la fe y nos inicia en la vida nueva. Es Él quien nos conduce al conocimiento profundo de Cristo, de su obra redentora, de su amor a los hombres. Es Él quien despierta en nosotros la nostalgia de Dios y quien provoca aquel movimiento necesario para creer y para abandonarnos incondicionalmente a su Voluntad. Es Él quien nos ayuda a escuchar a Cristo Señor, a comprenderlo, a seguirlo y a sentirlo como compañero único de nuestras vidas. Por y desde el bautismo, el Espíritu Santo nos ha convertido en templos suyos y nos conduce a la Verdad, de tal modo, que quien se abre a su presencia, llega a un profundo conocimiento de Cristo y de su obra redentora y del Padre y de su amor infinito, y adquiere una progresiva y verdadera concepción de la vida, de los hombres y del mundo.

 

            Hoy, queridos hermanos, vivimos tiempos difíciles y desafiantes. No es fácil vivir con coherencia y verdad nuestra fe. Se trata, por tanto, de un tiempo en el que los mismos desafíos deben movernos a llamar confiadamente al Espíritu Paráclito. Él no nos ha abandonado; Él es el alma de la Iglesia de la cual nosotros somos miembros. Pero es preciso que lo invoquemos, que abramos nuestras vidas, nuestras mentes y corazones a su presencia y a su acción. Es preciso que sostenidos por su fuerza, mostremos, con nuestra palabras, con nuestras actitudes y con el testimonio de nuestra vida, “que Dios existe y que es Él quien nos ha dado la vida (…). Que sólo Él, por tanto, es capaz de responder a la espera de nuestro corazón y de hacerlo feliz. No hay mayor tesoro que podamos ofrecer a nuestros contemporáneos” (Benedicto XVI, Homilía, Santiago de Compostela).

 

Queridas hermanas y hermanos: a partir del día de Pentecostés los discípulos, llenos del Espíritu Santo proclamaron valientemente a todas las gentes, en sus propias lenguas, las poderosas obras de Dios. Ahora toca a nosotros. Ahora es a nosotros a quienes el Espíritu quiere impulsar y ayudar a vivir y a obrar como discípulos misioneros de Jesús.

 

Por tanto, tomando conciencia del deseo de Dios, mediante la intercesión de la Virgen Santa María, Madre de la Iglesia, invoquemos al Espíritu Paráclito que venga a nosotros, que venga a renovar nuestra existencia, nuestra sociedad, nuestro mundo. Llamémoslo, y acogiéndolo junto con sus siete dones, permitamos que su acción nos moldee. Hagamos que la sabiduría, la inteligencia, la fortaleza, la ciencia y la piedad, dones suyos, sean los signos de nuestra grandeza.

 

Meditando asiduamente la palabra de Dios, dejemos que el Espíritu Santo nos ayude a descubrir el pensar de Dios, siempre misericordioso, y a hacerlo vida. Dejemos que Él nos conduzca a la contemplación, a la acogida y a la entrega de su misericordia, y que nos enseñe a leer la historia con los ojos de Cristo, a gustar la alegría que nace de la verdad y a anunciar, con decisión, fidelidad y valentía, el Evangelio del Señor a todas las gentes.

 

Que así sea.