HOMILíA XI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

December 31, 1969


HOMILíA XI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 

Simón, tengo algo que decirte.

Esta invitación que hace Jesús a Simón para que lo escuche, también la hace hoy a nosotros, es Jesús quien nos dice: tengo algo que decirte, ¿Qué nos quiere decir Jesús?

En la primera lectura vemos cómo el Rey David cae en un grave pecado de homicidio y de adulterio agravado por la destrucción de un matrimonio. David no había tomado conciencia de ello, y Dios le manda al profeta Natán, quien le hace ver la gravedad de su pecado, a lo que David con gran sinceridad reconoce su culpa, y el mismo profeta le anuncia que será perdonado; sin embargo, ese perdón no necesariamente lo librará de situaciones dramáticas y trágicas en un futuro, como sucederá, pero ante estas situaciones, David será un hombre sencillo, humilde que reconocerá que son consecuencias de sus malas acciones.

Esto indica que el perdón de parte de Dios siempre lo podemos obtener, la misericordia de Dios es infinita, y su amor por cada uno de nosotros es eminente. Amor que supera el amor de una madre, incluso es un amor que supera cualquier amor humano. Dios nos ama entrañablemente, por eso siempre está dispuesto a perdonarnos.

El perdón lo concebimos muchas veces a la manera como dice un refrán mexicano: “borrón y cuenta nueva”. En el caso del perdón de Dios no es así, para Él es: “Borrón y vida nueva”. Es decir, el amor de Dios es tan grande que no solamente perdona, sino que también nos ayuda a superar esa conciencia de remordimiento que nos hace pensar que estamos condenados a ser personas etiquetadas como malas por haber realizado un daño grave. Dios no solamente perdona, sino que nos transforma y nos da la gracia para renovarnos, para ser de nuevo la creatura que Él proyectó para cada uno de nosotros.

Esto es lo que Jesús nos quiere recordar hoy: . Él dice repetidamente, ¡si vuelves a caer estaré contigo y si vuelves a caer, de nuevo estaré contigo, porque me interesas, porque te amo!

Experiencia que transmite el Apóstol Pablo en la segunda lectura al decirnos que la ley no le ha dado la satisfacción, la paz, la tranquilidad de conciencia. La ley marca el precepto, marca la norma, marca lo que debemos hacer, porque es una referencia, un parámetro. Sin embargo, el cumplimiento de la ley por cumplirla no me da lo que sí me da Jesús, una relación de amor.

La ley hay que aceptarla, porque está en beneficio de la comunidad; pero la ley en sí misma es simplemente una ley, no me ama, no me entiende, por ello muchas veces no podremos vivirla porque nuestra situación no corresponde a esa normatividad. Cristo en cambio, sí te ama, te mira, te contempla y está a tu lado; de aquí que San Pablo confiese que de joven estuvo pendiente de observar estrictamente la ley, pero nunca fue feliz por eso, hasta que encontró a Cristo, a tal punto que pudo experimentar: ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí.

En el Evangelio de hoy, Jesús nos dice algo más al visitar la casa de un fariseo. Al encontrarse en esta escena dice: Simón, ¿ves a esta mujer?, entré en tu casa y tú no me ofreciste agua para los pies, ––en aquella época era costumbre ofrecer agua porque no se usaba calzado sólo huaraches y se empolvaban los pies, al llegar a una casa al invitado lo primero que se le ofrecía, como signo de hospitalidad, era agua para que se pudiera lavar los pies––, tú no me ofreciste agua para los pies, mientras que ella me los ha bañado con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos, tú no me diste el beso de saludo, porque me invitaste para investigar, me invitaste para verme y hacer un juicio de mi persona; en cambio, ella desde que entró no ha dejado de besar mis pies, tú no me ungiste con aceite mi cabeza, ––en el camino se acostumbraba que lo primero que se ofrecía a una persona que venía sudorosa, era aceite y aroma––, ella en cambio me ha ungido mis pies con perfume, por eso yo te digo que sus pecados que son muchos, le han quedado perdonados, porque ha amado mucho, en cambio a quien poco se le perdona poco ama.

Es importante reconocer nuestros pecados, no para aumentar en el interior el remordimiento y la culpa, sino para que aumente la conciencia de lo que recibimos con el perdón, para que el perdón sea la puerta de entrada al amor. Quien ha sido perdonado y reconoce ese perdón de corazón y va siendo renovado por la gracia de Dios, está preparado para entender y vivir el amor.

Hermanos, esto es lo que Jesús quiere decirnos hoy, y lo ha preparado para que entre en nuestro corazón: tengo algo que decirles, es decir, también a Ustedes los estoy esperando, también a Ustedes les ofrezco el perdón que necesitan y la vida nueva para que entren en la experiencia hermosa de la vida divina, vida que ha venido a ofrecernos, y por lo cual se encarnó y se hizo hombre.

La misión de la Iglesia es dar a conocer esta ofrenda que hace Jesús a la humanidad. Si hoy estamos como estamos, es por el desconocimiento de Cristo. Si damos a conocer a Cristo, necesariamente nuestra sociedad cambiará, no por las leyes, no por los decretos, sino por la experiencia del amor.

Por eso, el Papa Francisco pide que nos transformemos en Iglesia  misionera, que demos a conocer a Jesús y lo que Él nos ofrece.

Pidámosle al Señor en esta Eucaristía, que nos siga ayudando a dar pasos en este camino para que Él viva en medio de nosotros. Que así sea.

 + Carlos Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla