"El Señor es mi pastor, nada me faltará. ¡Aleluya!"
Queridos hermanos en Cristo Jesús:
Quiero saludarlos a todos ustedes que hoy se encuentran en nuestra Catedral: laicos, seminaristas, religiosas y sacerdotes. Saludo también a todos aquellos que siguen esta transmisión desde distintos lugares. Que realmente experimentemos que el Señor es el Buen Pastor, y el Buen Pastor da la vida por sus amigos.
Ciertamente, este Evangelio es muy conocido porque nos habla de ese Pastor que entrega la vida por los suyos. En el texto escuchamos que los apóstoles no entendieron inicialmente la parábola; la comprendieron plenamente después de la Resurrección, al contemplar la imagen dramática de Jesús crucificado, quien dio la vida por todos nosotros. Fue entonces cuando entendieron, y por eso en las lecturas de este domingo vemos cómo los apóstoles, fortalecidos por el Espíritu Santo, recorrían pueblos y ciudades anunciando que Jesucristo es el Señor.
Hay un dato muy interesante en la Escritura: ese día el número de cristianos aumentó en tres mil personas que se agregaron a los seguidores de Jesús. Podemos ver con cuánta valentía y pasión anunciaban a Jesucristo vivo y resucitado.
En el Evangelio se nos presentan tres imágenes que se graban rápidamente en el corazón: la del Buen Pastor, la de las ovejas y la de la puerta. Él dice: "Yo soy la puerta; yo soy la salvación; soy el camino, la verdad y la vida". El Buen Pastor es quien conoce a sus ovejas por su nombre, las cuida, las protege y las cura. En cambio, refiriéndose a los dirigentes religiosos de su tiempo —los fariseos—, Jesús señala que ellos "saltan la barda" y no entran por la puerta; son quienes maltratan y no cuidan al rebaño.
Nosotros somos sus ovejas, somos su rebaño, y estamos invitados a ser dóciles a la voz del Buen Pastor. Muchas veces escuchamos voces en la sociedad y en los distintos ambientes donde nos movemos; voces que suelen ser huecas y vacías. La pregunta sería: ¿Escuchamos realmente la Palabra del Buen Pastor, esa palabra que comunica vida? Por ello, la invitación permanente es a tener familiaridad con la Biblia, con la Sagrada Escritura, porque esas palabras nos dan vida y nos capacitan para dar vida a los demás.
Qué hermoso es contemplar hoy la figura del Buen Pastor, una imagen muy querida en nuestra fe. Existen tantas representaciones, estampas y esculturas. Incluso algunos de los báculos que utilizo tienen su figura: el pastor que carga a la oveja. Cuántas veces hemos estado heridos o tristes, y el Buen Pastor es quien viene a nuestro encuentro, sana nuestras heridas y nos carga sobre sus hombros para llevarnos de regreso a casa, a su redil.
Este cuarto domingo de Pascua es también un día importante para pedir por las vocaciones: sacerdotales, religiosas y laicales. Quiero compartirles que, en la reciente reunión de los obispos de la República Mexicana, tratamos el tema de la "cultura vocacional". Frecuentemente, al hablar de vocación, pensamos solo en el sacerdocio o la vida religiosa, pero la vocación es un llamado para todas las personas. De hecho, la palabra vocación viene del latín vocare, que significa "llamado". Y es el Padre quien nos llama a todos.
Desde el Bautismo, Dios nos llama como hijos suyos a colaborar en la edificación de su Reino y de un mundo mejor. La vocación es para todos: para ser hijos de Dios, cumplir su Palabra y edificar una sociedad más fraterna, una comunidad más amable y una familia sólida. Por eso hablamos de una cultura vocacional, porque la cultura se construye a base de responder a ese llamado en la práctica diaria. ¿Y dónde aprendemos esto? Principalmente en la familia, desde que nacemos.
Cuando comprendemos que existe un llamado como hijos de Dios para vivir nuestra fe, entendemos que los esposos y las familias están convocados a edificar un mundo donde Dios esté presente; una familia donde el Señor viva, camine y permanezca con nosotros.
Por ello, hoy pedimos de manera especial por nuestro Seminario y por las vocaciones. Pedimos por esa semilla que ustedes, seminaristas, llevan dentro y que crece a través de la formación, la espiritualidad, el estudio, las relaciones humanas y el contacto con las personas en el apostolado, donde van descubriendo la voluntad de Dios. Se necesitan personas dispuestas a dar su vida totalmente para llevar el Evangelio de Jesucristo. Pero también recordamos la vocación a la vida consagrada y el llamado a la vida laical: por el bautismo, todos los laicos están invitados a caminar con Jesús y construir su Reino.
Que hoy nos comprometamos a fomentar esta cultura vocacional donde todos nos sintamos llamados —no solo unos cuantos— a caminar con Jesús para ir construyendo su Reino. Que así sea.