"El Señor nunca nos deja solos"
Muy queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:
En este sexto domingo de Pascua, les saludo a todos con mucho aprecio; tanto a ustedes que han venido a nuestra Catedral como a las personas que siguen esta transmisión desde distintos lugares.
Vivimos un tiempo de alegría y de gozo por la resurrección del Señor. Nos vamos acercando a las grandes solemnidades: el próximo domingo celebraremos la Ascensión del Señor, cuando Cristo sube a los cielos, y el domingo posterior, Pentecostés, con la venida del Espíritu Santo.
Por ello, en el Evangelio de hoy encontramos a Jesús reunido con sus amigos y apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén —donde seguramente se encontraba también María, su madre—. Él se despide de ellos, preparándolos para su partida, pues debe subir a estar a la derecha del Padre. Es un mensaje de despedida, pero también de esperanza, pues les asegura: "No los voy a dejar solos, les enviaré al Paráclito".
El Paráclito es el Espíritu Santo. Nosotros creemos en un solo Dios y tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el abogado, el que anima, el que defiende y el que permanece con nosotros. Este mismo Espíritu ha acompañado a nuestra Iglesia durante siglos de vida.
Jesús también nos dice estas palabras fundamentales: "Si me aman, cumplirán mis mandamientos". Si cumplimos lo que Él nos ha enseñado, el Padre nos amará. Sabemos que la síntesis de nuestro cristianismo es el amor: amar a Dios y amar al prójimo. Estas son las indicaciones que Jesús deja a sus discípulos antes de partir a la casa del Padre. Por ello, como católicos, debemos tener la seguridad de que el Señor nunca nos deja solos; Él siempre nos acompaña y nos asiste con su Espíritu.
Precisamente hoy, en este día tan especial, 10 de mayo, pedimos la presencia del Espíritu Santo para todas las madres. En esta jornada, el Papa también envía un saludo a todas las mamás del mundo, pidiendo que, por intercesión de la Virgen María, reciban su bendición.
Es fundamental que ustedes, las mamás, sientan la fortaleza de la oración. Conocemos su misión tan especial: ser siempre vínculo de unidad, de amor y de paz. La madre siempre será un ejemplo de entrega, pues da la vida por sus hijos.
Hoy pedimos también por las madres que se nos han adelantado en el camino, para que gocen ya de la presencia de Dios. Tengo la convicción de que nuestras madres, desde el cielo, interceden por nosotros y por nuestras familias, lo cual es fuente de gran fortaleza.
No olvidamos que hay muchas madres en el mundo que viven bajo grandes sufrimientos. En las intenciones de esta misa, mencionaba la necesidad de pedir por las "madres buscadoras". Vivimos en un país que sufre violencia e inseguridad desde hace años; me impactó conocer que hay cerca de 134,000 madres en esta situación. Algunas de ellas han platicado conmigo y creo que lo mínimo que podemos ofrecerles es nuestra oración, nuestra empatía y solidaridad. Muchas han perdido incluso la vida buscando con dolor a sus hijos desaparecidos. Pedimos por ellas y por sus hijos, cuyos rostros vemos en tantas fotografías.
Así como la Virgen María entiende a las madres, ellas encuentran consuelo en Ella. No hay dolor más grande para una madre que ver a su hijo crucificado, y María tuvo esa experiencia; por eso las comprende de manera especial.
El Episcopado Mexicano trabaja intensamente por la familia, reconociendo que es la célula más importante de la sociedad. En ella, el padre y, sobre todo, la madre, son signos de unidad. Observamos con preocupación cómo el tejido social se rompe a medida que las familias se desintegran. Por eso, rogamos que el Espíritu Santo asista a las madres para que sigan trabajando por sus hijos y nietos, fomentando un ambiente cristiano.
¿En cuántas familias se reza realmente? ¿En cuántas se tiene presente a Dios? Cuando realizo confirmaciones, recuerdo a los padres que ellos son los primeros responsables de la educación de sus hijos, lo que incluye educarlos en el amor a Dios y al prójimo. Estoy seguro de que en casi todos los hogares hay una Biblia, pero a veces la tenemos solo de adorno. Necesitamos abrirla, leerla y tener familiaridad con la Palabra de Dios para escuchar lo que Él nos dice.
He visto familias hermosas donde abuelos, padres, hijos y nietos se reúnen a reflexionar la Palabra. Si Dios está presente en el hogar, habrá más armonía y paz. Por ello, hoy es un día para felicitar a las madres, pero también para pedir al Espíritu Santo que les conceda los dones que necesitan: consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios, para que guíen a sus hijos por el camino del Señor.
Las palabras se las lleva el viento, pero las obras quedan. Ver a una madre trabajar por su familia es un testimonio para todos nosotros. Que ninguna madre se sienta sola; sepan que la Iglesia las acompaña y pide por ustedes. Mantengamos la esperanza en un mundo mejor, trabajando desde la familia para tener siempre presente a Dios Nuestro Señor.
Que así sea.
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnelantla