«Entre voces de júbilo, el Señor sube a su trono».
Muy queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:
Saludo hoy, de manera especial, a los protagonistas de esta celebración: nuestros confirmandos y confirmandas que van a recibir el sacramento, así como a sus padrinos, familiares y amigos. Saludo también a todas las personas que participan en nuestra Eucaristía aquí en nuestra Catedral de Corpus Christi, sede de nuestra Arquidiócesis de Tlalnepantla, y a quienes, a través de los medios digitales, siguen esta celebración. A todos les deseamos que el Señor, que hoy sube a los cielos, los bendiga abundantemente.
Hoy es una solemnidad muy grande en toda la Iglesia universal, la Ascensión del Señor. También en nuestra Catedral estamos de fiesta, porque hoy celebramos precisamente la festividad del Señor de las Misericordias, una imagen muy venerada y querida en nuestro pueblo. Le pedimos al Señor de las Misericordias que nos bendiga a todos.
Quiero tocar solamente tres puntos en esta homilía, que no es otra cosa que una conversación familiar a partir de la Palabra de Dios, para que nos sintamos interpelados y tocados por ella, con el fin de vivir como Dios quiere.
El primero, sin duda, es la fiesta que estamos celebrando: la Ascensión del Señor, que escuchamos en la primera lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles. Se nos dice que Jesús, después de su resurrección —durante este tiempo de Pascua que hemos vivido—, se apareció durante cuarenta días a sus apóstoles. Los fue preparando y les daba un saludo muy bonito, que también les ofreceremos a quienes hoy se confirman. Cuando se les aparecía, les decía: «La paz esté con ustedes». ¡Qué bonito es que tengamos paz! Cuando tenemos paz, podemos trabajar por muchas cosas, por el proyecto de Dios. Pero llega el momento en que Jesús dice: «Ya he cumplido mi misión y tengo que irme, como decimos en el Credo, para estar a la derecha del Padre».
Seguramente los apóstoles se pusieron tristes, pero Jesús les dice: «No los voy a dejar solos; les voy a enviar al Espíritu Santo. Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos». ¡Qué palabras tan hermosas que deben llegar a nuestro corazón! Saber que Él está con nosotros todos los días. Y lo que Dios promete, siempre lo cumple. Jesús subió a los cielos. Sabemos que el lenguaje es siempre imperfecto; no podemos pensar que Jesús subió como un astronauta. Es una manera de decir que se fue con el Padre. Lo más importante es que Jesús cumplió su misión y está a su derecha. Esta fiesta es muy importante porque sabemos que Cristo subió a los cielos para estar con Dios y que nos espera en su casa. ¡Eso es lo más sensacional, saber que Él nos espera para prepararnos un lugar! Esa es la primera idea que debe quedarnos muy clara hoy.
La segunda idea, a partir del Evangelio, es que Jesús nos da el mandato misionero. Que no nos entre por un oído y nos salga por otro. ¿Cuál es el mandato misionero? «Vayan por todo el mundo, anuncien mi palabra, bauticen en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñen a los demás lo que yo les he dicho». Este mandato es para todos, para todos los bautizados, para todos los discípulos de Jesús. Si pertenecemos a esta Iglesia de Jesucristo, debemos sentirnos orgullosos y felices porque Jesús nos deja su doctrina, nos deja su Palabra. El reto para los cristianos es conocer a Jesús, tener una experiencia de Él que no solo sea en la cabeza, sino sobre todo en el corazón. Que tengamos un encuentro con Cristo y que, del corazón, pase a las manos: mente, corazón y manos. La Palabra que llega a nuestra mente, que se anida en nuestro corazón y que se traduce en obras. Ojalá que nosotros también evangelicemos en el mercado, en la fábrica, en la escuela, en donde nos encontremos; si es posible con nuestra palabra, pero sobre todo con nuestras actitudes. ¡Anunciemos que Jesús vive en medio de nosotros!
La tercera idea es que hoy los que se confirman reciben al Espíritu Santo. Se trata de catecúmenos, personas adultas que se han preparado, que ya recibieron su bautismo y su primera comunión, y hoy reciben su confirmación. Los que se confirman tienen una tarea muy clara: anunciar a Cristo, anunciar el Evangelio. Por eso, quiero invitarlos a que hoy, los que se confirman, no le digan adiós a la parroquia. «Bueno, pues ya cumplí, ya me van a dar mi papelito, mi acta de confirmación y ya...». ¡No! Hoy empieza un compromiso con Jesús de anunciarlo.
Quiero invitarlos también a que sigan alimentando su fe. ¡Qué importante es la familia! Debe ser el primer lugar para educarse en la fe. Lo que aprendemos en nuestros primeros años de vida va moldeando nuestra personalidad. Uno aprende lo que vive, y si en la familia hay un ambiente cristiano, uno aprende a vivir con Dios. Por eso, los invito a que en su familia tengan un ambiente cristiano, que Dios esté presente. No solo que tengan una cruz, un crucifijo o la imagen de la Virgen de Guadalupe o de la Virgen de los Remedios, sino que realmente se tenga presente a Dios. Que ustedes, que sé que tienen su Biblia, puedan abrirla y meditarla de manera personal. Pero también es muy bonito que, así como la familia se reúne para ver la televisión, una película o un partido de fútbol, se reúna en torno a la Palabra de Dios para meditarla y buscar vivirla. Les aseguro que la vida de la familia cambia y mejora, porque habrá más fraternidad, más comunión, más perdón y más respeto, porque ahí está presente Dios.
El Rosario no ha pasado de moda. ¡Qué importante es rezar el Rosario en familia! La Virgen siempre está presente en nuestra vida y ella nos lleva siempre a Jesús. Y, finalmente, que los domingos, por lo menos, participen en la Eucaristía. ¡Cómo me gustaría ver todos los domingos así llena la Catedral, que viniera más gente! Estar una hora en la Eucaristía, escuchando la Palabra de Dios y recibiéndolo en la Comunión, también transforma nuestra vida.
Así es que, los que se confirman, ¡ánimo a seguir alimentando su fe para dar testimonio de Jesucristo resucitado!
Vamos a decir todos fuerte, que se oiga fuerte en nuestra Catedral:
«Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo, como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén».
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla