HOMILíA DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO

December 31, 1969


HOMILíA DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO

 

Homilía Domingo XXI del Tiempo Ordinario

21-Agosto-2016

 

Jesús iba enseñando por ciudades y pueblos, mientras se encaminaba a Jerusalén.

 

Así comienza el Evangelio de este domingo, y con esta introducción presenta ya un primer punto de reflexión. Jesús aprovecha su vida y muestra también la manera en la que se debe de vivir la vida cristiana, no como un oficio o una profesión, sino toda la vida tiene que ser ocasión para enseñar y mostrar el rostro misericordioso de Dios Padre.

 

No hay tiempo que perder, no hay ocasión para desaprovechar. Jesús va camino a Jerusalén y el hombre puede pensar que durante el camino se puede descansar, despreocuparse mientras no se llegue al destino, el mismo Jesús muestra que no es así. Jesús mientras iba de camino a Jerusalén aprovechaba este viaje para detenerse en ciudades y pueblos, enseñando y haciendo el bien a quienes iba encontrando o a quienes se lo pedían.

 

Entre esas enseñanzas Jesús manifestaba la necesidad de conocer al Padre y cuál era su voluntad, y cumplirla. Jesús mostraba a un Padre que ama entrañablemente al hombre. Ante el amor de ese Padre el hombre debe responder a ese amor, y ese amor llevarlo a la salvación, a compartir el Reino preparado por Dios Padre.

 

Ante las enseñanzas de Jesús y de ese testimonio, alguien le preguntó: Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan? La pregunta es interesante porque deja ver que muchas veces también el hombre se conduce por la curiosidad, por saber ¿cuántos?, o saber ¿cuál es la porción que entrará en el Reino de Dios?

 

Jesús no contesta directamente a la pregunta, sino que va a lo esencial, dice: “esfuércense en entrar por la puerta, que es angosta”. No se preocupen de cuantos van a pasar, preocúpense de pasar, éste es el fondo de la cuestión.

 

Es necesario clarificar, ¿dónde está esa puerta? ¿Por qué es angosta? y ¿Cómo poder atravesar esa puerta? Porque de ahí dependerá el tipo de esfuerzo para pasar por la puerta.

 

¿Quién es la puerta? El Evangelio de San Juan muestra que el miemo Jesús dijo: Yo soy la puerta. Entonces el mismo Jesucristo es la puerta angosta, por allí se debe de pasar, por el conocimiento y la intimidad con Jesucristo.

 

¿Por qué es angosta? Porque no es fácil alcanzar la experiencia del amor, implica muchas renuncias, implica asumir la propia cruz. Por eso es angosta, porque exige del hombre el esfuerzo de imitar a Jesucristo.

 

¿Dónde se tiene que poner el esfuerzo? En ser discípulos de Cristo, hay que aprender de Él que es la puerta. En el Evangelio de San Juan dice Jesús: Yo soy el camino, la verdad y la vida.

 

Ser discípulo de Jesucristo no es cosa fácil, es mucho más fácil pasar por la puerta ancha, la que no plantea esfuerzo, la que no exige renuncias. La puerta ancha es dejar a la libertad escoger caminos que atraen y seducen, es fácil darle rienda suelta a la voluntad y convertir la libertad en una libertad irresponsable que se convierte en libertinaje: hacer sólo lo que me parezca a mí y sólo lo que me agrade o convenga a mi interés egoísta.

 

El esfuerzo de seguir a Jesús consiste en aprender a hacer el bien, distinguir entre el bien y el mal, aprender y descubrir qué es lo que ayuda a los demás y qué está en las manos del hombre hacerlo. Por tal razón, el texto del Evangelio del día de hoy termina anunciando que al final de la vida del hombre no bastará decir: hemos comido y bebido contigo y poder pasar. Jesús dice serán apartados aquellos que hacen el mal: los que dañan al otro, que lo agreden, que lo violentan, que no tienen respeto de la dignidad humana, que no reconocen en el otro un regalo de Dios, que no lo reconocen como hermano.

 

El hombre se tiene que esforzar en el camino del amor, hacer el bien. Este discipulado de Cristo no es de discípulos aislados o cada quien por su cuenta, hay que realizar este esfuerzo de manera comunitaria; por tal razón, la Iglesia se define como familia de los hijos de Dios y comunidad de discípulos de Cristo.

 

La ayuda mutua es importante vivirla, y esforzarse por ser discípulos de Cristo para poner su carisma al servicio de la comunidad. De ahí que algunos sean catequistas, otros atienden necesidades sociales de la comunidad, otros se dedican a servir en la liturgia, otros a acompañar a las familias; y así cada uno aporta para que la comunidad de discípulos de Cristo aprenda a distinguir entre el bien y el mal, y así no se pierda ninguno.

 

La segunda lectura manifiesta que en este ejercicio comunitario de la comunidad de discípulos es indispensable la corrección fraterna, la corrección filial, pues muchas veces se caerá en el error, en ocasiones por ignorancia al confundir algo que era aparentemente bueno y en realidad hizo mucho daño. En otras ocasiones porque atrajo tanto el mal que se cayó en él. Es indispensable la corrección ayudarse a descubrir cuál es auténticamente la manera de hacer el bien a las personas que nos rodean.

 

Esta tarea aun siendo difícil, como lo afirma Jesús al decir: ¡Esfuércense! Sin embargo, una vez orientados en este camino se logran muchas satisfacciones, porque coloca al hombre en el aprendizaje del amor, del auténtico amor.

 

Finalmente dice el profeta Isaías, esta llamada para atravesar la puerta es un llamado a todos, a nadie se excluye, todos están invitados, todos son hijos de Dios, y el mismo Dios quiere que todo hombre pase por esa puerta angosta que es Jesucristo. De ahí la indispensable misión de anunciar y dar a conocer a Jesucristo, quien ha pedido al Padre la ayuda del Espíritu Santo en favor de sus discípulos, y Dios Padre lo ha derramado en nuestros corazones para conducirnos.

 

Alentados por esta Palabra de Dios, recordemos que el camino es ser discípulos de Cristo en comunidad para ayudarnos unos a otros y distinguir el bien del mal, y este llamado es para todos. Mientras alguien esté con vida es necesario, una y otra vez, anunciarle que Dios llama a todos a participar de su Reino. Que así sea.

 

 

+Carlos Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla