Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:
Apreciados diáconos Trinidad, Óscar y Víctor, quienes recibirán por gracia de Dios la ordenación sacerdotal en esta Catedral de Corpus Christi, sede de la Arquidiócesis de Tlalnepantla: los saludo con cariño de padre y pastor.
Saludo con afecto a todas las personas que están participando presencialmente en este acontecimiento eclesial: a los sacerdotes, diáconos permanentes, religiosos, religiosas, seminaristas, familiares de los ordenandos, bienhechores y amistades.
De la misma manera, saludo a las personas que nos acompañan a través de las plataformas digitales en sus hogares y distintos lugares en el territorio que conforma esta Iglesia particular; también en algunos lugares de la República Mexicana y en el extranjero. Unámonos en oración para pedirle a Dios Nuestro Señor que haga fecundo el sacerdocio de estos hermanos nuestros.
Hoy, sin duda, es un día de fiesta y regocijo para nuestra amada Arquidiócesis, porque estos amigos, Óscar, Víctor y Trinidad, recibirán dentro de unos minutos la ordenación sacerdotal. Ha sido después de un proceso de años de formación y discernimiento que han llegado a la meta de su formación inicial, recibiendo el sacramento del orden sacerdotal; ahora vendrá la formación permanente en nuestro presbiterio. Se les pide que sean honrados colaboradores del orden de los obispos para que, por su predicación y con la gracia del Espíritu Santo, la palabra del Evangelio dé fruto en el corazón de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo.
A ustedes los ha llamado el Señor, queridos diáconos; los ha mirado a los ojos y al corazón, y les ha dicho: «Los haré pescadores de hombres». Sin duda, toda vocación sacerdotal es única e irrepetible, y somos conscientes de que no se da por méritos propios, sino porque el Señor ha querido. Por ello, es menester que en primer lugar agradezcan a Dios Uno y Trino la vocación que les ha dado, la confianza que les ha tenido para concederles este maravilloso don, para que sean sus colaboradores cercanos en la obra de la salvación.
Hoy también es un día propicio para agradecer a las personas que han sido fundamentales en el nacimiento, desarrollo y perseverancia de su vocación. De manera particular a sus papás: ellos les han dado la vida, les han inculcado valores humanos y cristianos desde pequeños; hoy ellos se sienten felices y les dan su bendición para que inicien con generosidad y entrega una nueva etapa en su vida como presbíteros. También den gracias a sus hermanos, hermanas y familiares cercanos, muchos aquí presentes; ellos, con su amor, cercanía y oración, los han apoyado y acompañado.
Den gracias a las personas que los acompañaron en su formación en el Seminario: obispos, formadores, personal académico, administrativo, de la cocina y de la limpieza; sacerdotes cercanos que los impulsaron en este ideal, religiosos, religiosas, amigos seminaristas, bienhechores y personas que encontraron en los distintos lugares de apostolado que tuvieron y que les ayudaron aportando elementos para ir descubriendo y discerniendo su vocación.
Queridos diáconos Óscar, Víctor y Trinidad: siempre quedará grabado en su mente y corazón que recibieron su ordenación sacerdotal en la Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Escuchamos en el Evangelio de hoy: «Llegada la hora de cenar, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo: "Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con ustedes, antes de padecer, porque yo les aseguro que ya no la volveré a celebrar, hasta que tenga cabal cumplimiento en el Reino de Dios"». Jesús anhelaba este momento en el que, a partir de entonces, con su cuerpo, su alma y su divinidad, bajo las especies de pan y de vino, se da a sus discípulos diciendo: «Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía». Después de cenar, hizo lo mismo con una copa de vino, diciendo: «Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes».
Todo esto tuvo lugar en el Cenáculo de Jerusalén en vísperas de la Pascua, cuando Jesús, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo en el cuerpo entregado, en la sangre derramada, ofreciéndose al Padre como víctima, sacerdote y altar. Y es precisamente aquel Jueves Santo el que nos remite y nos vincula a la festividad que hoy celebramos, en la que Jesucristo se reunió con sus discípulos más íntimos para instituir el sacramento de su amor.
La celebración eucarística es más que un banquete: es el memorial de la Pascua de Jesús. Es el misterio central de la salvación. Memorial no significa un recuerdo; significa que cada vez que celebramos este sacramento, participamos en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.
Jesucristo es el Sumo y Eterno Sacerdote que instituye el sacerdocio y la Eucaristía; al despedirse, promete su presencia viva, poniendo en manos de los apóstoles al Espíritu Santo, que hará realidad el misterio de la Eucaristía. Estamos invitados todos nosotros —discípulos misioneros— y, de manera particular, los sacerdotes, a tener la Eucaristía como centro de cada jornada y de todo el ministerio.
Nuestra acción eucarística siempre es por Cristo, «con Él y en Él», como dice el sacerdote al terminar la plegaria eucarística, lo que luego es refrendado por el «Amén» de la asamblea. Que toda nuestra vida sea, y la de ustedes, diáconos, un vivir por, con y en Cristo.
Queridos diáconos, en este día de su ordenación sacerdotal tengamos presente a la Santísima Virgen María; es inconcebible un sacerdote sin María. Ella, ofreciéndose en cierto modo a Jesús y con Jesús en la Misa del Calvario, también está misteriosamente presente en cada Eucaristía que celebra el sacerdote. No tengan duda de que la Virgen María, en su advocación de Guadalupe y en su advocación de los Remedios, patrona de nuestra Arquidiócesis y patrona de los sacerdotes, siempre estará cerca de ustedes para cobijarlos, alentarlos, acompañarlos y animarlos a que sigan las huellas de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.
Además de ser sacerdotes de la Eucaristía, sean hombres de oración. Sigan el ejemplo de su Maestro y amigo Jesús, que por el impulso del Espíritu vivía en permanente oración, hablando a su Padre con filial confianza e intimidad incomparable, y dando ejemplo a sus discípulos, a los cuales expresamente enseñó a orar. La oración ayuda al sacerdote a profundizar y alargar el conocimiento y la experiencia del Señor, e intensificar la vida concreta del misterio. Cuanto más estemos en comunión con Él, seremos más capaces de seguir fielmente sus huellas y de reproducir en nosotros su imagen.
El sacerdote es Alter Christus; pueden manar ríos de agua viva en la medida en que él, permaneciendo existencialmente unido a Cristo, se abra a la acción del Espíritu Santo y salga de sí mismo para ser signo e instrumento de gracias divinas, particularmente en las periferias, donde hay mucho sufrimiento y dolor. Recordemos la frase que decía el Papa Francisco: que seamos «pastores con olor a oveja», que eso se note; que seamos, en consecuencia, pastores a imagen de Cristo. Que seamos pastores que, sabiendo estar con Jesús, salen incansablemente en busca de la oveja perdida, como lo hacía el Señor.
Sean sacerdotes que anuncien el Evangelio con su palabra y testimonio. En el Rito de la Ordenación se le entregará a cada uno el libro de los Evangelios y escucharán las siguientes palabras: «Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; esmérate en creer lo que lees, enseñar lo que crees y vivir lo que enseñas». Solamente seremos testigos creíbles cuando anunciemos a Jesucristo con la palabra y con el testimonio.
El sacerdote es una persona que es discípulo misionero del Señor; es una persona que tiene experiencia del encuentro con el Señor: lo ha conocido, seguido y anunciado. Es alguien que tiene un gozo tan inmenso en su corazón que no puede permanecer callado y habla, narrando la historia de su amigo Jesús de Nazaret que lo ha salvado, dándole sentido a su vivir. Por ello, queridos diáconos Trinidad, Víctor y Óscar, están llamados a narrar con pasión la historia de Jesús, porque tienen la esperanza de que las personas que se encuentren con el Señor tendrán vida nueva.
Finalmente, queridos diáconos, los invito a que se sigan integrando con alegría y apertura a nuestro presbiterio. Busquen siempre ser positivos; tengan como prioridad en su vida sacerdotal su participación activa en las reuniones mensuales de presbiterio, las reuniones de decanato, de zona pastoral y diocesanas. De la misma manera, participen en los ejercicios espirituales anuales y en las semanas de formación.
Le pido a Nuestra Señora de los Remedios que los bendiga y nos bendiga, e interceda ante el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo por nuestro mundo, nuestra Iglesia universal y nuestra amada Arquidiócesis de Tlalnepantla. Amén.
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla