HOMILíA DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO

December 31, 1969


HOMILíA DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO

 

Homilía Domingo XXIV del Tiempo Ordinario

11-Septiembre-2016

 

Hijo tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo.

 

Este domingo la Palabra de Dios presenta el deseo inmenso que tiene Dios Padre, de que sus creaturas, los hombres, descubran la filiación que les ha concedido. Que se descubran hijos y herederos de lo que Él ha hecho y tiene preparado en su Reino. Ésta es la vocación y la razón por la que Dios ha dado la vida al hombre.

 

En la segunda lectura, San Pablo expresa, desde su propia experiencia, cómo obro con ignorancia en su incredulidad, pero Dios tuvo misericordia de él.

 

Cuántas veces se ignora lo que Dios tiene preparado para el hombre, y conforme a ello no se descubre el llamado que hace al hombre, el proyecto que tiene para cada persona. Dios siempre espera, una y otra vez, la oportunidad para hacer al hombre consciente de esta vocación y misión que le ha dado en la vida.

 

El ejemplo de Pablo es contundente: puedes fiarte de lo que voy a decirte y aceptarlo sin reservas, Cristo Jesús vino a este mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Esa es la razón de la venida de Cristo al mundo, no tenía otra misión, sino dar a conocer el destino que el Señor nos tiene preparado.

 

Éste es el mensaje general, que también encontramos en las parábolas del Evangelio: las dos primeras parábolas de la oveja y de la moneda perdida que son recuperadas.

 

Cuando se tiene un objeto que es muy apreciado, o que es de mucho servicio y se extravía, se busca por todas partes, y al volverlo a encontrar se vive una gran satisfacción. Son ejemplos que pone Dios en la boca de Jesús para que se entienda que también Dios siente alegría por cada persona  que reorienta su vida y  descubre su vocación.

 

La tercera parábola, dice todavía más, muestra el itinerario que proyectó Dios para todo ser humano, experiencias que están bien diferenciadas por etapas que cronológicamente conforme se avanza en la vida se tendrían que vivir, pero aun en etapa retardada es posible reencontrar el camino.

 

Estas tres etapas que propone la parábola son: el hombre tiene que descubrirse como hijo, descubrirse como hermanos y  descubrirse como padre para los demás. Padre o madre, porque bien se sabe que la maternidad se equipara al sentido de la paternidad.

 

La niñez y la juventud es propia para que la persona se descubra y se sienta hijo, de ahí que sea tan satisfactorio tener papá y mamá, tener la familia en la que se sienta amado. Ésta es la etapa en la que se recibe, en donde el afecto es fundamental, descubrirse hijo amado, no solamente de papá y mamá, sino también hijos de Dios, Padre de cada una de sus creaturas.

 

De ahí que la niñez y la juventud sean fundamentales para esta primera etapa, tener quien de ese afecto, si faltó el papá o la mamá por alguna situación en la familia, es necesario buscar alguna sustitución. La mejor sustitución es la relación con Cristo. Darles a Cristo a los niños, a los  jóvenes, es fundamental, que descubran la presencia de Jesucristo a la luz de la oración, al compartir la fe, al vivir los sacramentos. Los papás y hermanos fortalecen a la persona. Pero también a todos aquellos a los que se llama la familia amplia (abuelos, tíos, primos) son también una oportunidad de sustituir a quienes les ha faltado la figura materna o paterna.

 

La segunda etapa es descubrirse hermano. La parábola del hijo pródigo presenta dos hijos. Uno que siempre permanece al lado del padre, el otro que se extravía y se deja llevar por la fantasía de la aventura, del descubrir un mundo para encontrar experiencias que no se tiene en el hogar. Esto se da en muchos jóvenes, ya no les basta la relación de la familia y quieren descubrir el mundo y abandonan el hogar. En sí misma no es mala la inquietud, pero muchos se extravían en ella. Atraídos por aspectos que son periféricos, y dejando los centrales de la vida humana. Se dejan seducir y buscan dar satisfacción a sus tendencias y deseos.

 

Cuanto este hijo recapacita y descubre el valor que ha tenido en medio de la familia, ante dificultades que vive por haberse extraviado, regresa a la casa paterna y descubre de nuevo el amor de su padre, madre y hermanos. No es fácil de entender para el hijo fiel, dirá la parábola. El hijo que siempre ha estado en casa y ha  sido fiel, que ha estado al lado de papá y mamá, que ha salido adelante ante cualquier dificultad. Siempre tiene ese celo natural ante aquel que ha despilfarrado todo y no le preocupó nada, y ahora es bien recibido.

 

Esto que plantea la parábola es vivido de distintas formas entre los hermanos. De ahí la importancia en descubrir el punto central para la fraternidad. Al final la parábola plantea la dificultad en boca del hijo mayor que reclama al Padre: ¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene este hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo. A lo que el Padre le contesta presentado lo fundamental, lo que edifica sobre roca la fraternidad: Hijo  tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo.

 

La relación con el padre, es lo fundamental, es la roca firme, es el gran valor. Fiestas, bienes, posesiones, riquezas, relaciones, es secundario. Sino se da la importancia a lo fundamental en la relación del amor a la relación con Dios como Padre, entonces la hermandad con los demás será muy frágil. Ante cualquier sentimiento de envidia, vendrá la competencia  y la rivalidad. Lo vemos en una familia, mueren los papás y se disputan con querellas y dificultades lo poco o lo mucho que quedó en herencia. No hay fraternidad. Hay interés por las cosas superficiales, periféricas, porque ha faltado construir la fraternidad sobre la roca firme del amor, que sabe compartir.

 

Hijo  tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Esta expresión ayuda a descubrir dónde poner el acento, la mirada, para construir la hermandad. Esta experiencia es larga en la vida del hombre, se extiende desde los veinte años hasta los cuarenta o cincuenta años, todo el tiempo que va desde la juventud hasta la adultez, en todo este tiempo se tiene que construir la hermandad.

 

Solamente caminando en estas dos etapas anteriores, sentirse hijo (niñez) y sentirse hermano (adultez) se podrá alcanzar y reflejar el amor de Dios Padre.

 

La parábola plantea esta tercera etapa, la de sentirse padre. Quienes llegan a los sesenta años y se convietren en adultos mayores, y después ancianos, habiendo vivido y alcanzado las dos etapas anteriores, podrán experimentar la alegría de ser misericordiosos, mostrando el rostro de Dios Padre.

 

Un abuelo es quien da un auténtico amor a todos, el abuelo entiende, acompaña, fortalece. La gente que ha vivido las dos etapas anteriores tiene la fortaleza necesaria para no buscarse a sí mismo, sino buscar cómo ayudar a los demás.

 

Ésta es la fuerza extraordinaria de la sociedad hoy. México está creciendo a pasos agigantados como una sociedad de adultos mayores, y es una fortaleza, si se construye una relación de amor con los niños, jóvenes y adultos, entonces la sociedad podrá ser fraterna, de relaciones positivas, será solidaria para compartir lo que se tiene. Esa es la vocación y misión que Dios ha dado al hombre.

 

Hay que pedirle al Señor que nos ayude a construir este mundo que quiere, haciendo presente su Reino: la misericordia del Padre en medio de la sociedad. Así se podrá transformar la sociedad en un espacio justo, fraterno, solidario y de relaciones positivas. Que Dios nos conceda esta gracia. Que así sea.

 

 

+Carlos Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla