HOMILíA DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

December 31, 1969


HOMILíA DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

 

Homilía Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario

09-Octubre-2016

 

Al verse curado, regresó a los pies de Jesús y le dio las gracias.

 

Esta escena del Evangelio, habitualmente atrae el tema de la gratitud, el dar gracias de lo que se recibe, sobre todo cuando lo que se recibe era difícil de lograrlo, de alcanzarlo. Éste es el caso de los diez leprosos. Pero quizá se escapa el aspecto central para interpretar este pasaje.

 

Un enfermo de lepra, al tiempo de entonces incurable, ¿por qué sólo vuelve uno, si los diez fueron curados? Es la pregunta clave para poder entender a los nueve que no regresaron. Es necesario conocer la legislación ritual que existía sobre los leprosos.

 

En primer lugar, los leprosos no podían entrar a las ciudades, ni vivir en ellas para no contagiar al resto de la población; por tanto, tenían que vivir fuera de la ciudad. En cuevas o en algún campamento. Cuando entraban en la ciudad, tenían que llevar una campanilla para anunciar que ahí iba un leproso, para que nadie se le acercara y así no contagiara a nadie.

 

Esto se ve reflejado en el Evangelio de hoy, cuando dice el texto que, Jesús entró al pueblo y le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos, se quedaron distantes, y a gritos le decían: Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros. A lo que Jesús responde: Vayan a presentarse a los sacerdotes.

 

Según la legislación establecida en Israel, los leprosos debían acudir al templo y presentarse ante los sacerdotes para que hicieran un ritual, fundamentalmente de limpieza con agua y oración para implorar la misericordia de Dios y la curación. Si el sacerdote constataba que después de estos ritos desaparecía la lepra, eran reincorporados a la sociedad, si la lepra continuaba, debían seguir viviendo  en las afueras del pueblo.

 

Por ello, la respuesta de Jesús quedó ambigua, ellos pidieron: ten compasión de nosotros, y Jesús les dijo: vayan al templo, preséntense a los sacerdotes. No les dijo que los curaría. Los diez leprosos, dice el texto; mientras iban de camino, quedaron curados de la lepra. Ya habían dejado a Jesús para irse al templo de Jerusalén.

 

¿Qué pudieron haber pensado? Que lo correcto era haber tomado el consejo de Jesús, de presentarse al templo, eso era lo indicado y probablemente los nueve leprosos que no volvieron a darle las gracias a Jesús, fue porque habían creído que Jesús simplemente les señaló el camino. Siguieron el consejo y cumplieron ante Dios al presentarse ante los sacerdotes; de ahí se puede interpretar que ellos creyeron que fue mérito de ellos, y que Dios los había curado porque cumplían los preceptos mandados en el ritual.

 

No tuvieron la sensibilidad para descubrir que era Jesús, quien les había dado la salud, sólo uno, un samaritano intuye que era Jesucristo, quien lo había curado; y por eso, dice el Evangelio, que éste: regresó alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias.

 

El texto aclara, que efectivamente Jesús es quien les devolvió la salud, cuando Él pregunta al samaritano: ¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie fuera de éste extranjero que volviera para dar gloria a Dios?

 

Con estas interrogantes Jesús manifiesta, que Él es, quien curó a los diez leprosos, pero los otros nueve no reconocieron de dónde venía el regalo de la salud.

 

¿Qué quiere decir? Que quizá muchas veces hemos recibido regalos de Dios a lo largo de la vida, bendiciones por medio de los demás, y la fuente, el origen de esas bendiciones, de esas gracias, en ocasiones se piensa que son fruto de la relación humana, o de los méritos propios, y se olvida quien está detrás. No tenemos la sensibilidad para descubrir la mano de Dios en nuestra vida.

 

¿Cómo podemos evitar la actitud de los nueve leprosos, y ser como el samaritano que agradece porque tuvo la sensibilidad de reconocer la acción de Dios en Jesucristo?

 

La segunda lectura nos ayuda a descubrir, cómo desarrollar esa sensibilidad cuando el Apóstol Pablo dice a Timoteo: Recuerda siempre que Jesucristo resucitó de entre los muertos. El vencer la muerte, y no solamente la muerte final, sino las distintas muertes que se viven, las distintas lepras que se cargan en la vida, todo lo que aqueja, congoja, y angustia, los diversos temores que aprisionan al hombre.

 

Jesús es la fuente de la vida, y por esa razón dice San Pablo: tienes que recordar siempre, que Jesús resucitó de la muerte, ¿cómo lo hago? A través de la Palabra de Dios, porque no está encadenada. La Palabra de Dios llega a todos los que la escuchan y actúa eficazmente en todos los que la aplican en su vida. La Palabra de Dios, particularmente los Evangelios, son el medio para descubrir a Jesús, fuente de la vida.

 

Hay dos elementos claves: los Evangelios y la vida misma. Por eso, quien no se da cuenta de sus lacras, quien no se da cuenta de sus pecados, quien no se da cuenta de sus lepras, ¿cómo podrá agradecer cuando es curado? ¿Cómo podrá reconocer que es curado?

 

Debemos reconocer y tomar conciencia de la vida, de todas las circunstancias que la rodean, de las relaciones con los demás, pero a la luz de la fuente de la vida: Jesucristo, presente en la Palabra de Dios.

 

Una expresión final de la segunda lectura dice: si nosotros le somos infieles a Jesucristo, Él permanece fiel. Ésta es una palabra de esperanza, el mismo hombre puede equivocarse, caer, pecar, cometer grandes imprudencias afectando a otros; pero en Jesucristo todo tiene solución, porque permanece fiel al hombre.

 

Hay que acudir a Jesús como estos leprosos. El hombre tiene que gritar, y decirle a Jesús que tenga compasión. Es decir, el hombre tomando conciencia de las situaciones que pasan en su vida, y a la luz de la Palabra, tiene que revisarse, examinarse. Es lo que la Iglesia llama el discernimiento espiritual. El discípulo de Cristo debe adquirir la capacidad de discernir. Hay que pedirle a Dios esta gracia.

 

Por mi parte, quiero expresar que me doy cuenta de todas mis limitaciones, de mis fragilidades, pero mi fuerza ha sido el Señor, su Palabra. Él me fortalece y estoy consciente que ha estado detrás de mí, acompañándome siempre. Hoy reconozco que lo que me pide el Papa Francisco, ayudarle en el gobierno universal de la Iglesia como Cardenal, desde esta Iglesia particular de Tlalnepantla, es gracia de Dios.

 

Por eso, pido su oración, y también estoy consciente que debo orar con más intensidad y confianza, ahora más que nunca, para poder ser fiel y servir a la Iglesia en esta nueva encomienda, como miembro del Colegio Cardenalicio. Manifiesto con alegría mi gratitud a Dios, Nuestro Padre, porque confío en su gracia.

 

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla