HOMILÍA EN EL JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR

April 14, 2022


HOMILÍA EN EL JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR

 

«Hagan esto en memoria mía»

 

Muy queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús:

Hoy estamos celebrando el Jueves Santo, la Cena del Señor. Hemos hecho un recorrido desde que iniciamos la Cuaresma el Miércoles de Ceniza; el domingo pasado celebramos el Domingo de Ramos, donde recordamos cuando Jesús entra a Jerusalén, la ciudad santa, y es aclamado por el pueblo con palmas, con ramos: «Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosana al hijo de David».

Hoy en esta celebración hay tres palabras que nos proponen las lecturas: Eucaristía, Sacerdocio y Servicio. Precisamente en esta celebración vemos la primera palabra, Eucaristía, cómo Jesús sabe que su hora ya está próxima y por eso se reúne con sus apóstoles para celebrar la Última Cena. Fue una cena muy emotiva, donde tal vez los apóstoles estaban un poco desconcertados, pero que Jesús tenía mucho interés en celebrarla. Seguramente el ambiente era muy difícil, porque ya estaban persiguiendo a Jesús, de una manera muy fuerte, muy incisiva, para arrestarlo. Entonces Jesús hizo algunos signos, que seguramente los apóstoles no entendieron hasta después de la Resurrección; tomó pan, dio gracias y lo entregó a sus apóstoles diciendo: «Tomen, este es mi cuerpo, que será entregado por ustedes»; de la misma manera, tomó la copa de vino y dijo: «Tomen, esta es mi sangre, que será derramada por ustedes. Hagan esto en memoria mía»; entrega su cuerpo y su sangre como comida y bebida de salvación.

Hay un antecedente en el pueblo de Israel, el pueblo judío, que escuchamos en la primera lectura de hoy, cuando Dios libera al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto, todo ese camino difícil, donde Dios le habla a Moisés para que hable al faraón y deje salir a su pueblo. Pero el faraón tiene el corazón endurecido y no los deja salir. Entonces vienen las distintas plagas, y en la última plaga, la muerte de los primogénitos de los egipcios, Moisés les da las indicaciones de Dios de matar un cordero y untar su sangre en los dinteles de las puertas y ventanas de sus casas, que cenaran el cordero y después salieran de prisa, porque Dios los había liberado. Ahí tenemos el signo de una cena y de un cordero. El resto de la historia ya lo conocemos, cómo el pueblo atraviesa el desierto y pasa por el mar rojo, y cada año los judíos recordaban la pascua, ese paso de la esclavitud a la libertad.

Jesús toma esos elementos y se reúne a celebrar la Última Cena con sus apóstoles, ¿pero ahora quién es el cordero? El cordero es Él mismo, Él es el que va a derramar su sangre por todos nosotros. Los apóstoles no entendían, “¿cómo vamos a comerte?, ¿cómo vamos a beber tu sangre?”, era difícil de entender, pero para Dios no hay nada imposible; lo que es imposible para el ser humano es posible para Dios.

Esta primera palabra, Eucaristía, es lo que estamos celebrando y dentro de ella tenemos el alimento de la Palabra y el alimento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Por eso hoy la invitación para todos los cristianos es a valorar la Eucaristía. Yo sé cuánto se ha sufrido en este tiempo de pandemia al no poder participar presencialmente y no poder comer el cuerpo del Señor; está la comunión espiritual, pero es muy hermoso poder recibir a Jesús como alimento para la vida.

Hoy también quiero invitarlos a darle gracias a Dios porque se quiso quedar con nosotros. Cada Eucaristía es un milagro, un milagro al que quizá ya nos acostumbramos, pero no debemos olvidar que el pan y el vino que se presentan en el ofertorio se convierten en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, y qué maravilla que el mismo Dios se quede con nosotros. Eucaristía significa “acción de gracias”, dar gracias porque Jesús se queda con nosotros. Hoy celebramos la Institución de la Eucaristía, la institución; la Eucaristía no es un teatro, no es una representación; es una conmemoración que se hace de lo que sucedió aquella noche en Jerusalén.

La segunda palabra es Sacerdocio. Jesús dice: «Hagan esto en memoria mía», y ¿a quién le deja el encargo? A sus apóstoles, a la Iglesia. Por eso hoy es un día muy importante para pedir por los sacerdotes, para dar gracias por el don del sacerdocio y también pedir por las vocaciones sacerdotales. «La cosecha es mucha y los obreros son pocos; rueguen al dueño de la mies que envíe obreros a sus campos». Tenemos una Arquidiócesis con 203 parroquias, con un poquito más de 3 millones de personas y hay muchos sacerdotes ya grandes, que han dado su vida por el Evangelio, pero necesitamos seguir haciendo oración para que el dueño de la mies envíe obreros.

El martes pasado celebré aquí la Misa Crismal con todos los Sacerdotes de la Arquidiócesis, donde bendije los aceites para los enfermos, para los catecúmenos y el Santo Crisma para las Ordenaciones y las Confirmaciones; pero también se hizo la Renovación de las promesas sacerdotales, renovar el sacerdocio.

Como sabrán, hace siete meses murió el Obispo de Cuautitlán, don Guillermo Ortiz Mondragón, y el Papa Francisco me pidió atender la Diócesis de Cuautitlán mientras se nombra un nuevo Obispo. Hoy por la mañana también hicimos la Renovación de las promesas sacerdotales con los Sacerdotes de Cuautitlán. El día de la Ordenación se hacen las promesas sacerdotales y hoy se renuevan, por eso mucha gente felicita hoy a los Sacerdotes por este regalo, que no es por méritos propios sino porque Dios quiso darnos el regalo del Sacerdocio.

La tercera palabra es servicio. Después de que Jesús entregó su Cuerpo y su Sangre se levantó, se puso una toalla y empezó a lavar los pies de sus discípulos. Les dijo: «Les doy un mandamiento nuevo: Que se amen los unos a los otros como yo los he amado». El amor no son palabras, sino es práctica, y por eso Jesús se levanta y lava los pies a sus discípulos, es una manera de servicio. Hoy no haremos el lavatorio de pies, pero me da mucho gusto que estén los niños, los adolescentes, los jóvenes y los adultos representando a los apóstoles.

Cuando Jesús llegó con Pedro, Pedro le dijo: «Tú no me vas a lavar los pies», y Jesús le dijo: «Pedro, si no te lavo los pies no vas a tener parte conmigo en el Reino de los Cielos». «Ustedes dicen que soy Maestro, y sí lo soy. Si yo hago esto con ustedes es para que entiendan que deben hacerlo unos con otros», y por eso nuestra Iglesia debe ser una Iglesia servidora. Una familia servidora es muy hermosa, una comunidad, un grupo; por eso debemos ser servidores, estar atentos a las necesidades de los demás.

Pues hoy demos gracias a Dios por la Institución de la Eucaristía, por el don del Sacerdocio y porque quiere una Iglesia servidora, que en el servicio manifieste el amor a los demás. Así sea.

 

+ José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla