HOMILÍA EN EL III DOMINGO DE ADVIENTO

December 31, 1969


HOMILÍA EN EL III DOMINGO DE ADVIENTO

 

«Estén siempre alegres en el Señor»

 

Muy queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús, les saludo con afecto de pastor en este Tercer Domingo de Adviento, también quiero saludar a todos los que nos siguen a través del Facebook y YouTube de nuestra Arquidiócesis, fuera de la Arquidiócesis en distintos lugares de la República y también en el extranjero, les deseamos que sigan preparando su corazón para la venida del Niño Jesús.

Esta semana que acabamos de vivir ha sido una experiencia muy interesante para muchos de nosotros, porque celebramos a María, la Santísima Madre de Dios, la Virgen; celebramos la fiesta de la Inmaculada Concepción el 8 de diciembre, cómo Dios quiso que naciera sin pecado y tiene su fundamento en la maternidad de Dios, porque iba a ser la Madre de Dios, y Dios la preparó sin mancha; y el día de ayer fue una fiesta donde celebramos a Nuestra Madre la Morenita del Tepeyac de una manera diferente, pero que seguramente sentimos su abrazo y su consuelo.

Les platicaba, a los que estuvieron en la celebración o siguieron la Eucaristía, cómo en 1531, 10 años después de la conquista, el pueblo estaba muy lastimado, estaba muy triste, había sido conquistado con la espada y despojado de tierras, de ilusiones. En ese contexto vienen las apariciones de la Virgen de Guadalupe, y al pueblo le da identidad, ese pueblo que va naciendo, un pueblo mestizo. Y también en este tiempo nos sentimos tristes por esta pandemia, porque mucha gente ha perdido su trabajo, ha perdido seres queridos, han habido muchas dificultades. Sin embargo, la Virgen de Guadalupe también ahora nos da esperanza, y debemos animarnos a seguir caminando, pero como hermanos, como quiere la Virgen de Guadalupe, que espera a su Hijo Jesús, y Jesús viene a decirnos que todos somos hermanos.

Hoy, en este Tercer Domingo de Adviento, es un domingo especial, porque la palabra que inunda es la palabra: alegría. Si se fijan, también los ornamentos este domingo cambiaron, no son ornamentos morados. Las tres lecturas nos van hablando de la alegría, pero porque tiene un sentido, ¿por qué debemos estar alegres? Porque viene Jesús, y Jesús es el que va ayudarnos a caminar con esperanza, va a llenar las expectativas de nuestro corazón. Ya en la primera lectura el Profeta Isaías, en el capítulo 61, recordarán ustedes que fue el pasaje que leyó Jesús en la sinagoga de Nazaret: «El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado a llevar la Buena Nueva –la alegría– a los demás, a dar la vista a los ciegos, a levantar a los paralíticos y anunciar el año de gracia del Señor». Hoy San Pablo también, en la carta a los Tesalonicenses, nos dice: «Estén alegres, hagan oración, abran su corazón al Espíritu Santo, para que den testimonio como hijos de Dios». Y el Evangelio nos presenta otra guía, –vamos teniendo guías para llegar a la Navidad– hoy el guía fundamental se llama Juan el Bautista.

El pasaje que leímos ayer en el Evangelio, la Visitación, es el encuentro de María con Isabel, ambas embarazadas, cómo Isabel esperaba a Juan y María a Jesús; hoy han pasado años y Juan tiene una personalidad arrolladora, impactante, de tal manera que va gente muy importante, sacerdotes y escribas, gente estudiada, leída, y van a preguntarle quién es él. Muchos creían que era el Mesías, pero Juan el Bautista está ubicado, sabe cuál es su misión, y les dice: «Yo no soy la luz, yo soy testigo de la luz», «yo no soy, detrás de mí viene alguien al que no soy digno de desatar las correas de sus sandalias, –en ese tiempo solo los esclavos eran los que desataban las correa– yo no soy digno ni siquiera de eso, el que viene atrás de mí es el Mesías». Yo creo que hoy tenemos es enseñanza, de tener en el centro de nuestra vida a Cristo; María nos lleva a Cristo y Cristo es nuestra esperanza, Cristo es la luz.

Pues sigamos en este tiempo, queridos hermanos, reconciliándonos, buscando esa unidad familiar, ayudando al que lo necesita. Esta pandemia ha sido dolorosa, pero también hay que sacar lecciones, una de ellas es que no debemos vivir solos, que siempre hay una persona que necesita y que yo puedo ayudarla. Así es que, busquemos seguir haciendo esas redes de solidaridad para visitar, ahora no se puede visitar mucho, pero para hacerle una llamada a una persona que vive sola, para darle una palabra de aliento del Evangelio, para que sigamos preparándonos y no se nos olvide que, a pesar de los problemas, de las dificultades, de los retos, debemos estar siempre alegres en el Señor. Así sea.

 

+ José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla