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Homilías

HOMILÍA CATEDRAL DE TEXCOCO

marzo 28, 2017

Homilía Catedral de Texcoco

18-Marzo-2017

 

Era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado

 

Estas palabras finales del texto del Evangelio de hoy, nos permite descubrir dónde está el núcleo central de la relación entre Dios y el hombre. Dios nuestro mediador y Padre y, nosotros, sus hijos y su pueblo.

 

El Señor quiere hacer fiesta, pero siempre debe haber un motivo para hacer fiesta. El motivo es que alguien descubra su misericordia.

 

Nuestro pueblo es festivo, en especial la Diócesis de Texcoco. Me llevé una sorpresa, cuando llegué a Texcoco, y al visitar las parroquias, darme cuenta que las parroquias tienen doble fiesta patronal. Esto no se da en otras partes del País. Pero una hermosa característica de nuestro pueblo mexicano, es la alegría y la festividad en común.

 

Hoy el Evangelio expresa el motivo para hacer una fiesta y por qué. La motivación tiene que ser que alguien que estaba perdido, alguien que estaba muerto en vida, recupere la vida. Segundo, que el rescatado descubra y transmita que ha sido la misericordia de Dios, quien lo ha devuelto a la vida.

 

No es casualidad que el Papa Francisco propusiera vivir un año de la misericordia, y al término del año jubliar haya dejado un pequeño texto: misericordia et misera, donde exhorta a provocar este dinamismo, como el eje central de la misión de la Iglesia.

 

¿Cómo mostrar la misericordia del Padre en medio de la sociedad? La parábola deja clarísimamente un instrumento y la herramienta  para propiciar que Dios misericordioso sea conocido. Si se observa  en la parábola tanto el hijo que estaba perdido porque se había ido de casa, como el hijo mayor, han necesitado un encuentro, un diálogo con su Padre.

 

Cuando al hijo menor le viene la añoranza del amor de la casa paterna en medio de la necesidad que sufre y de la situación tan dura que atraviesa, regresa a casa, donde encuentra que su padre lo espera. Ahí se produce ese hermoso diálogo en donde el hijo manifesta lo que ha experimentado: Padre me di cuenta de que tengo que volver contigo, no soy digno pero trátame al menos como a uno de tus siervos, ya no como tu hijo.

 

El padre pareciera que no hace caso a la propuesta, porque en el fondo, ha mirado a su hijo recuperado, está de nuevo en casa, está de nuevo con él. Lo viste de gala y le hace fiesta como hijo suyo.

 

El otro diálogo es con el hermano mayor, el hijo no entiende lo que ha pasado, él hace todo lo que le pide su padre, observante siempre en la obediencia, pero no ha descubierto el amor y la misericordia del padre. Cuando el padre se da cuenta, él sale a encontrar a su hijo mayor, que no quiere  entrar y participar de la fiesta.

 

En ambos casos, tanto el hijo pródigo que regresa a casa como el hijo mayor, observamos de parte del padre una constante: el diálogo para entender al otro. El hijo menor manifiesta su alegría, conmovido por su decisión de regresar a la casa paterna. El hijo mayor manifiesta su enojo, porque siente una falta de reconocimiento a su fidelidad. El padre escuchó y dialogó, fruto de ese diálogo el hijo menor queda en casa. La respuesta del mayor queda en suspenso pero abierta para vivir como hijo y no como empleado, vivir sintiendo su casa como casa propia, no como un siervo.

 

Descubrimos que para transmitir la misericordia de Dios Padre en este mundo, es necesario abrir el diálogo con quien se ve que está perdido, errado, esclavo, y entenderlo para saber, qué es lo que le está pasando.

 

Nosotros los agentes de pastoral: catequistas, de liturgia, de pastoral social, que estamos en la casa del Padre debemos preguntarnos, si hemos descubierto o no la misericordia, o si hemos sido fieles por la necesidad de reconocimiento.

 

Generemos esta actitud, dice el Papa Francisco, para prolongar el dinamismo del amor misericordioso a través del encuentro, del diálogo, del perdón, del amor y de la transformación personal que nos lleve a transmitir, quién es Dios.

 

Hoy la primera lectura decía, con gran claridad, que el pueblo de Israel debía descubrir por medio de la voz del Profeta Miqueas, que Dios se complace en ser misericordioso. Se complace, puede ser una frase escandalosa, debiera decir, según el hijo mayor de la Parábola, se complace en el justo que cumple con las leyes, se complace en aquel que siempre se ha sacrificado en realizar su responsabilidad. Sin embargo, el Profeta expresa sin condicionamientos que Dios se complace en ser misericordioso.

 

La pregunta que nos tenemos que hacer es, ¿he experimentado la misericordia de Dios en mi vida, cuándo y cómo? ¿He transmitido esa experiencia de vivir la misericordia, y la comparto con los demás? ¿Vivo ese diálogo para entender al otro? ¿Por qué se ha extraviado? ¿Por qué se ha perdido? ¿Por qué está muerto en vida?

 

En esta dinámica seguramente experimentaremos con frecuencia lo que dice el texto del padre de estos dos hijos: Es necesario hacer  fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado.

 

Éste es el camino de renovación de la Iglesia. En ocasiones nos empeñamos mucho en manifestar, mostrar e impulsar las exigencias morales del ser cristiano. El Papa Francisco nos exhorta para que primero impulsemos la misericordia en nuestras relaciones, y después, conociendo y experimentando la misericordia del Padre, vendrá la obediencia generosa como hijo que ama a su padre. Que así sea.

 

 

 

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla