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Homilías

HOMILÍA CENTRO ESCOLAR DEL TEPEYAC

marzo 03, 2017

Homilía Centro Escolar del Tepeyac

03-Marzo-2017

 

¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos, si ayunamos?

 

Tanto la primera lectura, como la lectura del Evangelio, se centran en el tema del ayuno. La lectura del profeta Isaías, va a clarificar cuál es el ayuno agradable a Dios. El Evangelio, indicará cuando hay que ayunar.

 

Hay que recordar que el ayuno, en un sentido estricto es la privación voluntaria del alimento, sea parcial o total. La privación voluntaria de no comer, sea algo o todo de lo que se come habitualmente y se deja de comer, por un día o más. Esto es lo que habitualmente se entiende por ayuno, estrictamente dicho.

 

Sin embargo, el Profeta Isaías dice: ¿acaso éste es el ayuno agradable a Dios? La práctica del ayuno en el Antiguo Testamento, era una manera de reclamarle a Dios, cuando algo no sale bien y se piensa que Dios debió de haber intervenido para que salieran las cosa como se pensaba que deberían de ser; entonces el pueblo de Israel lo manifestaba con un ayuno público, en los atrios del templo de Salomón en Jerusalén. Ahí se rasgaban sus vestiduras, se cubrían con ceniza y se quedaban tirados, durante todo el día, mientras pasaba la luz del sol, sin  tomar alimento, ni beber.

 

Ese era el ayuno al que se refiere el Profeta Isaías en la primera lectura. Era una reclamación a Dios, porque el pueblo consideraba  que no estaba interviniendo en favor de él. Así entendemos lo que dice el Profeta, en nombe de Dios: denuncia a mi pueblo sus delitos, ésta es la respuesta de Dios a la reclamación del pueblo, me buscan día a día, y quieren conocer mi voluntad, como si fuera un pueblo  que se comporta rectamente y respetara los juicios  de Dios.

 

¿Cuántas veces hemos presentado a Dios, reclamando algo, que nuestra conducta dice lo contrario y no se tiene la vergüenza de mejor callarnos? ¿Cuántas veces como pueblo, comunidad, familia nos hemos portado así? Ésta es la primera fase de esta enseñanza.

 

Según el Profeta Isaías, el pueblo responde a Dios diciendo: ¿para que ayunamos, si tu no ves? ¿Para qué nos mortificamos, si no te das por enterado? ¿Qué caso tiene orar si tú no nos escuchas? ¿Qué caso tiene ofrecerte lo prometido, si reprobé los exámenes? Sí yo te había  ofrecido ir en peregrinación a la Basílica de Guadalupe, con tal de sacar un diez? Algo así puede ser que nos haya pasado.

 

Dios, a esa palabras responde: ¿Acaso el ayuno que ustedes hacen me agrada? ¿Ésta es la mortificación del hombre, encorvar la cabeza como un junco y  acostarse sobre saco y ceniza? ¿A esto llaman ayuno y día agradable al Señor?

 

Nosotros podemos prometer muchas cosas a Dios, pero quizá no son las que Dios está esperando de nosotros. Aquí se saca una importante lección, siempre se tiene que discernir. Es decir, clarificar lo que Dios quiere. Y no lo que nosotros suponemos que Dios quiere. La única manera de hacer esa clarificación, es escuchando la Palabra de Dios. Es el elemento básico,  fundamental para conocer, qué es lo que Dios quiere.

 

Y entonces, dice Dios: el ayuno que yo quiero, es éste, que rompas las cadenas injustas y levantes los yugos opresores, que liberes a los oprimidos y rompas todos los yugos. Se puede sintetizar así: Promover la libertad. La humanidad ya ha roto muchos yugos de esclavitud. Pero están apareciendo otros yugos de esclavitud, como las adicciones a las drogas, la incorporación no voluntaria a la delincuencia organizada, hasta de niños y adolescentes en nuestro propio país. Éstos son yugos de esclavitud, Dios pide romperlos.

 

Sigue diciendo Dios: que compartas tu pan con el hambriento, y abras tu casa al pobre sin techo, que vistas al desnudo y no des la espalda a tu propio hermano. Compartir y fraternizar, éste es el ayuno que yo quiero, dice el Señor. Entonces cuando hagas este ayuno, surgirá tu luz como la aurora. Entonces, clamarás al Señor y él te responderá, lo llamarás y él te dirá: ¡Aquí estoy!

 

En síntesis el ayuno que quiere el Señor es: Promover la libertad, aprender a compartir, y fraternizar. Para realizar estas tres cosas,  se necesita casi siempre renunciar a cosas que a mí me agradan, de las que tengo ilusión o considero importantes alcanzarlas. Ésa es la renuncia, no del alimento, sino la renuncia de aspectos que a mí me cuesta esfuerzo dejar. El ayuno como renuncia a mis gustos para obtener la libertad de los demás, la ayuda de los que lo necesitan y la fraternidad con los otros, es el ayuno que agrada a Dios. Con la primera lectura hemos clarificado el ayuno que quiere Dios.

 

En el Evangelio escuchamos que le preguntaron a Jesús: ¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos, si ayunamos? Jesús les respondió: ¿Cómo pueden llevar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos?

 

El ayuno hay que hacerlo para buscar al Señor y estar con él, mientras no se tenga esta intimidad con Jesucristo, entonces se necesita experimentar, una y otra vez, la renuncia de nosotros mismos para alcanzar la libertad, compartir, y fraternizar.

 

Una vez que se va luchando por ese camino, tarde que temprano nos encontraremos con el Señor y cuando nos encontremos con el Señor, ya no habrá necesidad del ayuno identificado como renuncia o esfuerzo, porque resultará espontáneo ser hermano de los demás. Ya no será un ayuno, será una fiesta. Así cada Celebración Eucarística será ocasión de intimar con Dios, y aprender a ser como Dios.

 

Ésta es una manera de entender el ayuno cristiano, que considero no está entendido y asimilado en el corazón de la mayor parte de los católicos. ¡Hay que trabajarlo!

 

Me alegra el poder encontrarme hoy en el Centro Escolar Tepeyac y que la Palabra de Dios nos permita reflexionar con estas lecturas, en esta Eucaristía, para que ustedes me ayuden a que se entienda el ayuno que quiere el Señor, dándolo a conocer, y no nos quedemos en ayunos que no conducirán a Dios.

 

Hay que comunicar lo que Dios quiere de cada uno de nosotros, porque así se romperán las cadenas que están surgiendo de la esclavitud en la sociedad y en estos tiempos. Pidámosle al Señor Jesús, en esta Eucaristía, el don del discernimiento. Que así sea.

 

 

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla