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Homilías

HOMILÍA DE LA CELEBRACIÓN DE NOCHEBUENA.

diciembre 24, 2017

"Cristo Jesús, nuestra esperanza, se entregó por nosotros para redimirnos de todo pecado y purificarnos" (Tt 2,14).

 

Hemos escuchado en la segunda lectura de la carta del Apóstol San Pablo a Tito que Cristo se encarnó, se hizo hombre con la finalidad de redimirnos. ¿Qué significa? Que desde ahora, la Navidad está íntimamente ligada con la Semana Santa, con el término de la vida de Jesús y su Resurrección. Por eso escucharon ustedes antes de iniciar la Eucaristía un pregón de una buena noticia, como lo escuchamos también en la Vigilia Pascual, el pregón de la Resurrección del Señor.

Esta relación litúrgica no es simplemente ritual, sino es para que al recordar con alegría el nacimiento de Jesús, nos miremos a nosotros mismos. ¿Qué significa la Encarnación? La Encarnación que celebramos en la Navidad pareciera, si somos superficiales que nuestra consideración tendría un triste final: Cristo muerto en cruz. Eso sería como echar un balde de agua fría a una fiesta tan hermosa como es el nacimiento de una nueva vida, pensando ya en su muerte. De hecho nadie  piensa cuando nace un bebé en una familia cómo podrá morir. ¿Se dan cuenta? Todos pensamos en vivir.

Pero la Encarnación de Jesús es un nacimiento distinto al nuestro, en cuanto que la vida que va a producir, no es la misma vida de Jesús el interés que Dios tiene, sino –fíjense bien– es en favor nuestro. Si Jesús nació en Belén, no fue para que hubiese un niño Jesús, sino es como dice San Pablo: para redimirnos (Tt 2,14).

¿Qué significa redimir? ¿En qué consiste este misterio de la Redención? Significa que, dada nuestra fragilidad humana, nuestras limitaciones, nuestras dificultades de entendimiento con los demás para generar lazos positivos, fraternos, justos y solidarios, viene Jesús para transformarnos, para ayudarnos, para acompañarnos. Y ¿cómo lo hace Jesucristo? Lo hace fundamentalmente dándonos la mano cuando estamos caídos.

Seguramente, los que somos mayores habremos tenido más de una experiencia, en la que nos sumimos o en la tristeza de una desgracia, o en la lamentación de una muerte trágica, o en una circunstancia adversa que no supimos cómo afrontar. Y, si tuvimos la hermosa experiencia de que alguien, que nos amaba, se acercó para ayudarnos, entenderemos mejor lo que es la Redención.

Jesús está precisamente para fortalecer nuestra fragilidad. Si nos caemos, levantarnos, si nos equivocamos, perdonarnos, si nos peleamos, reconciliarnos. Siempre Jesús estará de nuestra parte. La Redención, por tanto, a la que viene Jesús, enviado por su Padre, es una expresión del más grande amor que podamos imaginar. La alegría del nacimiento de Jesús se engrandece cuando nosotros vemos que da su vida, como dice San Pablo, y encarnado, se entrega hasta la muerte y muerte en cruz por nosotros (Flp 2,8), para que nosotros fervorosamente nos convirtamos en su pueblo, entregados a practicar el bien.

Ahora podemos entender lo que en la primera lectura decía el profeta Isaías: “El Pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció” (Is 9,1). ¿Cuál es esa luz que ofrece Jesucristo? Es la luz del perdón, es la luz que disipa la sombra, cuando nos sentimos solos, y descubrimos que hay alguien que está a nuestro lado. Es la fortaleza que recibimos del Espíritu de Dios que nos infunde en nuestro interior, y es la caridad de darnos unos a otros las ayudas necesarias como buenos discípulos de Cristo. Cristo nació, vivió su vida como uno más en la tierra, para dialogar con nosotros, y así, recibimos sus enseñanzas que están narradas en los Evangelios.

Cristo Jesús en su vida terrestre también dio testimonio, y aunque es muy importante la doctrina de sus enseñanzas y el testimonio de su vida, es todavía más importante la Redención, el constatar que a nosotros nos da esa fortaleza para afrontar cualquier situación adversa. Para eso estamos llamados.

 Y, segundo aspecto que quiero subrayar: Jesús nace, sí, del Pueblo que Dios se preparó, Israel, pero no nace solamente para ese pueblo. Por eso, si ustedes se fijan, cuando los ángeles les anuncian a los pastores, ellos escuchan ese canto que dice: ¡Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres buena voluntad!” (Lc 2,14). No dice “a los ciudadanos de Israel”, no dice “a los pueblos vecinos”, no dice “a los mexicanos”. No, no señala ninguna nacionalidad. Es para toda la humanidad. La ayuda que Dios quiere prestarnos es para todo ser humano, somos sus creaturas, somos sus hijos. Hoy pues nos llena una gran alegría. Recordamos este inicio del misterio de la Encarnación en el Nacimiento de Jesús en Belén, para redimirnos.

Hoy, pues, también ustedes contemplan a Cristo crucificado, por eso está siempre en todos los templos católicos. Lo tenemos siempre al centro, en un punto dominante para que siempre recordemos que esa muerte no fue tragedia, sino fue vida y vida en abundancia. Eso es lo que significa la Cruz de Cristo y Cristo en ella. Vida para nosotros, vida que se transforma en auxilio, en gracia, en compañía del Espíritu Santo que nos ha regalado, y que todos hemos recibido en el Sacramento de la Confirmación.

Pidámosle pues al Señor en esta noche que sepamos siempre relacionar Encarnación con Redención. Si nos alegramos por el nacimiento de Cristo debemos también mirar que abrir las puertas a la Navidad con alegría es abrir con esperanza las puertas a la Redención, que todos necesitamos en nuestra peregrinación por esta tierra. Por eso es que decimos una y otra vez, en este día, mañana y en estos días: ¡Feliz Navidad!

Que así sea.

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Electo Arzobispo Primado de México