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Homilías

HOMILÍA DE LAS CONFIRMACIONES EN CATEDRAL

julio 08, 2017

¿De veras eres tú mi hijo Esaú? (Gn 27, 24)

 

El libro del Génesis narra cómo Dios eligió a Abraham, a Isaac; y en esta primera lectura presenta la rivalidad entre los dos hijos de Isaac: Esaú y Jacob.

Isaac prefiere a su hijo Esaú por ser el mayor. Rebeca, la madre, prefiere a su hijo Jacob, a quien amaba, porque lo encontraba más maduro en sus relaciones con ella. Esta lectura narra la rivalidad existente entre los dos hermanos.

La rivalidad lleva a la competencia, al enfrentamiento; la rivalidad es una tendencia del ser humano que está siempre presente aún en el seno de la misma familia, como lo vemos ahora. La rivalidad es una situación humana, frecuente, por ello debemos estar alertas.

Por otra parte, el Evangelio de hoy presenta una pregunta a Jesús: ¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras que nosotros y los fariseos sí ayunamos? (Mt 9,14). La pregunta refleja la tendencia del hombre a confundir la comunión y la unidad con la uniformidad.

Cuando nosotros ya tenemos una manera de conducirnos nos cuesta trabajo aceptar otras formas. En este caso los fariseos y los discípulos de Juan habían encontrado el ayuno como una forma de crecimiento espiritual, y ven que los discípulos de Jesús no lo practican, no obstante que había sido aceptado también por todo el pueblo de Israel, y se había convertido incluso en una norma que distinguía a quienes eran considerados verdaderos israelitas.

¿Por qué tus discípulos no son como nosotros? ¿Por qué se conducen de manera distinta en su camino espiritual? Los fariseos y los discípulos de Juan quieren la uniformidad, que todos hagan exactamente lo mismo, que todos recorran exactamente el mismo modo y manera de relacionarse con Dios.

Como vemos, pues, las lecturas de hoy presentan una realidad humana que debemos advertir. La rivalidad, la competencia, el querer ser más que el otro y tener más que el otro, se vence solamente con el amor. La tendencia a la uniformidad, se vence en el camino de la comunión, reconociendo la diversidad como una gracia de Dios y la complementariedad de esa diversidad como una gran riqueza en favor de la comunidad humana. Pero, ¿quién puede conducirnos en estos caminos del amor y de la auténtica comunión? El Espíritu Santo. Justamente lo que celebramos hoy aquí en esta esta Eucaristía.

Vamos a invocar al Espíritu Santo sobre estos jóvenes católicos que han recorrido el proceso catequético para ser conscientes de lo que hoy reciben. La confirmación no es simplemente un sacramento más. La confirmación es recibir el Espíritu Santo para ser testigo de la presencia de Dios entre nosotros, para caminar en la comunión y para descubrir el camino del amor. Esto es lo que hoy la Iglesia les regala a Ustedes, los nuevos confirmandos.

Es conveniente entender el camino de cómo van a amar, de cómo van a ejercer la comunión, será como el Espíritu de Dios les mueva en su interior a través de esas inquietudes sanas que buscan el bien del prójimo. No en las inquietudes que buscan sólo la satisfacción egoísta, sino el bien común, el bien de los demás, el bien de nuestra sociedad.

Ustedes son odres nuevos con vino nuevo, como dijo Jesús en el Evangelio. Ustedes van a transmitir la fe a las siguientes generaciones, si hoy recorren el camino del Espíritu Santo, y se dejan conducir por Él. Así nos ayudarán enormemente a que la Redención de Cristo, camino de salvación y de vida, se realice en medio de nuestra sociedad.

Seguramente ya, en sus años juveniles en que se encuentran, han percibido tantas cosas que suceden que no les gustan y que no están de acuerdo. Ustedes son los que van a ser posible que todas esas cosas que no les gustan y con las que no están de acuerdo, porque son negativas, perjudiciales, que dañan la convivencia social, cambien y se transformen, porque cuentan con la ayuda del Espíritu de Dios.

El proyecto de Dios no es la violencia, ni la agresión, ni la confrontación fraticida, sino la generación de la fraternidad, la generación de una relación positiva, solidaria, de ayuda entre unos y otros para caminar juntos como una sola comunidad humana.

Por eso los invito a que vivan este momento tan hermoso de recibir el Espíritu Santo. Ya lo han recibido ustedes desde el bautismo, pero entonces lo recibieron para ser adoptados por Dios como hijos suyos, como cuando nacieron en el seno de su familia se convirtieron en hijos de papá y mamá. Es la filiación.

EL hijo tiene que crecer, madurar y encontrar la forma de cómo servir a los demás, de qué profesión o qué vocación surge en él. Hoy el sacramento de la Confirmación, reconociéndolos como hijos de Dios, les da el Espíritu Santo para ser testigos de Jesucristo en medio de este mundo. Ya no solamente han sido recibidos en el seno de la familia de la Iglesia, ahora son enviados para ser testigos del amor de Dios entre los suyos, en los ámbitos de vida, en sus relaciones humanas.

Hoy se convierten ustedes con este sacramento, fíjense bien, en apóstoles, en enviados, en testigos de Cristo, el Señor de la vida, y son conducidos por el Espíritu Santo para aprender a amar y testimoniar el amor.

Que Dios, Nuestro Padre los bendiga a todos, y que sus padres y padrinos aquí presentes, les ayudemos a recorrer como Dios quiere el camino de su Hijo Jesucristo, bajo la conducción del Espíritu Santo. Que así sea.

 

Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla