Logo Arquidiocesis

 

 

 

Logo RESAR

     

Homilías

HOMILÍA DE MONS. FANCO COPPOLA EN LA MISA DE IMPOSICIÓN DEL PALIO A MONS JOSÉ ANTONIO FERNÁNDEZ HURTADO

octubre 04, 2019

Homilía de Mons. Fanco Coppola, Nuncio Apostólico en México, en la Misa de Imposición del Palio a Mons José Antonio Fernández Hurtado, Arzobispo de Tlalnepantla

 

Querido Mons. José Antonio, queridos hermanos obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y demás fieles, hermanos y hermanas, es una gran alegría participar en este rito de la Imposición de Palio, es algo bastante raro, no pasa todos los años, sólo cuando un nuevo Arzobispo llega a una Arquidiócesis y significa este vínculo de comunión porque tienen que animar a toda la Iglesia, no es fácil.

Desde la oración que el Señor nos enseñó, nos ha enseñado que somos una familia porque tenemos un Padre común y todos somos hermanos, una gran familia y la familia tiene que ser buena, tiene que estar unida, es un escándalo una familia que se separa, es un gran dolor; entonces la Iglesia cuida de guardar esta unidad y por eso confía a unos obispos, que por eso se llaman arzobispos, el cuidado, especialmente, de la unidad de la Iglesia. 

Hay algunas Iglesias hermanas que forman parte de la misma Provincia Eclesiástica, que con el cuidado del Arzobispo, Mons. José Antonio en este caso, tienen que caminar juntas porque más o menos viven una realidad bastante similar, pueden caminar juntas, en comunión con el Papa. 

Lo que se le ha puesto alrededor del cuello es algo un poco particular, es como un anillo hecho de lana, el producto de las ovejas, un anillo que tiene dos lenguas, para decir que él por un lado está conectado con el Papa, y por otro lado con ustedes, es el punto de conexión; está hecho de lana y esto nos hace pensar en seguida en lo que dice muchas veces el Papa, que tenemos que tener “olor a ovejas” en los hombros, como el Buen Pastor, que no es sólo el Pastor que va guiando a las ovejas, sino es el Pastor que va a la búsqueda de la oveja que se ha desviado y en vez de regañarla, dice el Evangelio, al contrario, no le da ninguna punición, se la pone sobre los hombros, casi la trata con un cariño especial y particular, más que a las demás. 

Esto es un gesto que se hace con el Sr.Arzobispo pero que tiene que ser un símbolo para todos los demás, no solo es él quien debe tener olor a oveja sino cada Obispo, cada sacerdote; es un símbolo, es un modelo para cada uno de nosotros.

La Palabra de Dios de hoy nos habla, como siempre lo hace, con mucha claridad, no es diplomática, pues Jesús se dirige a tres ciudades de Israel: Corazaín, Betsaida y Cafarnaúm. Israel era el pueblo elegido, el pueblo que reconocía que el Señor lo había querido de una manera especial y que le tenía reservado para él un futuro grandioso, sólo que se habían, un poco, acomodado en esto. Jesús le dice a Cafarnaúm: “¿Crees que serás encumbrada hasta el cielo? No, serás precipitada en el abismo”. Estamos en camino, y también nosotros pueblo de Dios, Iglesia, estamos en camino; nunca pensemos que hemos llegado, nunca pensar que somos los privilegiados. Es verdad que somos privilegiados, pero se puede decir de nosotros lo que dijo Jesús: “Ay de ti, ciudad de Corazaín, ay de ti ciudad de Betsaida, porque si en las ciudades de tiro y de Sidón se hubieran realizado los prodigios que se han hecho en ustedes, hace mucho tiempo que hubieran hecho penitencia, cubiertas de sayal y de ceniza”. 

Sí, somos un pueblo privilegiado, lo han dicho los Papas también, no hay otro país, otro pueblo como México que haya recibido tantos privilegios de parte del cielo a través de la Virgen de Guadalupe, no hay otro lugar en el mundo, eso me lo enseñaron ustedes desde que yo llegué, aquí en México he escuchado decir que “como México no hay dos”. Es verdad, han sido privilegiados, pero atención, cada regalo de parte del Señor implica un compromiso de parte nuestra, no podemos quedarnos sentados en los honores, en el lugar privilegiado. 

Nos puede pasar lo mismo que al pueblo de Israel, que el pueblo elegido no se dio cuenta que el Señor pasaba, estaba tan lleno de sí mismo, seguro de sí mismo, que no se dio cuenta del Señor que pasaba y lo llamaba a la conversión; este tiempo es exactamente ese tiempo, un tiempo en que el Señor pasa, pasa en medio de nosotros y nos llama a conversión.

Yo lo digo siempre, lo he dicho en otras Iglesias de México, lo repito otra vez aquí, una de las cosas que aprendí y que me dio mucha alegría cuando fui nombrado a México era saber que México es un país joven, pues la mitad de su población tiene menos de 25 años, pero si yo miro la asistencia y pido que levanten la mano los que tienen menos de 25 años, no lo hago para no quedar avergonzado, no hay ni la mitad de la asistencia que tienen menos de 25 años, esto tiene que preocuparnos.

De verdad tenemos que hacer nuestra la primera lectura: “Reconocemos que el Señor Dios nuestro es justo y todos nosotros, los habitantes de Judea y de Jerusalén, nuestros reyes y príncipes, nuestros sacerdotes, profetas y padres, nos sentimos llenos de vergüenza porque hemos pecado contra el Señor y no le hemos hecho caso, le hemos desobedecido, no hemos escuchado su voz ni hemos cumplido los mandamientos que Él nos dio, por eso han caído ahora sobre nosotros las desgracias”. Es una Palabra que nos ilumina mucho, porque la tentación que tenemos todos, mirando a las cosas que no van bien han hecho que mucha gente se aleje, que mucha gente quede indiferente; muchas veces la tentación que tenemos es decir: “Qué mala es la gente, cuánta gente mala, cuánta gente indiferente, es su culpa; son ellos los malos, son ellos los indiferentes” y la Palabra de Dios hoy nos dice: “No, no, no”. 

Levantamos las voces y con razón porque se aprueban leyes contrarias a la vida, a la moral cristiana, pero la culpa no es de los que han aprobado las leyes, la Palabra de Dios lo dice: “Es mi culpa”, nosotros no hemos hecho, no hemos actuado como el Señor nos pedía.

Tenemos, sobre todo nosotros clérigos, los sacerdotes, los obispos, que tomar la misma actitud que hay en las familias, pues cuántas veces las familias, los papás, se encuentran con dificultad para transmitir a sus hijos sus valores, su fe; cuántas veces pasa que un hijo toma una vía que el papá o la mamá sabe que no es buena, que no va a llevarle a nada bueno y esto llena de dolor a los papás, pero yo nunca he escuchado a un papá que me dice: “tengo un hijo en verdad malo”, a una mamá que diga: “mi hijo es malo”; siento, más bien, esta pregunta de parte de los papás: “¿Qué hemos hecho para que nuestro hijo haya tomado esta vía?, ¿Qué hemos hecho nosotros?, ¿En qué hemos faltado?, ¿En qué hemos fallado?”. Cuando se quiere de verdad a alguien no se le culpa, nos preguntamos en qué hemos fallado nosotros. 

Los padres son modelo para nosotros como Iglesia de cómo tenemos que enfrentar la situación, no tanto juzgar y condenar a los que se desvían, sino preguntarnos qué nos ha fallado, qué no hemos hecho bien. Es lo que nos sugiere la Palabra de Dios hoy.

Me ha alegrado mucho unas palabras que he tenido con el Sr. Arzobispo unos minutos antes de la celebración, saber que la Arquidiocesis está tratando de poner encima de sus planes pastorales la formación de los laicos, la atención a los jóvenes, pienso que es algo fundamental, no se puede seguir adelante con una Iglesia que se contenta sólo de servir a los adultos y a los mayores, porque es una Iglesia que va a morir, como nosotros vamos a morir, que no tiene futuro.

Hay que preguntarse, puede ser con el mismo dolor con el cual se preguntan los papás cuando el hijo se desvía ¿Qué nos ha fallado?, ¿En qué tenemos que cambiar?. ¿Tenemos que cambiar? ¡Sí!, no se puede hacer como siempre se ha hecho porque el tiempo ha cambiado, vivimos un cambio de época y lo saben bien las familias; saben que es difícil educar y crecer a sus hijos, cuando son pequeños es muy fácil, pero después de la adolescencia en adelante no es para nada fácil, tenemos que juntar esfuerzos con las familias para, juntos, ayudar a nuestros hijos a crecer en la fe.

Hoy el Papa, se los decía al principio, ha hecho la ordenación de obispos y ha dicho una cosa muy sencilla, nada original de lo que está escrito en el libro de los Hechos de los Apóstoles, ahonda en un momento al principio de la comunidad cristiana que empezó a crecer, a ser más grande, mucha gente se unía, entonces había muchas cosas que hacer, se multiplicaban las necesidades, los Apóstoles eran doce y no eran suficientes, no alcanzaban a responder a todas las necesidades, entonces inventaron un servicio nuevo que Jesús no habría inventado, los diáconos, y dijeron los Apóstoles “damos a los diáconos todos los demás servicios que la comunidad necesita, nosotros nos quedamos con la oración y el anuncio de la Palabra”, esta es la función fundamental de los Apóstoles y por consecuencia de los sacerdotes de los Obispos. Este es nuestro servicio fundamental, por los demás se puede instituir ministerios, llegar a los diáconos, a los laicos, lo nuestro es la oración y el anuncio de la Palabra.

La oración es hablar con el Señor, escucharlo, escuchar su Palabra, presentarle la necesidad del pueblo, esta es la oración, esta es la fundamental misión, hablar al Señor en nombre del pueblo, escuchar al Señor para después hablar al pueblo; si no hay oración, esas palabras son nuestras palabras y no valen nada si no son palabras que no hemos escuchado del Señor la oración y el anuncio de la Palabra.

Les dejo con un pequeño deber a casa por todos los sacerdotes y Obispos aquí presentes, hacernos un pequeño examen de conciencia, no tanto sobre los pecados, estamos ya acostumbrados a eso, más bien un examen de conciencia sobre cómo hemos utilizado el día, cuánto tiempo de mi día ha sido dedicado a la oración y al anuncio de la Palabra porque eso es fundamental, el resto es accesorio, es secundario puede estar o no, puede estar pero esto es lo fundamental. ¿Puedo decir que lo principal en mi día es la oración y el anuncio de la palabra?. 

Pidamos al Señor que toque a nuestro corazón, necesitamos que el Señor toque a nuestro corazón, escuchemos lo que han cantado durante el Aleluya “hagamos caso al Señor que nos dice no endurezcan el corazón”; a veces tenemos el corazón endurecido, acostumbrado, siempre se ha hecho así ¿Por qué tengo que cambiar?. ¡No!. ¿Cuánto tiempo dedico para escuchar al Señor y a escuchar su palabra?. Esto es lo fundamental de mi ministerio. 


+ Franco Coppola

Nuncio Apostólico en México