Logo Arquidiocesis

 

 

 

Logo RESAR

     

Homilías

HOMILÍA DEL DOMINGO I DE CUARESMA.

febrero 18, 2018

 

“Ahora establezco una alianza con ustedes” (Gn 9,8).

 

En la primera lectura del Libro del Génesis Dios le dice a Noé: “Establezco una Alianza con ustedes” (Gn 9,8). Lo primero que tenemos que descubrir es qué tipo de alianza es la que plantea Dios.

Normalmente entendemos las alianzas entre dos partes, en donde cada una de esas partes se compromete a algo y, si una parte no cumple lo que prometió, la alianza queda rota, ya no hay obligación de mantenerla.

La Alianza que Dios ofrece no es una Alianza bilateral, es decir, no es de dos partes en cuanto al compromiso. Es de dos partes en cuanto al beneficio que una parte le quiere dar a la otra, es decir, es una Alianza unilateral. Dios es el que se compromete y nosotros somos los beneficiados si aceptamos esa Alianza que nos ofrece Dios.

Esta Alianza, dice en la segunda lectura San Pedro, se actualiza en cada uno de nosotros por el Bautismo. Y como es una Alianza unilateral y benéfica, entonces por eso el Bautismo se puede recibir en cualquier condición, aún de infante, de niños, que todavía no saben lo que reciben. Ningún infante rechaza el cariño de su madre, lo acepta incondicionalmente de forma inconsciente. Así actúa la Iglesia con los hijos que le presentan, ustedes padres de familia, porque saben el beneficio de recibir el Bautismo.

Este Bautismo se refiere sobre todo, dice San Pedro, para que tengamos una buena conciencia que nos permita descubrir la luz de Dios en nuestra vidas. El Bautismo lo recibimos de forma individual, pero el efecto de haberlo recibido, es lo que hoy podemos descubrir en el Evangelio, tiene consecuencias favorables para la comunidad.

Dice Jesús que el Reino de Dios ha llegado con Él. Él porta el beneficio pleno de esta Alianza que Dios ofrece a la humanidad. Y eso es lo que anuncia, por eso es una Buena Nueva, es Evangelio, eso significa esta palabra. La Buena Nueva. Lo único que pide de nuestra parte es correspondencia. Y por eso Jesús dice: Entren en un camino de conversión, de arrepentimiento. Arrepiéntanse cuando su conciencia les haya dicho que han actuado mal y entonces recibirán el perdón.

Y el efecto de recibir el perdón es la oportunidad de nuevo de rehacer la vida, de comenzar una nueva etapa, beneficiándonos de la amistad y del amor de Dios. Esta Alianza, por tanto, no se rompe cuando pecamos. De parte de Dios, jamás la rompe él. Somos nosotros los que rechazamos esa Alianza, cuando no seguimos a Jesús para hacer de nuestra presencia, presencia de Dios para los demás.

Sin embargo, cualquiera que haya hecho lo peor en esta vida, siempre tendrá la oportunidad mediante el arrepentimiento y el perdón, de volver a recuperar su condición de Hijo de Dios, y de ser auxiliado y acompañado en su vida ante las adversidades que tendrá que pasar, porque Dios es nuestro Padre.

Para eso envió a Jesús y por eso hoy lo anuncia la Iglesia en este tiempo de la Cuaresma, y es lo que nos va a ir recordando a lo largo de estos cuarenta días.

El Evangelio ha introducido brevemente esta experiencia, que el mismo Jesús experimentó en el desierto, una vida adversa, porque estaba en medio de animales salvajes: “Vivió allí entre animales salvajes, pero los ángeles le servían” (Mc 1,12).

Los ángeles también a nosotros nos van a servir de la misma manera que a Jesús. En nuestra vida afrontaremos muchas dificultades, muchos momentos en que tendremos qué decidir qué hacer. Y por eso, el efecto de esta Alianza se plenifica cuando hacemos una vida en común, compartimos con los demás nuestra condición de Hijos, y resolvemos mediante el arrepentimiento el perdón y la vuelta a Dios, los problemas que nos atañen, los problemas que hemos de afrontar, particularmente en este tiempo.

¿Quién mejor que una madre resuelve los problemas desde la niñez entre los hermanos? ¿Quién mejor que una madre es la que convoca a los hermanos cuando ya están mayores para resolver un conflicto de familia. Por eso Jesús se hace presente en este país, que está viviendo momentos tan conflictivos de polarización y de falta de respeto a la dignidad humana, mediante su madre, María de Guadalupe.

Por eso estamos felices de estar hoy aquí, porque sabemos que contamos con ella para que abra nuestro corazón y compartamos nuestra propia conciencia con quienes más amamos en los círculos de familia y en los círculos de amistad, en los círculos de la Iglesia y en los círculos de la sociedad.

Si nos atenemos a esta fuerza de Dios que transforma el corazón de piedra en un corazón de carne, podremos resolver los conflictos que hoy vivimos como país. Para eso ha venido María de Guadalupe. Invoquémosla con corazón abierto como a una madre, para que ella nos conduzca a Nuestro Salvador y Redentor, que transformará nuestras vidas en lo personal y en lo social.

Que así sea.

 

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo Primado de México.