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Homilías

HOMILÍA DEL DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO, FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR.

agosto 06, 2017

Homilía del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario, Fiesta de la Transfiguración del Señor.

“Vi a alguien semejante a un Hijo de hombre” (Dn 7, 13)

 

Este Domingo coincide con la fiesta de la Transfiguración del Señor. En la escena del Evangelio podemos descubrir los elementos necesarios para crecer y desarrollar nuestra relación con Cristo para que sea una relación de intimidad, de profundidad, de creciente amistad, como les pasó a estos tres Apóstoles.

La Transfiguración significa que podemos ir más allá de la figura, de lo que vemos con los ojos. Cuando nos miramos unos a los otros, vemos el cuerpo, el rostro, pero no conocemos su intimidad, su interior, lo que piensa, lo que siente, lo que anhela, lo que teme. Podemos estar físicamente cerca, pero el estar cerca no va a conducirnos necesariamente a la puesta en común de lo que llevamos dentro. Nos quedamos en el conocimiento de lo exterior, del cuerpo. En cambio hemos escuchado lo que sucede con estos tres discípulos: Pedro, Santiago y Juan, cuando Jesús los toma consigo y suben a un monte elevado para orar.

Un primer elemento que descubrimos: es ser miembros de la comunidad de discípulos. Esa condición los llevó a la experiencia de ser testigos de la transfiguración de Cristo. Para eso es la Iglesia, para abrir un espacio en donde desarrollemos una relación íntima con Jesús. Pertenecer  a la comunidad de discípulos es indispensable; ya que es muy difícil que uno, individualmente, logre esa experiencia: nos necesitamos. Por eso Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a Juan. Dice el texto que vieron cómo se transfiguraba la presencia (Mt 17,2), el rostro de Jesús se ponía resplandeciente como el sol, pero de pronto aparecieron Moisés y Elías conversando con Jesús.

Segundo elemento: Para intimar con Jesús necesitamos la Sagrada Escritura, simbólicamente expresada aquí en la presencia de Moisés, de Elías y de Jesús. Pero Jesús está al centro, con lo cual nos indica un criterio muy importante para la lectura y meditación de la Sagrada Escritura. Toda la Biblia debe ser leída siempre bajo el filtro de Jesucristo. Y, todo lo que no coincida con las enseñanzas de Jesús en los Evangelios debemos desecharlo, dejarlo como parte de un itinerario que recorrió el pueblo de Israel o algunos de sus miembros. Eso significa esa presencia central de Cristo con Moisés y Elías. Moisés, formador del Pueblo, Elías, padre del profetismo. Nunca nos debemos de quedar aisladamente en una expresión bíblica del Antiguo Testamento, si no está interpretada y relacionada con los Evangelios.

¿Qué significa esto? Significa algo que nos va a suceder en nuestra existencia, en nuestro camino personal. Hay muchas cosas que en algún momento de nuestra historia, de nuestro caminar, nos sirvieron, pero ya no nos sirven más. Son recuerdos y experiencias de las que tenemos que aprender, pero no quedarnos en ellas. No nos podemos anclar en el pasado, sino mirar hacia el futuro y despojarnos de aquello que ya no nos sirve para el mañana. Y esto lo podemos descubrir en Jesucristo, a través de su Palabra.

Fíjense bien lo que dice el texto: aparecieron Moisés y Elías conversando con Jesús. (Mt 17,3) Conversando, hablando, compartiendo. No vamos a crecer ni a desarrollarnos si guardamos todo lo que tenemos en nuestra experiencia personal como en una concha, como en un cajón de nuestro tesoro que nadie debe de saber. Estamos hechos para compartir. Por eso son tan indispensables los círculos de amistad, los acompañamientos, el dialogar hablando y escuchando, poniendo en común lo que pensamos y queremos.

Tercer elemento: “Este es mi hijo muy amado, en quien he puesto mis complacencias, escúchenlo” (Mt 17,5). Cristo al centro. Nos podemos escuchar unos a otros, pero si no ponemos a Cristo en el centro, nuestras conversaciones se vuelven superficiales, insignificantes, no nos dicen nada para nuestra vida. Son solamente circunstanciales de nuestros contextos, pero no entramos en la transfiguración del otro y no doy oportunidad de presentar mi transfiguración a los otros. “Escúchenlo, éste es mi Hijo amado.” (Mt 17,5). ¡Éste es el modelo, somos discípulos de él, él es el Maestro!

Cuarto elemento: Ante lo que vamos descubriendo en comunidad, en grupo, al leer la Palabra de Dios en familia, en un círculo de amigos y lo compartimos, empezarán a surgir los miedos, el temor, como en Pedro, Santiago y Juan. ¿Cómo va a ser posible que yo, pueda desarrollar esto en mí?  ¿cómo va a ser posible que yo pueda crecer? Y me dará miedo soltar mis amarras, que hasta ahora me han dado seguridad, mis relaciones que me parecen indispensables, pero tengo que soltarme para alcanzar la libertad, la libertad interior de la toma de decisiones. No puedo depender de los otros, tengo que depender de mi Señor, de mi Maestro. Los otros me ayudan, son reflejo, son espejo, pero la Palabra del Señor debe de estar al centro.

 Y ¿cómo podemos vencer estos temores? Jesús dice al final de Evangelio, cuando bajaban del monte: no le cuenten a nadie lo que han visto hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos (Mt 17,9). Jesús advierte que debemos vivir la experiencia de resurrección para anunciar lo que este proceso de vida ha generado en nosotros: la centralidad de Cristo, bajo la conducción del Espíritu Santo. Tenemos que hacer nuestro el caminar siguiendo a Jesucristo. Pedro en la segunda lectura, narra su experiencia personal: “cuando les anunciamos la venida gloriosa y llena de poder de nuestro Señor Jesucristo, no lo hicimos fundados en fábulas hechas con astucia, sino por haberlo visto con nuestros propios ojos en toda su grandeza” (2 Pe, 16). Cristo no es un mito ni es una leyenda, Cristo es una realidad viva, presente, pero tenemos que descubrir esa presencia. Y cuando la descubrimos, cuando seguimos y superamos nuestros temores de lo que implica ser discípulo de Cristo, entonces no sólo nos volvemos libres en la toma de decisiones, sino nos volvemos fuertes, adquirimos nueva vida, la vida del Espíritu.

Y es entonces, cuando seremos auténticos evangelizadores. Predicadores no de discursos, ni de teorías, ni de conceptos, sino evangelizadores que tienen la experiencia, como Pedro, de ver con sus propios ojos, de experimentar en su propia persona, quién es Jesucristo y lo que me ha dado, cómo me ha cambiado, cómo me ha transformado. Lo habré vivido en mi propia carne. Eso es lo que quiere decir la primera lectura: vi a alguien semejante a un Hijo de hombre (Dn 7, 13). Con estas palabras, el profeta Daniel anunció que la salvación vendría de un hombre bajado del cielo. En efecto, se refiere al Misterio de la Encarnación y de la Redención. Jesús se hizo hombre, para manifestar que desde la misma humanidad, desde nuestra propia carne, surge la redención en Jesucristo. Dios envió a su Hijo al mundo para hacerse hombre y caminara como hombre para que veamos y aprendamos de Él, que es posible vivir como Hijos de Dios, como familia de Dios bajo la conducción del Espíritu Santo.

Hoy, pues, en este Domingo de la Transfiguración del Señor, no tengamos miedo. Avancemos en nuestro conocimiento y experiencia del Maestro. Abramos nuestro interior a Él en la lectura de la Palabra de Dios, en el compartir con otros discípulos de Cristo y en el caminar como Iglesia para poderlo anunciar como la fuente de la vida, la fuente de la resurrección, que va produciéndose en nosotros.

Que así sea.

 

+ Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla