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Homilías

HOMILÍA DEL DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO: “EL QUE QUIERA VENIR CONMIGO” (MT 16,24).

septiembre 03, 2017

Homilía del Domingo XXII del Tiempo Ordinario

03 de septiembre del 2017

“El que quiera venir conmigo” (Mt 16,24).

 

Así dice Jesús a sus discípulos: “El que quiera venir conmigo” (Mt 16,24). Les decía en la introducción de la Eucaristía que la Palabra de Dios hoy, nos presenta el camino del discípulo de Cristo. Vamos a reflexionar en este camino del discipulado a partir de los tres textos, que presenta la Liturgia. Tres palabras nos ayudarán en nuestra reflexión: La libertad, el amor, y la capacidad de renuncia.

La libertad, dice Jesús: “El que quiera” (Mt 16,24). Jesús no obliga a nadie a ser su discípulo, por tanto, pensemos cuántas veces nos hemos equivocado en imponer ser católico a los demás. Cuántas veces hemos intentado por la fuerza de la autoridad, o por otros medios, que otros sean discípulos de Cristo. Lo primero a tener muy claro es que, para ser discípulo de Cristo, tiene que ser una decisión libre.

¿Cómo podemos proponer esta libertad por ejemplo, en la familia, los papás a sus hijos todavía niños, si no tienen la capacidad de discernimiento, para tomar una decisión plenamente conscientes, libres? Hay que ofrecer quién es Cristo, hay que presentarlo, hay que anunciarlo, hay que darlo a conocer; para que vaya surgiendo la inquietud y, de esa inquietud, en el momento oportuno, conforme a la edad, conforme a las circunstancias vividas, pueda hacer la opción por Jesucristo. Por eso, los padres de familia nunca podrán estar satisfechos con haber mandado a sus hijos al catecismo. Tiene siempre que estar acompañándo a sus hijos para que esa inquietud crezca, se desarrolle en el seno de la experiencia familiar.

Si a Jesús, solamente lo presentamos en el Templo o en los espacios de la acción pastoral de la Iglesia, la inquietud puede dormirse, pensando el niño o el joven adolescente, que es una cuestión de la Institución Eclesial el acudir al catecismo. En cambio, si en la familia, si en los contextos de relación humana, hacemos presente la necesidad de conocer a Jesucristo, entonces la inquietud crece, se desarrolla, se nutre y se asume por qué es importante conocerlo para nuestra propia vida y en todos los contextos en que vivo. De allí surgirá la libertad para decir: ¡Yo quiero ser discípulo de Cristo! Vale la pena ser discípulo de Cristo, porque me trae un gran beneficio, porque me ilumina, me orienta en todo lo que veo que sucede y acontece en el mundo de hoy. La libertad es el primer paso para ir tras Jesús: si quieres ser mi discípulo, el que quiera ser mi discípulo (Mt 16,24).

El segundo elemento es el amor. Y, ¿cómo nace el amor? El amor nace de la vista, nace de la escucha del otro, del intercambiar palabras, de empezar a relacionarse y conocerse, sabiendo qué es lo que trae dentro. Si nuestra conversación es solamente sobre el clima, sobre el deporte, sobre el mercado, nuestra conversación es superficial. Si nuestra conversación se adentra en aquello que llevamos en el corazón, en nuestras preocupaciones y en nuestras ilusiones, entonces empezamos a conocer al otro, empezamos a intimar en la amistad. Y de la amistad es muy fácil pasar al amor. Por eso Jesús nos pide escucharlo a Él.

 Hemos escuchado el testimonio del Profeta Jeremías en la primera lectura, cuando afirma con toda claridad: “Me sedujiste Señor, y me dejé seducir” (Jr 20,7). Es en el diálogo, en la escucha de la Palabra que Jesús nos seduce y de la seducción viene la pasión propia del amor. Eso es lo que vemos en Jeremías, una gran capacidad de afrontar cualquier circunstancia adversa porque defiende lo que está en su corazón. Así lo dice el término de la lectura: “En mí había como un fuego ardiente, encerrado en mis huesos. Yo me esforzaba por contenerlo, pero no podía” (Jr 20,9). Es la fuerza del amor, que no se puede contener, se tiene que transmitir. Si uno está seducido por el Señor, uno seduce a los demás para que lo conozcan y lo amen. El amor es el segundo paso del discípulo de Jesús y ése se va desarrollando a lo largo de la escucha de la Palabra. Por eso es tan importante la lectura de los Evangelios, por eso siempre está presente en la Eucaristía en esta primera parte para escuchar su Palabra.

El tercer elemento es la capacidad de renuncia. Dice Jesús en el Evangelio con toda claridad: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo” (Mt 16,24). ¿En qué consiste esta renuncia? ¿En no tener nada? ¿En una pobreza radical? Muy pocos la podrían seguir. Sin embargo, si la entendemos bien, muchos la podremos seguir. Para eso la segunda lectura del texto de la carta que San Pablo escribe a la comunidad cristiana de Roma, afirma: “Por la misericordia que Dios les ha manifestado, los exhorto a que se ofrezcan ustedes mismos como una ofrenda viva, santa y agradable a Dios, porque en esto consiste el verdadero culto” (Rm 12,1). No son las cosas, disculpen, no son las mandas, no son los objetos que regalamos a Dios. Según nosotros, según nuestra mentalidad, le ofrezco al Señor este vestidito nuevo para la Virgen, le ofrezco ésto, le ofrezco el otro.  Esto no es lo que quiere el Señor. Lo que Él desea es que nosotros mismos, nuestra persona, se la ofrezcamos, es decir, que nuestra vida refleje ese amor y esa pasión que causa la relación con Cristo. Esta es la naturaleza propia del discípulo de Cristo, en eso consiste el verdadero culto.

Por eso si ustedes se fijan la Eucaristía, es el intercambio de nuestra voluntad por la voluntad de Jesucristo. Él nos ofrece su presencia en el Pan Eucarístico para que nosotros nos nutramos de él y tengamos esa fuerza interior de darlo a conocer a los demás. No es para quedarnos con esa hermosa experiencia de relación con Jesús, sino para que lo transmitamos a los demás.

San Pablo afirma también, que este proceso va a ir operando en nuestro interior una transformación de nustra persona y nuestra conducta según el Espíritu del amor, y no conforme a los criterios de este mundo. ¿Cuáles son esos criterios de este mundo? El egoísmo, es decir, que cada quien se rasque con sus propias uñas, tener todo lo que puedas adquirir para que puedas realizar lo que a ti se te antoje, lo que tú quieras: dinero, bienes, riquezas. ¿Cuáles son los criterios de este mundo? Aprovechar las oportunidades cuando se presentan, aunque con ellas lastimes o hieras a los demás, ¡aprovéchalas!

Estos criterios del mundo van transformando a la persona, en una persona que no le importa lo que le pasa al prójimo, porque no lo descubre como su hermano, se le olvida que el otro es también hijo de Dios. En cambio los criterios de Jesús, Maestro, es que descubramos su presencia en todos y cada uno de nuestros prójimos.

Por eso dice San Pablo: “No se dejen transformar por los criterios de este mundo, sino dejen que el Espíritu los transforme internamente para que sepan distinguir cuál es la voluntad de Dios, es decir, lo que realmente es bueno, lo que le agrada a Dios, lo perfecto” (Rm 12,2).

Estos son los tres elementos que hoy la Palabra de Dios pone a nuestra consideración: Libertad para querer seguir a Jesucristo. Experiencia del Amor, escuchando su Palabra y conociéndolo a Él, para que nos seduzca. Y, generosidad para renunciar a las seducciones del mundo, y llevar a cabo lo que es bueno, lo que le agrada a Dios, lo que es perfecto.

Que así sea.

 

+Carlos cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla.