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Homilías

HOMILÍA DEL DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO: “A TI, HIJO DE HOMBRE, TE HE CONSTITUIDO CENTINELA PARA LA CASA DE ISRAEL” (EZ 33, 7).

septiembre 10, 2017

Homilía del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario

10 de septiembre del 2017

“A ti, hijo de hombre, te he constituido centinela para la casa de Israel” (Ez 33, 7).

 

Así le dice Dios al profeta Ezequiel. Se lo dice en momentos en que está totalmente desorganizada la sociedad del pueblo de Israel. Han sufrido la catástrofe más grande de su historia. Han sido prisioneros, exiliados a Babilonia, y todo ha quedado destruido: El Templo, las murallas de la ciudad, todo es ruina y desorden. Es necesario que surja la esperanza, es necesario indicar el camino para que el pueblo recobre la vida. “A ti, hijo de hombre, te he constituido centinela para la casa de Israel” (Ez 33,7). Esta es la misión del profeta, y así lo hace Ezequiel, y se reconstruye Jerusalén, y el pueblo vuelve a tener vida, y no se pierde diseminado, perdido, entre otras naciones del dominio babilónico.

Hoy, nosotros también vivimos una situación compleja, difícil, donde va creciendo la presencia del mal, donde la sociedad se va desintegrando, donde impera la violencia y la agresión. Es necesario de nuevo reconstruir nuestra relación social; por eso, esta palabra se vuelve para hoy, para nuestro tiempo: “A ti (a cada uno de nosotros), te he constituido centinela para la casa de Israel. Cuando escuches una palabra de mi boca, tú se la comunicarás de mi parte” (Ex 33,7).

Este texto que hemos escuchado, es aproximadamente del siglo V antes de Jesucristo. En tiempo del Antiguo Testamento, los profetas se consideraban como hombres especiales, que tenían esa vocación. Pero, cuando llega Jesús universaliza esta misión profética (él trae de parte de su Padre la misión de comunicarnos, quién es el verdadero Dios, cuál es el rostro de Dios, y qué espera de nosotros). Jesús amplía la misión profética a todos sus discípulos, a todos nosotros. Por eso la Iglesia enseña claramente que cuando somos bautizados recibimos el sacerdocio de Cristo, que nos hace profetas, sacerdotes y reyes. Profetas para hablar en nombre de Dios, para transmitir lo que Dios quiere de nosotros. Sacerdotes para poder ser intercesores, animadores, mediadores de la relación con Dios, y Reyes para que, a través de nuestra persona y de nuestras comunidades, llámese familia, círculo de amigos, círculos laborales, se haga presente el único Rey, Dios en medio de nosotros.

En el Evangelio, la recomendación de Jesús está dirigida a todos sus discípulos. Jesús les dijo: “Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas” (Mt  18,15). Privadamente, de tú a tú, para que no lo exhibas, para que le des la oportunidad de rectificar a la luz de su conciencia; pero háblale, háblale en nombre de Dios, dile lo que se espera de él, dile lo que tiene que corregir y, “si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas” (Mt 18, 16), sobre todo de quienes conocen a esa persona, de quienes le tienen confianza, y que él sabe le van a hablar porque quieren su bien. A veces tiene que hablar la mamá solamente, el papá sólo, el hermano sólo, y luego, si no hace caso, tenemos que buscar que nos acompañen papá y mamá o papá y hermano, o tío o abuelo o abuela, alguien que pueda hablar, sabiendo que lo que le van a decir es su bien; dos o tres personas.

“Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad” (Mt 18,17). ¿Ven la importancia de tener pequeñas comunidades cristianas? Ya tenemos mil quinientas pequeñas comunidades en nuestra Arquidiócesis, pero apenas integran dieciocho mil católicos, cuando somos dos millones cuatrocientos mil católicos en la Arquidiócesis de Tlalnepantla, que no tienen esta expresión de vida de comunidad a la luz de la Palabra de Dios. Por eso andamos tan desordenados, porque Jesús dice: “Si ni así te hace caso, díselo a la comunidad” (Mt 18,17). Este es otro recurso más para que vea, el que va por camino equivocado, que no es sólo su madre, sólo su padre, sólo su amigo, sino es con quien ha compartido la vida, con quien convive habitualmente, donde radica, donde tiene sus raíces, que todos están preocupados por él. Y, “si ni así hace caso a la comunidad, apártate de él” (Mt 18, 17). Debemos seguir este recorrido, estas tres instancias: a solas, acompañados por dos o tres, y si hace falta por la comunidad.

A la Iglesia le falta esta expresión comunitaria de sus fieles. Tenemos que trabajar mucho en este sentido. Y además, Jesús recomienda que si hacemos esto, lo que está atado en la otra persona que hace caso, será desatado. Es decir, le hemos vuelto a dar la libertad de los hijos de Dios y la relación con Dios, como a su Padre.

Pero también dice Jesús al final de este texto: “Les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se los concederá, porque donde dos o más se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 19-20). Desde que iniciemos el proceso de ir a hablar a solas, no nos olvidemos de orar, de pedirle a Dios la gracia de mover el corazón de esa persona, de que reciba la ayuda de Dios. Es la oración comunitaria, dos o tres en nombre del Señor, no solamente individual, sino comunitaria. Hay que aprender a orar juntos por lo que nos preocupa y por lo que vemos de mal en nuestros prójimos, especialmente los más cercanos. Muy especialmente debemos orar con intensidad y esperanza si no nos hacen caso. Eso, queridos hermanos, es lo que expresa San Pablo en la segunda lectura: “No tengan con nadie otra deuda que la del amor mutuo, porque el que ama al prójimo ha cumplido ya toda la Ley” (Rm 13,8).

Este proceso indica Jesús para ser profetas hoy. Estamos llamados desde nuestro bautismo a ser Profetas, es la vivencia del amor, así se ama. Este es el camino del amor: estar pendientes de mi hermano y no volver a ese pecado inicial de la humanidad, cuando Dios le pregunta a Caín: “¿Dónde está Abel, tu hermano? Responde Caín: ¿No lo sé, acaso soy yo el guardián de mi hermano?” (Gn 4,9). Ahí se rompe la fraternidad de la humanidad.

Somos guardianes, centinelas de nuestros prójimos, especialmente de los que están cerca de nosotros y convivimos con ellos. Pidámosle a Dios, nuestro Padre común y raíz de la fraternidad, como Comunidad de los Discípulos de Cristo, como Asamblea Santa, y Pueblo de Dios, que nos ayude a realizar nuestra vocación de profetas en el mundo de hoy.

 

+ Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla.