Logo Arquidiocesis

 

 

 

Logo RESAR

     

Homilías

HOMILÍA DEL DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO

octubre 08, 2017

 

“Por último, les mandó a su propio hijo, pensando: a mi hijo lo respetarán” (Mt 21,37).

 

Es verdad que la parábola que expresa Jesús, y que hemos escuchado hoy, tiene su interpretación central en el rechazo que el pueblo de Israel ha tenido para con Jesús, pues no lo ha reconocido como el Mesías, el enviado del Padre. Sin embargo, hay dos aspectos que siendo importantes pueden pasar de lado a nuestra meditación, y que son de nuestro interés.

Al proponer Jesús esta parábola, la refiere a lo que escuchábamos en la primera lectura del profeta Isaías, que la casa de Israel, el pueblo elegido, era la viña del Señor, quien la cuidó con mucho amor, atención, y dando todo lo que estaba de su parte, como lo explicita el profeta Isaías: “¿qué más pude hacer por mi viña que yo no lo hiciera ?” (Is 5,4). Jesús está indicando al asumir esta parábola, la importancia de la corresponsabilidad, que tenemos nosotros como pueblo. Este es el primer aspecto.

Muchas veces, sea por educación de nuestra familia, sea por la espiritualidad individualista que a veces hemos asumido, hemos dejado de lado la corresponsabilidad solidaria, diciendo: yo y Dios. Con que yo esté bien con Dios, allá los demás que les vaya bien, o que hagan lo que pueden.

En la concepción bíblica el proyecto de Dios, exige, pide la corresponsabilidad. La llegada del Reino de Dios está condicionada a nuestra respuesta comunitaria, a que nosotros participemos de él como pueblo, es decir como una comunidad, como la familia de Dios; de manera que nuestra responsabilidad es, no sólo personal, nuestra propia respuesta debe cuidar también el fomentar, alentar, y motivar la corresponsabilidad de los demás.

 De la misma manera que sucede en el seno de una familia integrada entre esposo y esposa, entre padres e hijos, que se preocupan unos por los otros, así lo tenemos que extender y ampliar en la relación del barrio, de los vecinos, de la colonia, de la sociedad. La vida comunitaria exige la corresponsabilidad. Eso es lo que quiere Dios de nosotros, porque a cada uno de nosotros Dios nos ha adoptado como hijos suyos, somos sus hijos, y por tanto somos hermanos. Este es el primer aspecto que no debemos dejar de lado.

 El segundo aspecto de la Palabra de Dios que hoy hemos escuchado es: fijémonos no solamente en el castigo que viene a quien no cumple su responsabilidad, sino sobre todo en la paciencia y el amor que Dios tiene, y que nos va a tener a cada uno de nosotros durante toda nuestra vida.

 Hay mucha gente que cuando comente un pecado, cuando realiza una injusticia, cuando cae en un acto de corrupción, se siente mal, su conciencia se lo advierte, pero no piensa en levantarse, no cree posible salir de esa situación, y se va hundiendo cada vez más, porque considera que ya está todo mal hecho, perdido, que ya no tiene forma de recuperarse; sin embargo vemos tanto en la primera lectura, como en ésta del Evangelio, cómo Jesús presenta a un Dios que una y otra vez, intenta recuperar la buena relación con su hijos. Siempre está pendiente de darnos una nueva oportunidad y levantarnos.

El amor de una madre o de un padre de familia que, aunque ve a su hijo perdido, tiene la esperanza de recuperarlo y que vuelva por el buen camino, y no pierde esa esperanza; así es Dios. Nosotros estamos hechos a su imagen y semejanza. Dios es amor y va a darnos todas las oportunidades que sean necesarias hasta rescatarnos y redimirnos. Y eso es sumamente importante que lo favorezcamos con el primer aspecto, la corresponsabilidad, el sentirnos parte de un pueblo.

En días recientes hemos vivido un desastre trágico: los sismos, los huracanes y muchos ciudadanos han salido en ayuda, han dado testimonio de la solidaria corresponsabilidad. De esa misma manera lo tenemos que hacer en los distintos niveles de nuestra relación con los demás:  señalar, indicar todo lo que es bueno, todo lo que nos favorece, porque somos más dados -disculpen que lo diga así-, a señalar lo que sale mal y a tratar de culpabilizar y señalar los responsables de por qué salió mal algo; en cambio nos cuesta señalar lo que sale bien, y ayudarle al que lo hizo bien a que se autoafirme en esas cosas buenas que realiza, en esos valores. Esto sucede incluso en el mismo seno de la familia. Papá y mamá, no tengan miedo de señalarle al hijo las cosas buenas que realiza, que se dé cuenta de que es reconocido lo bueno que logra; así formaremos en los valores.

Esto es lo que hace San Pablo en la segunda lectura. Fíjense cómo habla a su querida comunidad de Filipo: “No se inquieten por nada, más bien presenten en toda ocasión sus peticiones a Dios en la oración y en la súplica llenos de gratitud. Que la paz de Dios que sobrepasa toda inteligencia, custodie sus corazones  y sus pensamientos en Cristo Jesús” (Flp 4,6). Les dice San Pablo: “no se inquieten por nada”, tengan esa confianza en este Dios, que los ama, que saben que cuentan con él, y que le pueden suplicar ante cualquier situación que vivimos y que nos parece necesaria la intervención de Dios.

Y todavía más, San Pablo señala algunos aspectos, ocho en concreto, que debemos valorar y debemos señalar a los demás para que también traten de asumirlos como un valor, y vivirlo. Dice San Pablo: “Aprecien todo lo que es verdadero y noble, justo y puro, amable y honroso. Todo lo que sea virtud y que merezca el elogio” (Flp 4,8). Ocho cosas señala en concreto a su comunidad, que nos vendría muy bien asumirlas también nosotros, y estar pendientes cuando veamos que algunos de nuestros miembros de la comunidad lo realizan para señalarlo.

San Pablo continúa diciendo: “Pongan por obra cuanto han aprendido y recibido de mí. Todo lo que yo he dicho y me han visto hacer” (Flp 4,9). Con sinceridad y sencillez expresa su testimonio, su propia vida, su propia manera de actuar. Que también nosotros nos animemos a reconocer la importancia de nuestro propio actuar antes los demás, y entonces, como afirma San Pablo, “el Dios de la paz estará con Ustedes”.

Que así sea.

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla