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Homilías

HOMILÍA DEL DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

octubre 15, 2017

 

 “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?” (Mt 22,12)

 

Esta parábola que Jesús plantea a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo es para señalar que la intervención salvífica de Dios para ayudar a la humanidad está destinada a todos sin excepción, es general. Dios invita a todos y advierte que quienes la rechazen tendrán un triste final.

Pero, a la par, esta parábola nos ayuda a descubrir cómo inicia la relación con Dios y cómo debemos dar nuestra respuesta. La catequesis para la vida cristiana ha insistido en la importancia de la vida sacramental, particularmente en la iniciación de los tres primeros sacramentos: el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.

La parábola descubre que el Bautismo es la invitación generalizada: salgan por todos los caminos a buscar cuantos se encuentren en las encrucijadas, a quien encuentren en las plazas para invitarlos al banquete de Bodas (Mt 22,9). La parábola indica así, que todos somos llamados a una relación con Dios, mucho más allá de lo que hubiere imaginado el hombre.

El ser humano siempre imaginó la existencia de un Dios distante, justiciero, que no perdonaba el pecado, y por tanto, que siempre castigaba al culpable. Jesús mostró que el Dios verdadero es el Dios del amor. Esta invitación general se realiza en el Sacramento del Bautismo, porque en el Bautismo nosotros recibimos la condición de hijos de Dios. Se nos da el Espíritu Santo para ser adoptados como Hijos de Dios.

Cuando un niño nace en el seno de su madre, lo engendra y lo da a luz, el niño no preguntó si quería ser hijo de esa mujer y del padre que lo engendró. Es una gracia, es un don y el niño ya nace hijo y hace padres a sus papás. Lo mismo pasa en el Bautismo: nosotros no preguntamos, normalmente nos  traen nuestros papás y nuestros padrinos, y ellos son los que nos presentan para que ese hijo suyo se convierta en hijo de Dios. Por eso, la Iglesia  administra el Bautismo en la niñez, cuando los niños están pequeñitos porque es el regalo de la filiación divina.

En cambio el Sacramento de la Confirmación es nuestra respuesta personal a Dios. Él nos ha adoptado como sus hijos en el bautismo, pero Él tiene un proyecto para nosotros, una misión. Ese proyecto es ser discípulos de Jesús Maestro, ser discípulos de su Hijo, el Hijo único; ya que también Él nos ha aceptado como hermanos. Él está de acuerdo en que nosotros seamos sus hermanos e hijos de Dios como Él. Jesús lo es por naturaleza, nosotros por adopción. La Confirmación es nuestra respuesta, por eso la Iglesia pide que el Sacramento de la Confirmación lo recibamos cuando ya tengamos conciencia de quiénes somos, para que le respondamos al Señor, y no nos quedemos mudos como este hombre, que no llevaba el traje de fiesta a esta invitación, y por ello, fue expulsado del banquete (Mt 22,12-13).

Así nosotros debemos formarnos para dar esa respuesta, aceptando con plena conciencia que sí quiero ser discípulo de Cristo. Este paso es de suma importantancia, para la persona y para la comunidad, por esta razón hoy día invitamos a todos los niños cristianos que han recibido el Bautismo a participar en la catequesis infantil, a tener seis años de formación para que puedan responderle al Señor y recibir el Sacramento de la Confirmación.

Muchos padres de familia dicen: Pero, ¿para qué tanto tiempo si nada más se van a preparar para recibir el Rito del Sacramento? No, no nada más se van a preparar para participar en el rito del Sacramento. Van a conocer a su Maestro y sus enseñanzas, su testimonio de vida y cómo relacionarse con Él, en la oración y en la práctica de la caridad con sus hermanos.

En el  Sacramento de la Confirmación reciben nuevamente el Espíritu Santo, pero ya no lo reciben como en el Bautismo.  En el Bautismo lo recibieron para ser hijos, aunque no hayan preguntado porque es un regalo, en cambio en la Confirmación lo reciben para tener la fortaleza y la sabiduría de responderle al Maestro como discípulos, para que la persona tenga esa capacidad de unirse a los demás y formar la comunidad de los discípulos de Cristo, que somos la Iglesia.

¿Ven Ustedes qué distante estamos de ese ideal, en el que podamos afirmar que los católicos de México somos discípulos de Cristo? Si ni siquiera queremos a veces que los hijos se formen para recibir al Espíritu Santo en la Confirmación, con plena conciencia y con la capacitación de ser verdaderos discípulos. Por eso tenemos tantos testimonios negativos de quienes son bautizados y forman parte de la Iglesia, porque no conocen a Cristo.

La Eucaristía, es el tercer Sacramento de la Iniciación cristiana, y está pensada para poder participar en ella y recibirla cuantas veces podamos, porque es el Pan, el alimento de la vida diaria del cristiano; en cambio, dado que Dios es fiel y el Espíritu Santo que se nos ha derramado se mantiene durante toda la vida, el Bautismo y la Confirmación basta con que los recibamos una vez para ser hijos, por el Bautismo, y para tener la capacidad de ser discípulos, por la Confirmación. Pero la Eucaristía, esto que estamos aquí celebrando, es para alimentar nuestro Espíritu y fortalecer nuestra debilidad humana y poderle responder a Dios.

La Eucaristía es este banquete de bodas de la Parábola (Mt 22,2), en donde Dios nos fortalece a través del Pan de la Vida. Es la presencia de Jesús en la Eucaristía. El profeta  Isaías  en la primera lectura (Is 25, 6-10) presenta los elementos fundamentales para un aprendizaje que nos ayude a valorar tan gran Sacramento. Y, ¿qué vamos logrando cuando somos asiduos y constantes en participar de la Eucaristía? Dice el Profeta Isaías que Dios arranca el velo que cubre el rostro de todos los pueblos para destruir la muerte para siempre (Is 25,7-8). ¿Qué quiere decir esto? ¿Cuál es el velo que cubre a todos los pueblos? La gran incógnita que todo ser humano y todo pueblo tiene, de saber qué hay después de la muerte. Sólo a la luz de la fe podemos vislumbrar, levantar ese velo, y poder descubrir lo que nos espera cuando termine este peregrinaje en la tierra. Cristo ha muerto pero ha resucitado, y nos ha contado lo que el Padre ha preparado para nosotros.

Por eso dice también, que enjugará las lágrimas de todos los rostros (Is 25,8). Ante las injusticias, ante las adversidades trágicas, ante los dramas que tenemos que afrontar en esta vida, brotan nuestras lágrimas, pero el hombre de fe, el discípulo de Cristo tiene la fortaleza de poder, como dice el texto, enjugar esas lágrimas porque tiene el consuelo y la esperanza de que todo no termina aquí, de qué hay un más allá al que nos preparamos. Y fíjense, lo más hermoso, dice el profeta: “En aquel día” ( Is 25,9) porque Isaías, ni conoció a Jesús ni supo realmente cómo lo iba a realizar, pero ahora nosotros que vivimos después de la venida de Cristo, descubrimos que esto se realiza en medio nosotros. “En aquel día se dirá”(I 25,9). En este banquete de la Eucaristía se dirá: “Aquí está nuestro Dios de quien esperábamos que nos salvara. Alegrémonos y gocemos con la salvación que nos trae porque la mano del Señor reposará en este monte” (Is 25,9).

Así vamos descubriendo la presencia de Dios, la relación entre Eucaristía y vida, entre la Palabra que se nos proclama en la Liturgia y el alimento que recibimos, que es la presencia Eucarística de Jesús. Vamos descubriendo que Dios nos acompaña, que no estamos solos, que siempre caminamos guiados por su Espíritu, el Espíritu mismo que se nos dio en el Bautismo y la Confirmación.

Por eso, y con esto culmino la reflexión, nos comparte San Pablo, esto que parece tan difícil de vivir, sólo un cristiano que se ha convertido en auténtico discípulo de Cristo y en apóstol para transmitir el Evangelio puede decir lo que afirma y vive San Pablo: “Yo sé lo que es vivir en pobreza y también lo que es tener de sobra. Estoy acostumbrado a todo. Lo mismo a comer bien, que a pasar hambre. Lo mismo a la abundancia que a la escasez. Todo lo puedo unido a aquel que me da fuerza” (Flp 4,12-13).

¿No es fácil verdad?, cuando tenemos ya un estilo de vida y nos acostumbramos, queremos siempre más y más, y se desarrolla la codicia, la ambición, el celo a quien tiene eso que yo no puedo adquirir. La actitud de San Pablo solamente es posible cuando tenemos una relación íntima, estrecha, constante con Jesucristo el Señor, el Señor de la vida, porque, como lo dice también San Pablo: “Ustedes han hecho bien en socorrerme cuando me vi en dificultades. Mi Dios, por su parte, con su infinita riqueza, remediará con esplendidez todas las necesidades de ustedes por medio Cristo Jesús” (Flp 4,14). Es decir, el discípulo de Cristo siempre encontrará la mano solidaria de otro que lo va ayudar en la escasez y en el hambre. Esa es la experiencia de San Pablo.

Pidámosle al Señor Jesús que crezcamos en esta conciencia de comunidad de discípulos, que esta Iglesia que peregrina en México de testimonio de una comunidad de discípulos de Cristo que viven en estrecha intimidad con Jesús el Maestro, el Señor de la vida, el que nos acompaña, nos guía y nos protege. Que así sea.

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla