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Homilías

HOMILÍA DEL DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO

octubre 29, 2017

 

 “Su fe en Dios ha llegado a ser conocida en todas partes” (1 Ts 1,8).

 

Esto afirma San Pablo de esta comunidad de Tesalónica, en la cual él personalmente inició la evangelización. Y ahora les escribe lleno de alegría y de esperanza porque se ha dado cuenta, estando en otras comunidades y en otras ciudades, que la fe ya ha llegado antes que él, gracias a aquellos que en Tesalónica, habían vivido el Evangelio en plenitud.

El camino que señala San Pablo aquí es el camino de la comunidad.  ¿Cuándo podemos transmitir la fe con consistencia, con esa capacidad de atraer, y esa capacidad de convencer? Solamente lo podemos hacer en comunidad, nadie lo puede hacer solo.

Todos los equipos misioneros de la Iglesia primitiva, nunca fue el apóstol solo, cada uno formó sus equipos, y empezaron a recorrer las principales ciudades del Imperio Romano, hasta que finalmente pudieron establecerse en Roma.

El camino de la vida en comunidad, de la puesta en común, como lo dice al inicio de esta lectura que hemos escuchado es hacerse imitadores de los que viven la fe: “de nosotros, y del Señor […] en medio de muchas tribulaciones (1 Ts 1,6-7). Nunca faltan las tribulaciones, los problemas, los conflictos. Quien quiera pensar que el camino cristiano es un camino de “éxito siempre y todo felicidad”  está equivocado. Tenemos que recorrer este camino en medio de la tribulación, pero dice San Pablo “con la alegría que da el Espíritu Santo” (1 Ts 1,6), con la aceptación de la Palabra de Dios que es la que ilumina y orienta.

La manera en que nació la Iglesia, en la comunidad primitiva, muestra la razón que explica la respuesta de Jesús, que hemos escuchado en el Evangelio, al unir los dos mandamientos, uno (amar a Dios) ciertamente bien reconocido como el principal, pero el otro (amar al prójimo) era reconocido simplemente como una consecuencia de la gente de buen corazón. Jesús dice que en estos dos se funda “toda la Ley y los profetas” (Mt 22,40).

Para Jesús el núcleo fundamental de nuestra fe es Amar a Dios, amando a tu prójimo (Mt 22,39). Amando a tu prójimo como te amas a ti mismo, es decir, con la misma consideración que te tienes, considerar al otro.

El pueblo de Israel así comenzó su experiencia, por eso en la primera lectura escuchábamos cuatro situaciones de aquel tiempo que eran muy dolorosas. Si ustedes se dan cuenta siguen siendo situaciones que se dan hoy, pero con más gravedad y son ahora más dramáticas.

El libro del Éxodo dice: “No hagas sufrir ni oprimas al extranjero” (Ex 22, 20). Al que es foráneo, al que llegó de repente y no conoce a nadie, no te aproveches de él, no lo oprimas. Veamos lo que sucede en nuestro mundo de hoy con los extranjeros que llegan a otro país, sin saber ni conocer a nadie.

Dice también: “No explotes a las viudas ni a los huérfanos” (Ex 22, 21). Porque la mujer sola necesita ayuda, y el huérfano más todavía, para ser defendido hoy del secuestro de niños para vender órganos, del secuestro de niños para la pornografía infantil, y de todos estos más graves males que hoy atañen a los huérfanos.

También dice el texto del Éxodo: “Cuando prestes dinero a uno no te portes con él como usurero, cargándolo de intereses” (Ex 22, 24). Si lo quieres ayudar, ayúdalo, pero no lo oprimas ni lo hundas más como sucede tanto en nuestro tiempo.

Y finalmente dice: “Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, devuélveselo antes de que oscurezca porque no tendrá con qué cubrirse” (Ex 22, 25). Y hoy todos los que han sufrido una hipoteca, que después les hace perder su casa, es mucho más grave que me quiten una cobija.

Tenemos que descubrir estas situaciones del prójimo y atenderlas. ¿Cómo? nos preguntamos. Ciertamente nadie es capaz de resolverlas solo, aislado. Cada uno en lo particular podemos hacer obras pequeñas de misericordia, las que están en nuestro alcance, las que son posibles, pero resolver los graves problemas que hoy tiene nuestra sociedad solamente lo podremos hacer en comunidad. Y si esa comunidad está fortalecida y acompañada de la Palabra de Dios, entonces será capaz de hacer mucho más de lo que podría hacer cada uno de sus miembros de la comunidad por sí sola. No vamos a resolver los problemas de todo el  mundo, pero sí los que nos atañen, los que nos toca conocer al compartir la vida; y para eso, nos necesitamos.

Ahora podemos entender perfectamente por qué Jesús unió que para amar a Dios debemos amar al prójimo. Porque el prójimo, como explica San Juan (1 Jn 4,20), es lo que vemos y tocamos. Dios habita en cada uno de nosotros. Si no amamos lo que vemos: el prójimo, seremos unos mentirosos, al decir que amamos a Dios, que no vemos, y no amamos al prójimo, morada de Dios que si vemos.

Dios no es un Dios visible a nuestros ojos, está escondido en el interior de cada uno de nosotros. Por eso el amor al prójimo es el camino para amar a Dios. Quien quiera amar a Dios necesita amar a su prójimo.

Hay dos vías, dos caminos para descubrir a Dios y conocerlo: El camino de la Creación y el camino de la Redención.

El camino de la Creación lo recorren principalemente los estudiosos, investigadores, científicos que analizan el universo, la tierra, el ser humano y su funcionamiento, y en esa investigación constatan que necesariamente hay un Dios Creador. Porque no puede haber el orden que hay en la naturaleza de la creación, si no hubo alguien que lo pensara tan inteligentemente para que funcionara como funciona.

Pero por esa vía, de ordinario solamente alcanzan el concepto de Dios, y si no son sinceros y honestos se resisten a aceptar su existencia y buscan interpretaciones que finalmente no son suficientes para explicar la Creación.

La segunda vía es más importante dada nuestra fragilidad humana. La vía de la Redención es colaborar en el plan Redentor de Cristo, restaurar lo que está caído, y levantar al que sufre y al oprimido, mediante el amor al prójimo. Y esto es una experiencia de vida, no es concepto, no es un estudio sobre Dios y su Creación, es mucho más que eso: Es la experiencia del amor gratuito, y como Dios es amor, nos encontramos con Él cuando ayudamos a quien lo necesita.

Pidámosle al Señor que nos ayude a ir construyendo el camino de las pequeñas comunidades cristianas para que, como la Iglesia del primer siglo sigamos, ahora en este siglo XXI, transmitiendo el camino para encontrar a Dios, el camino para experimentar lo que es Dios, el Amor.

Que así sea.

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla