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Homilías

HOMILÍA DEL DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO

noviembre 05, 2017

“Los tratamos con la misma ternura con la que una madre estrecha en su regazo a sus pequeños.”  (1 Ts 2, 7)

 

Este Domingo la liturgia presenta lecturas en contraste. Por una parte la primera lectura y el Evangelio muestran de qué manera no debemos de comportarnos, especialmente cuando ejercemos alguna autoridad, y la lectura del Apóstol Pablo a los Tesalonicences muestra cómo sí debemos portarnos, cómo ha sido su actitud, y cómo, con esta conducta, la comunidad ha crecido enormemente.

 Hoy podemos entonces profundizar esta Palabra de Dios en tres aspectos: 


 1) advirtiendo lo que afirma el Profeta Malaquías, que siempre tendremos que rendir cuentas (Ml 2, 1). Esto debe de ser para nosotros un acicate, un motivo para que nunca pensemos que, lo que hemos hecho mal, quedará en la oscuridad. Tenemos que rendir cuentas, y eso tiene que ayudarnos a poner nuestro mejor esfuerzo en cualquier responsabilidad que asumamos.

 2) De parte del Evangelio, ante el señalamiento de Jesús sobre las actitudes que no deben de imitarse de los Escribas, que eran los catequistas de hoy, por decirlo en términos actuales, y de los Fariseos, que eran los fieles más asiduos a la asistencia del culto del Pueblo de Israel, debemos buscar siempre la coherencia; ya que la coherencia es la actitud que ayuda a no caer en esas conductas de los escribas y fariseos de la época de Jesús.

 3) La segunda lectura desde el punto de vista positivo, indica la actitud que sí debemos de asumir, que es clave, la actitud de la madre que estrecha en sus regazo a sus pequeños. El amor maternal, el amor tierno, el amor misericordioso, el amor que muestra a Dios, porque Dios es la misericordia misma. Él nos ha creado para el amor, y por eso, Pablo va narrando con mucha claridad cómo se desarrolló la Comunidad de Tesalónica: “Tan grande es nuestro afecto por ustedes, que hubiéramos querido entregarles, no solamente el Evangelio de Dios, sino también nuestra propia vida” (1 Ts 2,8). Entregarse generosamente al servicio del Evangelio, es lo que hizo Pablo. Y deja muy claro, que eso se logra porque la comunidad aceptó no como palabra humana, sino como lo que realmente es, la Palabra de Dios (1 Ts 2,13). Y ese es el faro, que nos ayuda a caminar en la vida, la Palabra de Dios.

Es indispensable advertir con toda claridad que solos, individualmente, no podremos, caeremos con facilidad en actitud farisaica, porque somos muy buenos para disculparnos a nosotros mismos de nuestros errores. Siempre encontramos un pretexto, una explicación.

En cambio, cuando vivimos en comunidad, como lo hacen los esposos en su familia, los padres con los hijos, ahí nos damos cuenta de la riqueza de vivir juntos y compartir la vida; pero también advertimos la dificultad de mantener una doble vida y de justificar nuestras incongruencias; se hace necesario caminar en la verdad, y al poner la vida en común se vuelve indispensable un diálogo constructivo para entendernos y ayudarnos ante las incoherencias.

En ese itinerario de vida comunitaria advertimos la dificultad de acordar cuando las opiniones son diferentes, y los puntos de vista en contraste con lo que debemos hacer; entonces necesitamos una luz, que no sea mi pretexto o argumento, con el que intento justificarme ante lo que me haya equivocado, sino la verdad. Esa luz me la ofrece la Palabra de Dios, con la cual descubriré, en consonancia con los miembros de mi comunidad, lo que Dios quiere de mí o de nosotros.

En esas confrontaciones, muy normales de las relaciones humanas, la Palabra de Dios esclarece qué es lo que realmente Dios, no solamente quiere de mí, sino qué quiere de nosotros. Por eso el cristiano para ser auténtico discípulo de Cristo, no lo podrá ser individualmente, aisladamente, de manera desentendida de los demás, y solamente diga: “Yo quiero ser muy buen seguidor de Cristo, pero me importan muy poco los demás, yo sí le voy a responder a Cristo.” Ese camino está equivocado. Nos necesitamos.

Estos contrastes, que hoy presenta la Escritura, también nos ayudan porque sino correremos el gravísimo riesgo, de forma inconsciente, de asumir lo que no nos gusta, como hoy lo muestra la psicología. Si no tenemos un modelo positivo qué seguir, haremos nuestras todas las actitudes negativas, con las que hemos visto que actúan las demás.

En resumen: Debemos tener en cuenta la Palabra de Dios y a la luz de ella, en comunidad, esclarecer cuál es el camino correcto para nuestra conducta; y segundo, que tengamos en cuenta no hacer nuestras las conductas negativas de otros, advertirlas, y decir: ¡ah, esto me está pasando a mí! Si así sigo voy a ser, como no quería que fuera mi prójimo, como no quería que actuara conmigo; y lamentablemente, estaré actuando de la misma manera que él.

Esta lucha interna es a la que San Pablo nos invita hoy con toda confianza diciendo: ¡Hay camino! Vean a la comunidad de Tesalónica. Así nació la Iglesia, creciendo como dice San Pablo, como una gran fraternidad: “Sin duda, dice, ustedes se acuerdan de nuestros esfuerzos y fatigas, pues trabajando de día y de noche a fin de no ser una carga para nadie, les hemos predicado el Evangelio de Dios (1 Ts 2,8).

Pidámosle al Señor Jesús, que en este tiempo en que domina tanto la tendencia del individualismo, y se expande el libertinaje, de que cada quien haga lo que quiera, sin importarle el otro, volvamos a ser oyentes de la Palabra de Dios, y practicantes en comunidad de su luz, para hacerla nuestra.

 Que así sea.

 

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla