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Homilías

HOMILÍA DEL DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO

noviembre 12, 2017

 “La sabiduría se deja encontrar por quienes la buscan” (Sab 6,12)

 

Esta expresión del libro de la Sabiduría refleja el concepto de una sabiduría que hay que adquirir, no es innnata al hombre. Por eso no es lo mismo la sabiduría que la inteligencia. Puede haber un hombre inteligente, pero no lo será necesariamente sabio. La Sagrada Escritura en el Antiguo Testamento clarifica muy bien este concepto de la sabiduría. Es fácil entender el concepto de la sabiduría, y retenerlo con tres preguntas: ¿Cuál es el origen de la vida y de la Creación, en general? ¿Para que hemos recibido la vida? Y, ¿cuál es su destino?

La primera pregunta: ¿De dónde venimos? Ya que ninguno de nosotros puso una solicitud para recibirla, nadie compró la vida, es un regalo que viene de Dios. ¿De dónde venimos? Tenemos que descubrir la mano maravillosa y portentosa del Dios Creador. La Creación es una huella de Dios. Por eso, cada vez que contemplamos el mundo creado, y nuestra propia persona, quedamos maravillados. Por ello, es necesario reconocer, que he sido creado, y descubrir al Creador.

 La segunda: ¿Para qué vivimos? Hoy el Evangelio ofrece la respuesta (Mt 25 1-13). Cuando presenta diez jóvenes, que están esperando la llegada del Esposo. Las diez jóvenes representan a la Iglesia, es decir, representa a todos nosotros los bautizados. El esposo representa a Cristo. Las diez jóvenes no son iguales. Cinco fueron cautas, previsoras, prudentes. Las otras cinco, fueron poco previsoras, no fueron cautas, ni prudentes; ambas estuvieron esperando la llegada del Esposo. Cuando llega el Esposo, las que fueron previsoras tenían el aceite suficiente para tener encendida su lámpara, y poder iluminar su camino. A las otras cinco ya se les había agotado su aceite, dice la parábola. ¿Qué significa? Significa que para adquirir la habilidad, la capacidad de vivir, necesitamos estas características que describe el Evangelio: estar alerta, prevenido, estar con la mirada no solamente en el presente, sino en el pasado y en el futuro, saber qué es lo que vamos a hacer, tomar conciencia de lo que estamos esperando. No podemos simplemente vivir, sin tomar nuestras propias decisiones. Debemos asumir que una decisión trae sus consecuencias.

Igual que a estas vírgenes, si no tenemos suficiente aceite la consecuencia es que mi lámpara se apagará. ¿Cómo podemos entender esto del aceite y de la lámpara encendida? Es Cristo el aceite, es el camino. Jesús con su testimonio de vida da respuesta a la pregunta, ¿para qué es la vida? Jesús indica que es para servir, para descubrir al otro como mi hermano, para construir la fraternidad entre los hombres, para caminar en la justicia, y obtener su gran fruto: la paz. Esa es la habilidad que debemos de adquirir cada uno de nosotros, y ayudarnos como estas cinco jóvenes previsoras.

La última pregunta: ¿para qué la preocupación de encontrarnos con Cristo? ¿Para qué estar alertas y vigilantes a su llegada? La segunda lectura responde diciendo: “No queremos que ignoren lo que pasa con los difuntos para que no vivan tristes como los que no tienen esperanza” (1 Ts 4,13). San Pablo clarifica afirmando: la vida no termina con la muerte, la vida continúa después de la muerte.

Nosotros debemos aprender que este caminar en la vida terrestre es una peregrinación, es un aprendizaje, y si queremos tener ese feliz encuentro, como las cinco jóvenes que están alerta, y encendida su lámpara, esperando la llegada del Esposo, también entraremos con Él en el Reino de los cielos.

La sabiduría es pues, el arte de vivir, de saber vivir. Sea ante circunstancias adversas, complejas, difíciles, sea también ante circunstancias de éxito, de gran alegría y de satisfacción. En cualquiera de las dos casos necesitamos la sabiduría. Hay que aprender cómo conducirnos, tanto en las circunstancias adversas como en las circunstancias satisfactorias.

Hay quien se desborda con la satisfacción y se vuelve loquito, pensando que así va a ser toda la vida, y hay también quien se deprime y se hunde cuando las circunstancias son adversas. El hombre sabio, la mujer sabia, la joven virgen sabia, es aquella que, ni se hunde en la adversidad sino que sabe confrontarla, ni tampoco pierde los estribos, ni su seguridad con todos los éxitos que pueda tener. Como decimos: ¡No pierde el piso, se mantiene en la realidad tal como es! ¡La sabiduría es el arte de vivir!

Estamos llamados a ser hombres y mujeres sabios, que aprendamos el arte de vivir. Los que ya llevamos años recorridos en la vida, los adultos mayores debemos dar un testimonio muy fuerte a la juventud de hoy, sobre lo hermosa que es la vida, de la alegría de vivirla, y dando testimonio de nuestra gran esperanza, porque sabemos quién nos creó, para qué nos creó, y que Él nos espera para toda una eternidad, compartiendo con Él no sólo las maravillas del universo creado, sino las maravillas, que como dice San Pablo, ni el ojo vio, ni el oído oyó (1 Cor 2,9). ¡No, no imaginamos, ni sospechamos las sorprendentes maravillas que veremos cuando muramos!

Pidámosle al Señor Jesús que nos ayude, y que nos ayudemos unos a otros a ser sabios.

Que así sea.

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla