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Homilías

HOMILÍA DEL DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO.

noviembre 26, 2017

 

Solemnidad de Cristo Rey del Universo

 

“En Cristo todos volverán a la vida” (1 Cor 15,22).

 

Así afirma San Pablo en la segunda lectura: “En Cristo todos volverán a la vida” (1 Cor 15,22). El Reino de Dios, el Reino en cual Jesús es el Rey implica dar vida. Es el Reino que vence la muerte y da vida, que vence el mal, el pecado y da vida. ¿Cómo es posible vivir y participar en este Reino de Dios?

Hay dos dimensiones fundamentales que tiene el Reino de Dios. Hoy las tres lecturas hablan de esta primera dimensión. Se dirige Dios a su pueblo, no se dirige a una persona en particular sino a su pueblo, a su familia, a sus hijos; tanto el profeta Ezequiel, como San Pablo a la comunidad de Corintios, y el Evangelio que hoy hemos escuchado así lo manifiestan. Es decir, el Reino de Dios está proclamado, anunciado, para ser vivido en comunidad. Nadie puede recibir el beneficio del Reino de Dios de forma individual, aisladamente, sin tener en cuenta a los demás. El Reino de Dios es para el Pueblo de Dios, para la familia de Dios.

La segunda dimensión que tiene el Reino de Dios es una dimensión misionera porque, como bien sabemos por la experiencia humana, no todos respondemos al mismo tiempo. Necesitamos que aquellos que van respondiendo transmitan su experiencia a los demás para que descubran la luz, la claridad, la importancia de unirse asumiendo en su respuesta los valores del Reino de Dios. Es decir, necesitamos transmitir la experiencia del Reino; ésta es la dimensión misionera. No podemos quedar satisfechos porque ya en un pequeño círculo hayamos logrado expresar en comunidad nuestra vivencia del Reino de Dios.

Estas son las dos dimensiones fundamentales que hoy descubrimos en los tres textos de la Sagrada Escritura. Pero, además, hay una característica fundamental como la piedra sobre la cual se centra todo el Reino de Dios. Fíjense lo que dice el profeta Ezequiel quinientos años antes aproximadamente de la venida de Jesús al mundo: “Esto dice el Señor. Yo mismo iré a buscar a mis ovejas y velaré por ellas…. Yo mismo apacentaré a mis ovejas, yo mismo las haré reposar, dice el Señor Dios” (Ez 34, 11-12. 15-17).

Esto se ve cumplido en la Encarnación, cuando el Hijo de Dios se hace hombre en el seno de María, se hace hombre para ponerse en diálogo con nosotros, pero sobre todo para hacer presente a Dios en medio de nosotros. El Reino de Dios tiene esta centralidad en Cristo. Es Cristo el que sostiene y el que es la fuente de esa vida del Reino de Dios. Por eso Jesús lo dice con toda claridad, Él va a regresar al final de los tiempos para esclarecer quiénes forman parte de su Reino (Mt 25, 31-46). Se ha llamado a esta página del Evangelio de Mateo la presentación del Juicio Final, del momento final de la Historia.Todos estamos llamados a recibir esta hermosa palabra de Cristo: Entra siervo bueno y fiel a participar del Reino.

Pero en nuestra libertad nosotros podemos rechazar la entrada al Reino de Dios. Dios no quiere condenar a nadie, Dios quiere que todos se salven. Dios quiere que toda su familia permanezca íntegramente participando del Reino de Dios, pero es indispensable nuestra respuesta. Depende de cada uno de nosotros. Sin embargo alguno dirá: “pues es que Cristo ya no está en medio de nosotros, ya no lo podemos ver ni tocar, y así es difícil creer en su doctrina”… pero a través de creer podemos hacer nuestra la experiencia de que él está acompañándonos. ¿Cómo?

La presencia y centralidad en Cristo la podemos descubrir de tres maneras: El primer modo es escuchando su Palabra, abriendo nuestros oídos, dejando que entre a nuestro corazón y tratar de vivir conforme lo que escuchamos. La Palabra de Dios proclamada es Cristo mismo quien habla. Él está hablando al proclamarse la Sagrada Escritura, especialmente a través de los Evangelios.

Segundo: Podemos encontrar a Cristo en el desarrollo interior que realizamos para descubrir qué quiere Dios de nuestra vida, qué espera Dios de nosotros, lo que se llama la oración de discernimiento, de esclarecer lo que Dios está esperando de nosotros, en eso debemos centrar nuestra experiencia de oración, y particularmente ese discernimiento personal, comunitario,  o pastoral, debe de traerse aquí al altar para ponerlo en manos de Cristo a través de la Eucaristía. Por eso la celebración de la Misa, la Eucaristía, es la máxima expresión para garantizar que estemos unidos a Él, y que recibamos de Él la fuerza del Espíritu Santo. Por eso es tan importante la vivencia de la Eucaristía, y por eso la Iglesia propone que participemos, como lo estamos haciendo cada Domingo, recordando que Cristo al haber resucitado venciendo a la muerte es quien puede ofrecer vida.

Finalmente, el tercer modo es el que plantea el Evangelio de hoy. A Cristo lo encontramos cuando descubrimos en el necesitado, de cualquier tipo de situación. Descubrimos que allí está el Señor Jesús. Para eso es esta página del Evangelio: ¿Cuándo te vimos Señor? Dinos, porque no me di cuenta. Cuando diste de comer al hambriento, cuando vestiste al que estaba desnudo, cuando visitaste al enfermo, visitaste al encarcelado, cuando le diste hospedaje al que no sabía dónde dormir; cuando lo hiciste con cada uno de ellos me lo hiciste a mí (Cfr. Mt 25, 31-46). Esa es la misericordia que nos hace descubrir a Jesús en medio de nosotros.

Palabra de Dios, oración y vida sacramental, y vivencia de la experiencia de la caridad, son las tres formas de centrar nuestro caminar, nuestra positiva y fecunda respuesta al Reino de Dios.

Pidámosle al Señor Jesús que seamos capaces, pidámosle su gracia. Si ustedes se fijan, una de las formas litúrgicas de la Iglesia dice: “La Gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el Amor del Padre y la Comunión del Espíritu Santo estén con ustedes”. Que esto se haga realidad en nuestra comunidad.

 

Que así sea.

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla