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Homilías

HOMILÍA DEL II DOMINGO DE ADVIENTO

diciembre 10, 2017

“Consuelen, consuelen a mi pueblo, háblenle al corazón” (Is 40, 1).

 

Así comienza la primera lectura que hemos escuchado del profeta Isaías. Eran tiempos difíciles de caos, desorden, destrucción y muerte, de violencia, de agresión y de guerra. Y el profeta levanta su voz en nombre de Dios: “Consuelen, consuelen a mi pueblo, háblenle al corazón” (Is 40, 1).

Más adelante el profeta ofrece dos elementos para realizar este consuelo. El primero es “Preparen el camino del Señor” (Is 40,3). Preparación para el encuentro con el Señor. Y el segundo elemento, dice “Alza la voz, no tengas miedo. Anuncia a los ciudadanos, aquí está su Dios, aquí llega el Señor” (Is 40, 9-10). Estos dos elementos de preparación y de experiencia de Dios en cada uno de nosotros y en el pueblo como comunidad, los podemos profundizar en la lectura del Evangelio que acabamos de escuchar.

La figura de Juan bautista como lo señala el mismo evangelista Marcos, es el enviado como mensajero para preparar ese camino, y ¿cuál fue la preparación que ofreció? Dice el mismo Juan Bautista en el Evangelio que predicaba un bautismo de conversión para el perdón de los pecados (Mc 1, 1-5). El primer paso de la preparación para tener la experiencia del encuentro con nuestro Dios es advertir nuestra fragilidad, nuestra limitación, nuestro pecado, las cosas que se han desordenado, rectificarlas. Esto es lo que llama Juan Bautista bautizar para la conversión y perdón de los pecados (Mc 1, 1-4), eso es lo que ejerce él y distingue lo que va a venir.

El segundo paso, dice con toda claridad: “ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias” (Mc 1,1-7). Se refiere al Mesías, a Jesús, como más adelante lo señalará. Y anuncia: “Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo” (Mc 1, 1-8). Es la fuerza del Espíritu la que nos va a conducir al encuentro con Dios, a ese hermoso momento que todos anhelamos: tener intimidad y amistad con Dios, ya que somos su hijos, somos miembros de su familia.

Ahora bien, ¿cómo estamos nosotros como Pueblo de Dios en ese siglo veintiuno? ¿Necesitamos este consuelo? ¿Queremos tener esta experiencia? ¿Qué descubrimos?

Fundamentalmente que la mayoría de los católicos hemos dado el primer paso. La conciencia de la fragilidad y del pecado, la conciencia de la limitación y de la equivocación y el error, la conciencia de que necesitamos a Dios, la tenemos. No sólo como Arquidiócesis de Tlalnepantla, es una expresión muy clara en nuestro Pueblo de México; eso que llamamos la religiosidad, el anhelo de estar con Dios.

Pero en cuanto al segundo paso, estamos todavía —puedo afirmarlo—, quizá en un noventa por ciento de los católicos, muy distantes de experimentar el bautismo en el Espíritu Santo. Nosotros, casi todos, hemos recibido el Sacramento de la Confirmación. Ahí se nos da el Espíritu Santo, pero no hemos recorrido el camino para esta relación con el Espíritu Santo, a través de lo que hoy el Papa Francisco insiste: la práctica del discernimiento, la capacidad de interpretar los acontecimientos de mi vida y los acontecimientos sociales, ver qué es lo que pide Dios ante esos acontecimientos. Al discernimiento responderemos con decisión para actuar y cumplir la voluntad de Dios; no sólo como individuo sino también como comunidad, como Iglesia, como Pueblo.

Hay muchos que lo hacen personalmente, pero hace falta, lo que el Papa Francisco en la Evangelii Gaudium indica: El discernimiento pastoral. Escucharnos recíprocamente, compartir nuestras preocupaciones sea en la familia, en pequeños grupos de amistad, en grupos de acción pastoral, como la Pastoral Educativa de nuestra Diócesis aquí presente hoy, o en los movimientos apostólicos. En estas expresiones de la comunidad eclesial hace falta practicar el discernimiento pastoral, para descubrir lo que debemos hacer ante lo que acontece.

Hay muchos señalamientos de lo que el pueblo necesita, pero no hay camino para afrontarlos y menos decisiones que vayan siendo conscientes y asumidas por la gran comunidad. Esto lo podemos pedir a Dios en este Adviento. Llegar a la Navidad con el ánimo puesto para recorrer el camino del discernimiento pastoral, el discernimiento eclesial o comunitario.

Hoy les pido su oración por este servidor, porque si bien ya la tarea en esta Arquidiócesis de Tlalnepantla era grande en tamaño y en dificultades, por lo menos es triple lo que me espera en la ciudad de México. Necesito de su oración y de su apoyo, y necesito que ustedes sigan en los caminos que hemos proyectado.

Sigamos el ejemplo de Juan Bautista actuemos con constancia, con coherencia como lo manifiesta su vida, y en comunión siempre con el Espíritu. Así recorreremos el camino y llegaremos a la meta anunciada por el Apóstol Pedro en la segunda lectura: “Queridos hermanos, confiemos en la promesa del Señor. Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia. Por lo tanto, queridos hermanos, apoyados en esta esperanza, pongan todo su empeño en que el Señor los halle en paz con Él, sin mancha ni reproche” (2 Pe 3, 11-13).

Que así sea.

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Electo Arzobispo Primado de México