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Homilías

HOMILÍA DEL III DOMINGO DEL ADVIENTO.

diciembre 17, 2017

 

 “Él no era la luz, sino testigo de la luz” (Jn 1,8)


Así define el Evangelista a Juan Bautista, testigo de la luz. Con esa afirmación podemos entender también nuestra propia vocación. Estamos llamados a ser testigos de la luz. No somos la fuente, no somos el origen de la luz. Pero estamos llamados a ser testigos de que esa luz existe, y a través de nosotros transmitirla.

¿Cómo es posible esto? Juan Bautista adelanta el primer paso en el Evangelio, que hemos escuchado: “Yo he venido para bautizar con agua” (Jn 1,26), un bautismo para la conversión, para el arrepentimiento, para la toma de conciencia de nuestras actitudes egoístas, en donde se queda todo encerrado, buscando sólo el beneficio personal. Es el primer paso para poder ser testigos de la luz: reconocer nuestra fragilidad, nuestra limitación y la necesidad de la relación con los demás. Nunca lograremos ser felices si sólo nos interesamos en nosotros mismos.

La felicidad, la alegría que pide San Pablo en la segunda lectura “Vivan siempre alegres” (1 Ts 5, 16), sólo se puede experimentar en la medida en que nosotros nos relacionamos con los demás, para mutuamente servirnos, ayudarnos, acompañarnos, consolarnos, dependiendo de nuestras circunstancias existenciales.

Hago aquí un paréntesis para los miembros de los CARS, estos comités de acción y responsabilidad social. Vean por qué están ustedes tan felices, tan alegres de servir en cada una de sus parroquias, porque están siguiendo el camino adecuado. Pensar en la comunidad, pensar en sus prójimos. ¿Por qué están contentos los del Colegio de Abogados Católicos? Porque están sirviendo en aspectos que los demás por sí mismos no pueden realizar, y Ustedes les ayudan. ¿Por qué están contentas la asociación de las Mujeres inspirando Vida? Porque trabajan con las que están sumidas en alguna situación deplorable, difícil, aisladas, solas. Porque están dignificando a la otra persona, y al dignificarse se convierten en testigos de la luz.

Son experiencias concretas que nos ayudan a descubrir este camino que recorrió Juan Bautista y, con ese camino como él lo hizo, damos a conocer al Salvador, a Cristo, luz, verdad, y vida. De lo contrario se nos queda solamente el concepto en la mente, en nuestra cabeza, de que Jesús es el Salvador del mundo, y rodeados de tantas complejidades, problemas, angustias, preocupaciones, preguntamos, ¿dónde está Jesús que vino a salvarnos? No lo vemos por ninguna parte. Él se va a ser presente, esa luz, en la medida en que nosotros pongamos en ejercicio esta práctica de buscar el bien de los demás. No hay otro camino.

Y para poderlo concretar, la palabra de San Pablo ayuda mucho cuando dice “Oren sin cesar” (1 Ts 5, 17). La oración es relacionarnos con Dios, tenerlo siempre en cuenta a Él, pero no basta con invocarlo, no basta con presentarle nuestras súplicas. Ese es un primer paso. San Pablo dice concretamente: “No impidan la acción del Espíritu Santo ni desprecien el don de profecía” (1 Ts 5, 19). ¿Qué significa esto? Que la oración tiene que llegar al discernimiento, por eso dice: “sométanlo todo a prueba y quédense con lo bueno” (1 Ts 5, 21).

En nuestro interior siempre surgen inquietudes cuando vemos necesidades delante de nosotros, y siempre surge la pregunta ¿qué puedo hacer yo? Esa es una moción, un movimiento interior del Espíritu Santo en nuestro interior. Cuando yo respondo a esa pregunta tengo que hacer un discernimiento, esclarecer si eso que he pensado hacer, es lo conveniente. Eso es ponerlo a prueba, y para eso necesitamos ponerlo en común. No quedarme yo sólo haciendo ese discernimiento, sino compartiendo con los otros, y entonces descubriremos qué es lo bueno, qué es lo que tenemos que hacer.

Y el don de profecía es escuchar la Palabra de Dios, lo que estamos haciendo aquí en la Eucaristía, qué nos dice Dios. Porque ese elemento nos dará la capacidad para descubrir lo que Dios quiere de nosotros. Fíjense bien lo que dice el profeta Isaías en la primera lectura: “El Espíritu del Señor está sobre mí” (Is 61,1). Ustedes en el Sacramento de la Confirmación ya recibieron este Espíritu del Señor, no tengan miedo. Tienen el Espíritu de Dios en su interior, se les ha conferido, pero no hemos trabajado con Él quizá, si no lo hemos experimentado, pero está.

¿Qué más dice el profeta? “Me ha enviado para anunciar la Buena Nueva a los pobres” (Is 61,1). Hay que ser mensajeros de buenas noticias. ¿Verdad que hacen faltan en este mundo de hoy quién nos anuncie buenas noticias? Vean ustedes las redes sociales, vean en internet, vean la televisión, sólo malas noticias. Nosotros estamos llamados a llevar buenas noticias y las buenas noticias se generan haciendo el bien a los demás en nuestro entorno, en nuestros propios contextos, estamos pues enviados para generar buenas noticias. Ese Espíritu del Señor nos fortalecerá para afrontar las necesidades y anunciar la  Buena Nueva, que Dios, el Salvador, está actuando por medio de nosotros.

“A curar a los de corazón quebrantado” (Is 61,1). ¡Qué importante estar cerca de los que padecen alguna situación de dolor, de drama, de tragedia, de necesidad imperiosa! Hay que acercarnos para curar a los de corazón quebrantado. “Proclamar el perdón” (Is 61,2). Este país polarizado, confrontado, necesita caminar por el perdón y la reconciliación, y eso es lo que nos ofrece Jesucristo, la capacidad de sanar las heridas de nuestro corazón. “A proclamar el perdón, la libertad y pregonar la gracia de Dios” (Is 61,1). A eso estamos llamados, ese es el camino que tenemos que recorrer, para eso pues nos necesitamos los unos a los otros, y podemos hacer realidad lo que pide San Pablo: “Vivan siempre alegres, oren sin cesar, den gracias en toda ocasión, puesto que esto es lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús” (1 Ts 5,16).

Que este Domingo Tercero del Adviento nos conduzca para que el próximo, Cuarto Domingo, Noche Buena y lunes de Navidad,  nuestro corazón se renueve. Recuperemos la conciencia de que el Espíritu del Señor está en cada uno de nosotros. Que así sea.

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Electo Arzobispo Primado de México