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Homilías

HOMILÍA DEL III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

enero 21, 2018

 

“Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca” (Mc 1,15).

 

Así comienza su ministerio público Jesús, así inicia su misión: “El Reino de Dios ya está cerca” (Mc 1,15). Quizá muchos de nosotros, incluso aquí presentes, muchos de los católicos y sobre todo aquellos más distanciados en el conocimiento del Evangelio se preguntan: Después de dos mil años, ¿dónde está el Reino de Dios? ¿Dónde podemos constatar la experiencia del Reino de Dios? Lo que vemos en la sociedad, y conocemos constantemente es la injusticia o la violencia, y la presencia del mal se extiende y se desencadena en una y en otra parte. Podemos constatar como nuestros noticieros en todos los medios hablan de muerte, violencia, de situaciones de injusticia, de atropello a los derechos humanos…Entonces, ¿dónde está el Reino de Dios?

El anuncio del Reino de Dios para entenderlo, necesitamos conectar este anuncio de Jesús con lo primero que Él hace. Dice el evangelista: “El Reino de Dios ya está cerca” (Mc 1,15) e inmediatamente cuenta que caminaba Jesús por la orilla del lago de Galilea cuando vio a Simón y a su hermano Andrés echando las redes en el agua porque eran pescadores y Jesús les dijo: “Síganme y los haré pescadores de hombres” (Mc 1,17). Aquí comienza el Reino de Dios.

El Reino de Dios no es una utopía, no es un concepto, no es un sistema ideológico. El Reino de Dios es la respuesta a la Palabra de Dios. Jesús es la Palabra, para eso lo ha enviado el Padre, para hacerse hombre y poder entrar en diálogo con los hombres, para poder establecer la comunicación en el contexto que vive todo ser humano: bajar de la Divinidad para ponerse en plano de comunicación y entendimiento con la humanidad.

La Palabra se dirige e interpela al hombre y espera una respuesta, y esta Palabra ha sido respondida por primera vez, dice el Evangelio de Marcos, por dos pescadores: Simón y Andrés, que inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron (Mc 1,17). Poco más adelante, dice el Evangelio, vio también a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, también pescadores, que estaban remendando las redes, los llamó, y ellos dejando en la barca a su padre con los trabajadores, se fueron con Jesús (Mc 1,20). El Reino de Dios se inicia respondiendo a la Palabra de Dios.

Cuando nosotros escuchamos la Palabra de Dios, dejemos que nos interpele, que nos cuestione, y nosotros respondamos con toda libertad a esa Palabra de Dios. Entonces sucede lo que Jesús hizo con Pedro y Andrés, con Juan y Santiago, nos hace pescadores de hombres, es decir, nos encomienda una misión para transformar la realidad humana.

Por eso cuando Jesús anunció que el tiempo se había cumplido y el Reino de Dios estaba cerca, inmediatamente dijo conviértanse y crean en esta nueva noticia, en este buen mensaje, en el Evangelio, crean. Y, ¿qué es lo que tenemos que creer? Que precisamente Dios está para acompañarnos, fortalecernos, conducirnos en aquella misión y en aquel proyecto que tiene para cada uno de nosotros.

Por eso no importa la edad, aunque siempre se ha afirmado que la juventud es el tiempo propio para definir el camino de la vida, sin embargo en cualquier momento de la vida, si no se ha hecho antes,—que es lo mejor—, podemos encontrar siempre para qué Dios me ha dado la vida, qué quiere de mí, y ese qué quiere de mí, descubrirlo a la luz de la vida de Jesús.

Por eso es tan importante conocer los Evangelios, conocer la Sagrada Escritura, la Biblia, la Palabra de Dios; porque allí encontraremos los elementos para esclarecer lo que está esperando que asumamos. Fíjense cómo la segunda lectura narra que el profeta Jonás predicó en esa ciudad perdida de Nínive, que Dios pensaba destruir, como ya había castigado a Sodoma y Gomorra en el libro del Génesis. Pero el profeta, enviado por Dios, predica el camino que debe de seguir el pueblo, y el pueblo hace caso, se convierte y la ciudad vive, sigue adelante. En lugar de ser castigada es fortalecida, en lugar de ser destinada a la muerte se le da vida. La conversión es el primer paso para responder a Dios.

¿Dónde está el Reino de Dios? El Reino de Dios comenzó así, en las relaciones personales entre Jesús y estos primeros discípulos. Después se fue ampliando, y así ha seguido a lo largo de la historia de la humanidad, de generación en generación. El Reino de Dios, dice San Pablo en la segunda lectura, nos hace conscientes de que la vida es breve, la vida es pasajera, y por tanto no debemos arraigarnos en lo que vivimos en esta vida terrestre, sino hacer que eso que vivimos esté al servicio de la misión que descubrimos como personas y como comunidad, como sociedad. De allí ese ejercicio constante que debe tener todo discípulo de Cristo del discernimiento, de lo que el Espíritu de Dios mueve en el interior de cada uno de nosotros ante lo que sucede.

La presencia del mal nunca debe aterrarnos, nunca debe atemorizarnos, porque nos paraliza, nos deja sin actuar. Nosotros estamos llamados para actuar, para llevar a cabo el plan de Dios, la vocación y misión que nos da como personas y como pueblo. Cuando lo hacemos desde la libertad de nuestra respuesta: transformarnos con la fuerza del Espíritu Santo, no sólo a nuestra persona y a los que nos rodean, sino en la medida en se amplia ese círculo de acción conjunta, transformamos nuestra sociedad.

Ese es el camino breve, pasajero, sí, pero que va haciendo realidad el Reino de Dios en sus expresiones aquí y allá. Eso es lo que debemos también constatar, no solamente la presencia del mal, sino el modo de proceder de tantos discípulos de Cristo, que generosamente están dispuestos y sirven ejemplarmente a sus prójimos, así se hace presente el Reino de Dios.

Por eso, no por mercadotecnia, no por publicidad, sino por testimonio, que es necesario para aliento y motivación de otros, debemos de contar y transmitir lo que vivimos cuando hacemos el bien, cuando ayudamos. No debe de quedar oculto como un talento escondido en la tierra, debe ser anunciado, debe ser transmitido. No tengamos miedo de hablar y compartir las cosas buenas que hacemos. Debemos anunciarlas. Jesús dedicó su vida a anunciar la misericordia del Padre y a hacerla vida en su persona. Por eso se acercó a todo tipo de necesitados, por eso fue expresión viva de la misericordia de Dios. Eso es el Reino de Dios.

Pidámosle al Señor Jesús que nos regale su Espíritu para mantener siempre nuestra voluntad y decisión de ser promotores, mensajeros de buenas noticias: anunciando y haciendo presente el Reino de Dios en medio de nosotros.

 

Que así sea.

 

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Electo Arzobispo Primado de México.