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Homilías

HOMILÍA DEL IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

enero 28, 2018

 

¿Qué nueva doctrina es ésta? (Mc 1,27)

 

Surge esta pregunta entre la gente de la Sinagoga de Cafarnaúm, que ha visto la actuación de Jesús, tanto en su decir, en su enseñanza, como en su actuar. Les parece sorprendente la conjugación y sincronía entre el decir y el hacer.

Ya en la primera lectura el libro del Deuteronomio recordaba la promesa de Dios que le hizo a Moisés y a su pueblo, de que haría surgir un nuevo Profeta como Moisés, quien decía y hacía, que hizo pasar de la esclavitud a la libertad al pueblo de Israel, que lo hizo cruzar el mar rojo y que, en medio de las adversidades propias del desierto, lo hizo llegar a la tierra prometida.

Decir y hacer es una característica divina. Sólo Dios es capaz de juntar el “decir”, —la Palabra—,y el ejecutarla en la acción. Cuando vemos esta promesa de hacer surgir un profeta como Moisés, podemos recordar que pasaron más de doce siglos para que se cumpliera en la persona de Jesús.

En el entretanto, durante siglos, el Señor fue enviando Profetas, hombres elegidos para hablar en su nombre como lo afirma la primera lectura: “Yo enviaré un profeta que hablará en mi nombre y que debe decir lo que yo le indique” (Dt 18,18).

Así se sucedieron muchos profetas, entre ellos el profeta Jeremías, quien definió al verdadero Profeta como aquel que anuncia algo y al tiempo se cumple. Es la forma habitual en que podemos descubrir a lo largo del Antiguo Testamento a los auténticos Profetas de Israel: anuncian las cosas y se cumplen a veces diez, veinte, setenta años o hasta un siglo después, pero se cumplen.

Cuando llega Jesús ya no se necesita tiempo para que se cumpla la palabra, y esto es lo que causa admiración y sorpresa en la Sinagoga de Cafarnaúm. Jesús lleva a la plenitud el profetismo. Tiene la autoridad y ejecuta lo que dice. Esto es lo que causa la sorpresa y también es lo que va a ayudar a descubrir que Jesús era el Profeta anunciado, el Profeta de la plenitud de los tiempos, y más que eso, era el hijo de Dios encarnado, por eso podía cumplir en la acción inmediata lo que decía.

Todos los Evangelios van narrando las actividades de Jesús y siempre encontraremos esta constante. Lo que dice se cumple, y de esta manera manifiesta que verdaderamente es el Hijo de Dios vivo, porque sólo Dios puede realizar este prodigio. Sin embargo, aquí es donde tenemos que abrir los ojos porque, a partir de Jesús, este profetismo lo ha comunicado, lo ha transmitido a nosotros.

Todos los bautizados en Jesucristo, todos nosotros, estamos llamados y elegidos para ser Profetas, desde nuestro bautismo, porque nos ha hecho hijos de Dios, como el Hijo de Dios vivo. Nos ha participado esa característica divina. Pero, ¿dónde está el problema? ¿Dónde está la dificultad para mostrar que cada uno de nosotros es verdadero y auténtico profeta como Jesús?

En que el ejercicio del profetismo es un ejercicio comunitario, de la comunidad de discípulos de Cristo. No se ejerce de forma individual, por eso Jesús lo dejó a la Iglesia, y por eso, Jesús no encomendó a una sola persona la prolongación de su ministerio sino a una comunidad de doce apóstoles, que son el fundamento de la Iglesia.

Este es nuestro gran desafío: la comunión, la unión, el entendernos; el descubrir, a la luz de la Palabra de Dios, a la luz del discernimiento, no sólo personal sino también comunitario, lo que debemos de hacer. Y eso que debemos hacer y lo descubrimos como voluntad de Dios, si lo actuamos, será eficaz, será transformador.

Ésta es la gran esperanza para el mundo: que la Iglesia ejerza su profetismo, porque ejerciéndolo en los pequeños núcleos de la comunidad, transforma realidades, como lo vemos en Jesús, que es capaz de sacar el mal en medio de nosotros.

El mal se extiende, como está sucediendo en nuestro tiempo, porque no ejercemos nuestro oficio y nuestra tarea como Iglesia. No basta con que el católico venga a Misa por su cuenta, ciertamente es ya un gran paso como lo estamos haciendo ahora, pero no basta. Necesitamos esa acción conjunta de la comunidad.

Esta es la tarea evangelizadora y formativa de una Iglesia Particular, edificar la Iglesia en torno a la Palabra de Dios y en comunión y unidad. Esto es lo que he tratado de hacer con ustedes estos nueve años como Pastor de Tlalnepantla: formar pequeñas comunidades a la luz de la Palabra para ejercer nuestro profetismo y afrontar nuestras realidades para que sean transformadas, conforme al proyecto y el plan de Dios.

Y esto es lo que voy a ejercer también ahora en la Iglesia Particular de la Ciudad de México, por eso pido su oración para que nos ayudemos unos y otros. Sólo con Cristo podremos superar los grandes desafíos que plantea nuestro tiempo.

Pidámoselo así al Señor Jesús, en esta Eucaristía.

 

Que así sea.

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Electo Arzobispo Primado de México