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Homilías

HOMILÍA DOMINGO II DE CUARESMA

marzo 12, 2017

Homilía Domingo II de Cuaresma

12-Marzo-2017

 

Deja tu país, a tu parentela y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré.

 

Éste es el llamado que Dios le hace a Abraham, podemos suponer que lo recibe en su corazón, que es una llamada manifestada a través de una inquietud. No se sabe el contexto exacto de las condiciones que Abraham tenía en su casa, en su país. No se sabe exactamente los elementos que lo rodeaban, pero lo que sí se sabe es que esa llamada la escuchó y respondió a ella positivamente.

 

Deja tu país, a tu parentela y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré. El texto que escuchamos en la primera lectura, termina diciendo: Abraham partió, como se lo había ordenado el Señor.

 

Esta primera lectura habla de un primer elemento muy importante para nuestra relación con Dios, estar atentos a lo que se mueve en nuestro corazón, a las inquietudes que suscitan nuestra vida, sea por la relación con los que nos rodean, en el seno de la familia, en las relaciones de amistad, en las relaciones laborales, o en las relaciones sociales, y sobre todo, en las  relaciones eclesiales, ya que con motivo de la misión de la Iglesia surgen también en nosotros inquietudes de lo que conviene hacer.

 

Este elemento se puede relacionar con el Evangelio de hoy. Nos presenta una escena en la que Jesús está acompañado de tres de los discípulos, a quienes les pidió dejaran la casa de su padre y su oficio, semejante a la llamada que recibió Abraham.

 

Dice el texto: Pedro, Santiago y Juan acompañaron a Jesús, que los invitó a subir un monte elevado, supuestamente el Tabor. Los cuatro suben la colina, hacen un camino en ascenso.

 

Sabemos por la experiencia que caminar en subida es más difícil y exige mayor esfuerzo, que caminar en parejo o caminar en bajada. Tiene pues un simbolismo: caminar con Jesús exige un esfuerzo de nuestra parte.

 

La escena describe que ya en la cima de la colina, los tres discípulos ven que Jesús comienza a hablar, y descubren dos personajes que están conversando con Él: la figura de Moisés y la figura de Elías.

 

Moisés representa la liberación, es el liberador, el que sacó al pueblo israelita de Egipto, y le dio unas leyes para conducirse como pueblo de Dios. Elías es el padre de los profetas, es el primero de entre los profetas, que entrega su vida para orientar al pueblo certeramente sobre la interpretación de la ley y la conducta a seguir.

 

Son dos figuras emblemáticas, que pertenecen al Antiguo Testamento, que manifiestan al naciente pueblo de Israel. Están conversando afablemente y están intercambiando con Jesús. Jesús como Mesías está al centro y de un lado Moisés y del otro lado Elías.

 

La sorpresa de los tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan, es enorme, es algo que no esperaban. Estando ahí en ese silencio, escuchan una voz que dice: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien me complazco”.

 

Estos elementos nos ayudan a entender que Jesucristo al centro es mostrado como Mesías, como Hijo de Dios y como la plenitud del camino recorrido por el pueblo de Israel. ¿Que enseñanza sacamos de esta escena?

 

Fundamentalmente necesitamos escuchar a Jesús, al Hijo amado. Lo dicen esas palabras, que el texto evangélico pone en boca del Padre: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias, escúchenlo”

 

Tenemos dos elementos, el primero de Abraham, estar atentos a nuestras inquietudes, a lo que surge en nuestro corazón. El segundo elemento consiste en escuchar al Hijo amado, a Jesús, la Palabra del Padre.

 

Con estos dos elementos, podemos descubrir el camino a seguir. Tenemos también que estar dispuestos a dejar algo, que nos va a exigir el seguir a Jesucristo.

 

Cada uno de nosotros tiene distintas cosas, distintos contextos, y por tanto, no es la misma renuncia por parejo que se pide a todos. Cada quien la tiene que descubrir. Alguno podrá decir, yo tengo que dejar la tendencia de mi egoísmo; otro dirá yo tengo muchos bienes debo ser generoso y dar de ellos a los que más lo necesitan; otro podrá decir yo tengo que dejar de estar aislado, promover mis relaciones con los demás, y así poderme sumar a proyectos positivos en favor de la sociedad.

 

Cada uno acorde a las inquietudes que están en nuestro corazón, y escuchando la Palabra de Dios, que es el mismo Jesucristo, tenemos que descubrir lo que tenemos que dejar. Ese es el inicio del ascenso para subir a nuestro monte Tabor, es decir, es el inicio de nuestro camino para poder entrar en intimidad con Dios, como lo hicieron Pedro, Santiago y Juan.

 

La relación con Dios no parte de ideas que tengamos de Dios. La relación con Dios parte de la relación que suscita la Palabra de Dios y de nuestras inquietudes compartidas con los demás. Y entonces constataremos la necesidad de tener momentos de encuentro con nosotros mismos, y eso es lo que pide la Cuaresma.

 

Por esa razón este segundo domingo de Cuaresma pone esta escena, de la transfiguración. El objetivo es ver algo más, algo que en la cotidianidad de todos los días no se alcanza a ver. Cuando vamos al interior se puede descubrir cosas, aspectos positivos y negativos que si no nos damos ese tiempo de encuentro con nosotros mismos, no los vamos a descubrir. Éste es el punto que hoy la Palabra de Dios nos presenta.

 

Deja tu cotidianidad un momento, asciende a la colina, es decir, a esa soledad en lo alto con el pensamiento dirigido a Dios y encuéntrate contigo mismo para descubrir tus inquietudes y para escuchar la Palabra de Dios. Entonces probablemente como Pedro, Santiago y Juan, podrán experimentar lo que dice el texto: Señor qué bueno sería quedarnos aquí. Sin embargo Jesús les dice que tienen que bajar y continuar el camino a Jerusalén, al encuentro con los demás.

 

Hoy la segunda lectura nos expresa a dos personajes que hicieron esta experiencia, los Apóstoles Pablo y Timoteo. Pablo le dice a Timoteo: querido hermano, comparte conmigo los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios, pues Dios es quien nos ha salvado y nos ha llamado para que le consagremos nuestra vida, no porque lo merecieran nuestras buenas obras, sino porque así lo dispuso él gratuitamente.

 

Pidamos a Dios, Nuestro Padre, que también sea nuestra la experiencia de encontrar a otros, con los cuales podamos caminar juntos para ser buenos discípulos de Jesucristo. Que así sea.

 

 

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla