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Homilías

HOMILÍA DOMINGO IV DEL TIEMPO DE CUARESMA

marzo 26, 2017

Homilía Domingo IV Del Tiempo De Cuaresma

26-Marzo-2017

 

Despierta, tú que duermes; levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz

 

Con estas palabras terminaba la segunda lectura, tomada de la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios. ¿A qué despertar se refiere el Apóstol? ¿Por qué  los invita a ya no dormir? Para levantarse de entre los muertos y descubrir a Cristo, nuestra luz.

 

Hoy constatamos con gran claridad, como las tendencias y los dinamismos que mueven a la sociedad son todos en vista de atender el cuerpo. Y se descuida notablemente atender el espíritu, que hace vivir el cuerpo. 

 

Cuando San pablo se refiere a despertar, significa que despertemos el espíritu que de cada persona, que quizá está ciego, como el ciego de nacimiento, que quizá está dormido, que no tiene incidencia en la vida de todos los días.

 

Despierta, tú que duermes; porque solamente en la conjugación del cuerpo y del espíritu se encuentra el sentido de la vida, la razón por la que hemos sido creados, y también se encuentra el camino de la verdad, el camino de la auténtica y estable felicidad.

 

Estos son los elementos que hacen afirmar al Apóstol Pablo que quien conoce a Cristo, pasa de las tinieblas a la luz, diciendo: en otro tiempo ustedes fueron tinieblas, pero ahora, unidos al Señor, son luz. Vivan por lo tanto como hijos de la luz.

 

¿Por qué está la sociedad viviendo en las tinieblas? Porque no hemos sabido dar el testimonio de la luz. ¿Cómo se puede convertir la Iglesia en una comunidad eclesial, que cumpla su misión de ser luz en la sociedad?

 

Por eso es interesante entrar en las lecturas que hoy la Palabra de Dios presenta. La primera lectura, habla de cómo es elegido David, el hijo menor de Jesé, en quien ni su padre pensó que podría ser el elegido por el profeta Samuel para ser Rey. Jesé hizo pasar a todos sus hijos varones, y ninguno, dice el texto, fue el señalado por Dios, y por eso, le advirtió Dios al profeta diciéndole, no te dejes impresionar por su aspecto ni por su gran estatura, pues yo lo he descartado, pues yo no juzgo como juzga el hombre. El hombres se fija en la apariencias, pero el Señor se fija en los corazones.

 

Es el momento de pensar ¿cómo me mira Dios? ¿Se siente uno digno, contento, satisfecho de su amor? Y entonces se puede superar ese temor presente que se manifiesta al preguntarse cada persona ¿quién soy yo? Para ser luz en el mundo de hoy. Si nos reconocemos frágiles ante los demás, si soy atraído por la corrupción, por el delito, el pecado, ¿cómo seré luz en el mundo de hoy? La imagen que los demás tienen de mi persona, quizá no es lo mejor que se podría esperar, no soy tomado en cuenta, nadie le da importancia a lo que hago.

 

Es interesante hacer propias las palabras de Dios, no me dejo impresionar por las apariencias, me fijo en el corazón. Esto es lo que se necesita, darse cuenta que el Señor mira y está atento a cada persona, está pendiente y esperando una respuesta. Esa respuesta individual y  personal tan importante sólo cobrará vida y fuerza, sí se une con los demás si se entra en comunión.

 

De ahí la necesidad de una renovación pastoral en la Arquidiócesis, que lleve a las parroquias a cambiar el esquema tradicional, en el que todo lo indica el Párroco, y decide el quehacer de la Parroquia una sola persona.

 

¿Cómo hacer realidad el proyecto de Dios, en el mundo de hoy? Para eso son las asambleas parroquiales, para escuchar las necesidades de la comunidad y así ser luz ante sus problemas y situaciones. Establecer y participar en el Consejo Pastoral Parroquial, representando a la comunidad, no a mi persona, sino a la comunidad a la que pertenezco, poner en común los proyectos y esfuerzos. Así se renovará la Iglesia y tendrá esa posibilidad real de influir, para transformar la realidad social.

 

El Evangelio presenta actitudes, que se deben de generar en cada persona para poder ser hijos de la luz, y ser la comunidad de discípulos, que hagan presente a Jesús en el mundo de hoy. ¿Dónde están esos rasgos?

 

La escena dice, que Jesús es el que se acerca al ciego de nacimiento que pedía limosna. No es el ciego el que busca a Jesús, es el mismo Jesús, quien busca al ciego. Jesús es el que provoca con su acercamiento, que sus discípulos le pregunten, ¿quién peco para que éste fuera ciego, él o sus padres?

 

Hoy también hay tantos que la sociedad los considera como castigados por las situaciones que viven, por sus pecados, y piensan que Dios los ha abandonado. Pero un Padre, como lo es Dios, nunca abandona a ninguno de sus hijos.

 

Por esa razón Jesús se acerca a este ciego, y les dice a sus discípulos: no es culpa ni de sus padres, ni de él mismo, son cosas que vienen con la naturaleza, y ocasión para que a partir de esa limitación se dé gloria Dios. Eso es lo que sucederá en esta escena, al recuperar la vista este ciego de nacimiento por manos de Jesús. Ésta es la primera actitud, que debemos promover como Iglesia, para cambiar el hábito de sentirnos satisfechos, recibiendo a quienes piden un servicio.

 

El Papa Francisco lo expresa y ve que en estos tiempos se necesita una Iglesia que vaya a quienes no vienen a ella. Solamente así se podrá ser luz, visitando a quienes están distantes, heridos, alejados, ciegos, dormidos, quienes no han desarrollado su vida espiritual, su relación con Dios, y por eso duermen y viven en las tinieblas.

 

La segunda actitud es convertirnos en testigos de la acción de Dios. Este hombre, habiendo recuperado la vista, se convierte en testigo de la acción de Dios. ¿Cuántas personas ya en el caminar cristiano, han percibido que Dios ha actuado en su vida? Cuántas  experiencias salvíficas suceden y quedan en el corazón de cada uno, y quizá, por ellas, tantos pertenecen a la Iglesia, porque han percibido como Dios los ha acompañado y los ha salvado de situaciones difíciles, sean de salud, peligros morales, situaciones conflictivas de la familia, en las cuales han percibido la presencia de Dios.

 

La pregunta es, ¿se transmiten esas experiencias a los demás como lo hizo este ciego de nacimiento? ¿Esas experiencias se comparten y son la razón para afirmar que Cristo es el Profeta, el Mesías, el Salvador del mundo? ¿Se va consolidando así la convicción de creer en Cristo?

 

En la escena del Evangelio de hoy, las autoridades religiosas reprenden al ciego curado diciéndole: como te atreves a decir que éste es un profeta. Y el Ciego responde: Porque él me ha abierto los ojos, me puso lodo en los ojos, me mandó lavarme y veo. Por eso creo en él.

 

Es la experiencia personal, de relación con Dios, que fortalece la propia convicción, para transmitirla a los demás. La Iglesia no es una asociación que busca proselitismo, es decir ser más para ser más poderosos, la Iglesia busca a los demás para ser luz, para que conozcan a Cristo y caminen en la Verdad, para que se desarrollen y formen su espíritu.

 

La tercera actitud del Evangelio de hoy es el diálogo, que Jesús propicia cuando sabe que a este hombre lo han expulsado de la sinagoga, de la comunidad, porque afirma que el hombre que le devolvió la vista es un profeta. Entonces Jesús se acerca a él y le pregunta: ¿Crees tú en el Hijo del hombre? ¿Quién es Señor? Es el que está hablando contigo. A lo cual responde: creo Señor. Nuevamente es Jesús el que va, al saber que ha sido expulsado, sacado de su comunidad, de nuevo está Jesús presente. ¿Cómo nos acercamos a aquellos que están fuera, exiliados de la comunidad, marginados? ¿Cuál es la actitud que asumimos?

 

Finalmente, Jesús le dice al ciego curado: he venido para dividir los campos, para que los ciegos vean y los que ven queden ciegos, ¿por qué hace esta afirmación? Porque la libertad siempre estará en cada persona, a nadie se le puede obligar, ser discípulo de Jesús.

 

Yo he venido para que ustedes vean, dice Jesús, pero depende de cada persona aceptar con libertad la visión propuesta de Jesús sobre la vida, y sobre la razón de ser. Y si la aceptan, entonces verán, y serán luz. Si la rechazan quedarán ciegos, no sabrán a qué han venido al mundo. Quedarán frustrados, pero depende de cada persona.

 

La Iglesia necesita ser una comunidad de discípulos que está presente en los distintos ámbitos de la sociedad, no se puede continuar siendo simplemente fieles que se acercan a misa el domingo; pero luego en la familia, en el trabajo, en las relaciones sociales ya no importa la fe. Se hace lo convenga a mis intereses sin tener en cuenta las propias convicciones de ser luz, camino de la verdad, discípulo de Cristo.

 

Tenemos que dar ese testimonio, como lo hizo el ciego de nacimiento. Sin embargo somos seres frágiles, que necesitamos venir los domingos para volver a encontrarnos con el Señor de la Vida, la Fuente de la Luz. Venimos a la Celebración Eucarística para fortalecer nuestro interior, para encontrarnos con Cristo, Palabra y Pan de la vida. De lo contrario, nuestra fragilidad nos hará temerosos de ser los discípulos de Jesús que necesita la Iglesia para cumplir su misión.

 

La comunidad cristiana necesita la lectio divina, la lectura meditada y compartida de la Palabra de Dios, para desarrollar la fortaleza espiritual.

 

Hay que pedir al Señor Dios, que estas asambleas parroquiales que se están llevando en las parroquias de la Diócesis, se conviertan en un proceso hacia la renovación pastoral, que ciertamente necesitará tiempo.

 

Pidamos la fuerza del Espíritu Santo para que pasemos de ser una Iglesia de feligreses que vienen al templo, a una Iglesia misionera que se hace presente en el mundo de hoy, en los distintos ámbitos donde vivimos. Que así sea.

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla