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Homilías

HOMILÍA DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO

junio 18, 2017

Homilía Domingo XI del Tiempo Ordinario

18-Junio-2017

 

La prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores.

 

Esta afirmación de San Pablo en la segunda lectura, la prolonga haciendo ver, que si bien ya es suficiente la prueba de amar a la humanidad cuando no se tenía merecimiento alguno, porque no habíamos hecho ninguna acción positiva, Dios ya nos amaba y entregó a su Hijo por nosotros; Dios intensifica su amor. Así lo expresa San Pablo al decir: Cuánto más nos amará el Señor ahora que ya lo conocemos y que estamos reconciliados con él, que somos sus discípulos.

 

Esta reflexión del Apóstol San Pablo se puede ver en los ejemplos de la vida cotidiana, cuando se está en una necesidad, como la enfermedad o de problemas morales o económicos, cómo se valora y se agradece a quienes se acercan para ayudar. Es cuando más se necesita y es cuando se experimenta esa clara y abierta gratitud a quien nos tiende la mano.

 

Éste es el principio de la relación entre Cristo y nosotros, que él ha amado primero, siempre está pendiente de nosotros, pero se debe advertir que esa presencia de Cristo y esa ayuda que Cristo da, se realiza mediante la ayuda que nos damos los unos a los otros.

 

Por ejemplo, ¿cuál es la institución, el núcleo que más está el pendiente de nosotros, cuando algo nos pasa? Sin duda es la familia. La familia vive un amor gratuito, como el amor de Dios, reflejado en el papá,  mamá, los hijos. Es una relación donde no hay la habitual relación de comercio que vive la sociedad, donde se paga para recibir algo a cambio. La relación de la familia está sustentada en el amor. Así es la relación de Dios y la humanidad.

 

De ahí la importancia del trabajo en la familia, en descubrir el proyecto que Dios tiene al haber creado varón y mujer para la fecundidad de los hijos, y para la constitución de ese núcleo básico de la sociedad.

 

También entra de manera subsidiaria y muchas veces solidaria la acción de la Iglesia. Por eso hoy trabajamos en la Diócesis por la creación de pequeñas comunidades donde se fortalezca el compromiso entre unos y otros. Hoy reconocemos que muchas familias se desintegran con facilidad, ahí la Iglesia tiene que ir subsidiaria y solidariamente para auxiliar, tanto a las personas en particular, como a este núcleo tan importante como es la familia.

 

La acción de la Iglesia se realiza a través de nosotros mismos al igual que la acción solidaria y de relación entre los miembros de una familia. Así es también la forma en que Dios tiende la mano, y abre el corazón. Por eso cuando una persona realiza una acción positiva, de ayuda, inmediatamente se experimenta una gran satisfacción, y se vive contento, porque se pudo ayudar. Eso es obra del Espíritu, que relaciona lo que Dios quiere que hagamos y lo que cada uno de nosotros hace.

 

Otro elemento para que crezca esa acción positiva de relaciones humanas es la conciencia de la presencia de Dios. Por eso es necesario estos momentos de oración comunitaria o de acciones litúrgicas, como lo es sobre todo la Eucaristía.

 

Ahora a la luz de esta reflexión, recordemos esas palabras del Evangelio: al ver Jesús a las multitudes se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor.

 

Habitualmente esta frase y este texto se toman para la motivación de orar por las vocaciones sacerdotales. Les propongo que hoy consideremos este texto para descubrir la importancia de la vida familiar y de las pequeñas comunidades parroquiales.

 

Si la multitud está extenuada y desamparada como ovejas sin pastor, es porque no se está ejerciendo la labor pastoral en los núcleos de la sociedad, ante un proceso de desintegración social. Nosotros tenemos que redoblar los esfuerzos para que exista el pastoreo, es decir alguien que anime, motive, que esté al pendiente de generar la comunión para que surja la subsidiariedad y la solidaridad cristiana entre los grupos humanos y las instituciones sociales.

 

La oración, la lectura de la Palabra de Dios, la reflexión comunitaria, poniendo la vida en común, son medios indispensables para entrar en relación con Dios. La oración en familia, la oración personal, la oración eclesial.

 

De esta forma se abre el corazón a la acción del Espíritu Santo. Así es como se recibe la gracia, ahora que ya se ha recibido el bautismo, la reconciliación y nos consideramos discípulos de Jesucristo, si ya nos amaba cuando éramos pecadores, ahora nos amará más, ya que le responderemos en las tareas ordinarias de la relación humana.

 

Así crece la persona en la experiencia de descubrir que Dios camina con nosotros. Esa experiencia cuando se vive y se hace propia, es lo que motiva anunciar a otros la conveniencia y el gran valor de conocer a Cristo.

 

La misión de la Iglesia Católica es ir por los que están distantes y alejados, no para ser más, no por un mero proselitismo de tener más adeptos, es porque habiendo experimentado lo que significa vivir en comunión con Jesucristo, descubrimos la importancia de darlo a conocer a otros para que salgan de esas situaciones difíciles, complejas, donde se sienten deprimidos, amargados, desesperanzados, en situaciones que no saben cómo salir adelante.

 

De ahí la importancia de ofrecer a Cristo en la Gran Misión Católica, de conocerlo en los retiros Kerigmáticos y a través de la lectio divina en las pequeñas comunidades parroquiales. Este proceso debe ser el pan nuestro de cada día, de la vida cristiana.

 

Pidámosle al Señor que nos de la fuerza para anunciar a Cristo, y que como Él, que veía las multitudes extenuadas y desamparadas, y rogaba al dueño de la mies, que enviara trabajadores a sus campos, así nosotros con nuestra participación en la vida pastoral de la Iglesia, generaremos muchas vocaciones sacerdotales.

 

Oremos para que en todos los niveles de la organización, social y eclesial, se tome conciencia del propio papel y tarea, confiando en el Señor, y se logre lo que era el proyecto de Dios para el pueblo de Israel, según lo dice la primera lectura: si escuchan mi voz y guardan mi alianza, ustedes serán mi especial tesoro entre todos los pueblos, ustedes serán un Reino de Sacerdotes y una Nación Consagrada. Que así sea.

 

 

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla