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Homilías

HOMILÍA DOMINGO XIV DE TIEMPO ORDINARIO

julio 09, 2017

“El romperá el arco del guerrero y anunciará la paz a las naciones”. (Za 9,10)

 

El profeta Zacarías, que vivió la experiencia de una destrucción casi total de la ciudad de Jerusalén, es el que ahora anima al pueblo de Israel a tener esperanza, a que la guerra si bien ha hecho tanto daño, no es la última palabra de Dios. Y por eso hace este anuncio diciendo: “Alégrate sobremanera hija de Sión, da gritos de júbilo, hija de Jerusalén, mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso, humilde y montado en un burrito”(Za 9,9). Esta escena la vemos cumplida en la entrada solemne, sencilla, con la descripción de estos elementos del profeta Zacarías, cinco siglos después en la persona de Jesús, que entra a Jerusalén. Él es el que hará desaparecer de la tierra los carros de guerra, los caballos de combate. Él romperá el arco del guerrero y anunciará la paz a las naciones.

Sin embargo han pasado veintiún siglos después de ese domingo de ramos, y nos vemos de nuevo confrontados con una violencia que se extiende no solamente al interior de nuestro país, sino también en otros ámbitos del mundo. A pesar de tantas experiencias dolorosas y sangrientas, no parece todavía que el Reino de Dios anunciado por Jesús llegue a establecerse, de forma que experimentemos la paz. ¿Qué hace falta para que esto suceda, para que este proyecto de Dios se haga realidad en medio de nosotros? Porque ese es el proyecto de Dios: la paz. La paz que viene del entendimiento, del diálogo, de la convivencia pacífica entre los hombres.

El apóstol San Pablo describe lo que se necesita de una forma muy sencilla, diciendo: “Ustedes no viven conforme al desorden egoísta del hombre” (Rm 8,9). Esta es la característica del seguidor de Jesucristo, de aquel que quiere la paz, de aquel que busca que el Reino de Dios se establezca. No vivir conforme al desorden egoísta del hombre, sino conforme al Espíritu de Dios que habita en ustedes.

Por eso es tan importante que nuestro corazón y nuestra mente descubran con claridad que la razón de nuestra vida es servir a los demás. No centrarnos en nuestros deseos egoístas, pensando sólo en mí, qué es lo que me da satisfacción a mí, ése es el desorden que lleva  a la violencia y a la guerra.

A veces esa guerra empieza desde la misma familia, entre el esposo y la esposa cuando en vez de pensar en el otro, pienso en lo que el otro me debe dar a mí. Allí empieza esa espiral de agresión, de violencia y de guerra que luego se reproduce entre padres e hijos, y luego de familias entre familias, y luego entre vecinos, y así se va extendiendo. El desorden egoísta del hombre es un tendencia natural, pero debemos descubrir que cuando nosotros nos interesamos por lo que podemos dar y ayudar al otro, experimentamos una grande alegría y una gran satisfacción, cuando no nos quedamos con todo lo tenemos solo para servirnos a nosotros mismos, sino para compartirlo. Esa es la gran alegría de una madre cuando está preocupada por sus hijos sin que los hijos le den nada a cambio. Es la alegría de los padres, esposo y esposa cuando están plenamente interesados en el bien del otro que los acompaña y que los ama.

El desorden egoísta del hombre es la razón por la que a lo largo de veintiún siglos de la llegada de Cristo, habiendo traído su Espíritu, nosotros todavía como sociedad, no hemos alcanzado el destino que Dios quiere para la sociedad: la paz, la conciliación, el que veamos por el otro.

Por eso Jesús en el Evangelio de hoy afirma con toda claridad: “Yo te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11,25). Jesús habla de la gente que abre su corazón, de la gente que entiende que mirar al otro es la razón de su vida: “Padre, gracias porque así te ha parecido bien” (Mt 11,26).

Después de esta oración de Jesús que hoy la ha recordado el Evangelio, Jesús dice: “Vengan a mi todos los que están fatigados y agobiados por la carga, yo les daré alivio” (Mt 11,28). Hay que acudir a Jesús cuando volvamos a experimentar ese desorden egoísta en mi interior, que busca sólo la satisfacción para mi bienestar. Vengan a mi, dice Jesús, salgan de ustedes mismos y, yo que soy manso y humilde de  corazón, les daré el descanso. Mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt 11,30). Con estas palabras de Jesús debemos siempre animarnos a encontrar en Él la razón de nuestra vida. Ante esa lucha interna, que siempre está en el interior de cada uno de nosotros, de sólo mirar por mí, de esa tendencia egoísta que arruina todo, debemos salir de nosotros y buscar a Jesús.

Por eso la Iglesia nos convoca domingo a domingo, para encontrarnos aquí en el Templo, y escuchar de nuevo la Palabra de Jesús, para alimentarnos de él, para encontrar esa fuerza que jamás me haga perder la mirada hacia el otro. Por eso, mis ojos están puestos para mirar al otro, porque así lo ha diseñado Dios, esa es la razón de nuestra existencia.

Pidámosle a Dios, Nuestro Padre, que Cristo Rey, que ya ha llegado para romper esa espiral de violencia que se da en nuestra sociedad, empiece a realizar su proyecto del Reino de Dios a partir de nosotros, de cada uno de nosotros, descubriendo que nuestra vida es para servir a los que nos rodean. Que así sea.

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla