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Homilías

HOMILÍA DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO

julio 30, 2017

“Te pido, que me concedas sabiduría de corazón” (1 Re 3,9)

 

En este Domingo, el Evangelio presenta tres parábolas para explicar el Reino de los Cielos. Las dos primeras, con un mismo esquema, narran la alegría que le causa a un hombre descubrir algo muy valioso. En la primera el hombre descubre un tesoro escondido. Y por ello, va y vende todo lo que tiene para comprar el terreno donde está el tesoro. La segunda parábola narra como un comerciante descubre una perla preciosa que está en venta. Va y vende todo lo que tiene y compra esa perla preciosa. La interpretación de estas dos parábolas es que, tanto el tesoro escondido como la perla preciosa es Jesucristo.

Tanto el primero como el segundo personaje de estas dos parábolas muestran dos actitudes, dos características: la primera característica de buscar, de estar atentos para poder descubrir, una actitud constante de alerta: Estar pendiente de lo que sucede. Y la segunda característica es que ante el descubrimiento tanto del tesoro como de la perla preciosa, los personajes van y venden todo lo que tienen;  su interés se centra en adquirir ese tesoro y esa perla preciosa.

Ésta es la actitud para un discípulo de Jesucristo: buscar a Jesús, en todo lo que sucede y en todo lo que pasa en nuestra vida. Y, segundo, una vez que lo hayamos descubierto, vender todo lo que tenemos, es decir, dejar en un segundo lugar y centrar nuestra vida en la relación con Jesucristo.

A este propósito San Pablo en la segunda lectura, afirma: “En efecto, Dios predestina a los que ama, para que reproduzcan en sí mismos la imagen de su propio Hijo, a fin de que Él sea el primogénito entre muchos hermanos.” (Rm 8, 29-30). Ése es nuestro destino y ésa es la razón de nuestra vida, de nuestra existencia. Por eso no hay ninguna otra cosa, ni el dinero, ni el poder, ni cualquier otro tipo de bien en este mundo, que satisfaga plenamente el corazón del hombre, sino sólo Jesucristo.

Pero, ¿cómo encontrarlo? ¿cómo ayudarnos para esa búsqueda? La primera lectura ofrece tres aspectos para esa búsqueda. La primera la descubrimos al ver a Salomón que reconoce la mano de Dios en su historia familiar recordando a su padre David, y también en su historia personal, como hijo de David, al haber sucedido a su padre como rey. Así hemos escuchado en la primera lectura a Salomón diciendo: “Tú trataste con misericordia a tu siervo David; él se portó contigo con lealtad, con justicia y rectitud de corazón. Por eso has cumplido las promesas y ahora yo lo he heredado, por ser hijo suyo.” (1 Re 3,6-7). Así Salomón reconoció que Dios había intervendido en su favor. Esta es la primera manera de empezar a buscar al Señor, a través de nuestra propia historia familiar y personal. Descubrir el tesoro escondido, es decir, eso que aparentemente no hemos valorado, y que probablemente hayamos salido de una determinada situación, de una relación, por ayuda, por gracia, porque la mano de Dios ha estado ahí. Por eso es tan importante, recoger de vez en cuando nuestra propia historia.

Segundo aspecto: Salomón le dice a Dios en oración: “Señor, yo tu siervo, no soy más que un muchacho, y no sé cómo actuar. Me encuentro perdido en medio de este pueblo tan numeroso.” (1 Re 3,7)  La segunda característica, la segunda manera que muestra Salomón, es la humildad. Reconocer nuestra fragilidad, nuestras limitaciones, que nos desbordan tantas cosas, y nosotros no sabemos exactamente qué debemos de hacer y ante eso, Salomón recurre a la oración. Por tanto la actitud de Salomón nos invita a reconocer nuestra humilde condición y dirigirnos a Dios, sobre todo en los momentos difíciles o en los momentos de incertidumbre, cuando no sabemos qué hacer, qué decisión tomar. Hay que acudir a Dios, nuestro Padre.

Revisemos pues, cómo hacemos nuestra oración. Si solamente estamos buscando que nos resuelva los problemas y que nos dé cosas, o si venimos con toda humildad a exponer cómo nos sentimos, plantear nuestra incertidumbre y pedir la ayuda para discernir lo que debemos hacer. ¿De qué manera nos presentamos ante Dios para orar?

Tercer elemento: dice el texto que Salomón oró diciendo: “Por eso te pido que me concedas sabiduría de corazón para que sepa gobernar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal.” (1 Re 3,9). La tercera manera de encontrar a Jesús es pensando en nuestra misión, en lo debemos hacer por los demás, y no en nosotros mismos. Casi siempre nos embargan nuestros pensamientos, nuestras preocupaciones, lo que consideramos nuestros problemas, y es porque estamos buscando un beneficio personal. Si en lugar de buscar el beneficio personal, buscamos el beneficio de los que nos aman, de los que nos rodean, de los que forman nuestros núcleos de amistad, de los que tenemos que servir, entonces adquiriremos como Salomón, la sabiduría de corazón. Y fíjense cómo en el mismo texto, la respuesta de Dios, lo dice con toda claridad: “Al Señor Dios le agradó que Salomón le hubiera pedido sabiduría.” Y le dijo: “por haberme pedido esto y no una larga vida ni riquezas, ni la muerte de tus enemigos, sino sabiduría para gobernar, yo te concedo lo que me has pedido.” (1 Re 3, 11-12).    

Si pensamos en los otros obtendremos la sabiduría de corazón, la sabiduría para discernir el bien del mal, la sabiduría para orientar, la sabiduría para acompañar, la sabiduría para que nuestro corazón se vaya asemejando a Jesucristo, porque como dice San Pablo: para eso fuimos creados, para desarrollar en nosotros la imagen de Jesucristo el Señor.

Pidamos el don de la sabiduria de corazón para que seamos capaces de descubrir el tesoro escondido, la perla preciosa, y al final de los tiempos, como dice la tercera parábola, seamos recogidos en los canastos de los peces buenos, y seamos invitados a compartir el Reino de los Cielos. Para eso Jesús ha planteado estas parábolas porque quiere que entremos en el Reino de los Cielos. Para eso fuimos creados, y por eso nos explica y nos habla sobre cómo lograr que le respondamos a esta invitación que Dios nos hace. Que así sea.

 

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla